EL Rincón de Yanka: PAPALEÓNXIV

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sábado, 6 de junio de 2026

HUMANIDAD LESIONADA: LA ENCÍCLICA DE "LEÓN XVI" POPULISTA, DESENFOCADA E IDEOLOGIZADA GLOBALISTA por AGAPITO MAESTRE

Humanidad lesionada: 
el Papa sustituye a san Agustín 
y santo Tomás por Tolkien

La encíclica de León XIV es un texto escrito con mucha dificultad, 
que carece de soltura y al que le falta la espontaneidad 
de quien tiene genuina fe.


El hombre concreto disuelto en abstracciones se vuelve un peligro. Esa es la sensación que me ha provocado la lectura de la encíclica de León XIV. No he podido dejar de exclamar "la humanidad está jodida" con este tipo de rollo. Dios ha desaparecido de este texto, y al hombre, creado a su imagen y semejanza, se le ha desposeído de su carnalidad y de su alma. Y todo se lleva a cabo en nombre del 'diálogo' —'filosofema' neoidealista para uso libre de los irenistas del Vaticano—. He ahí las bases clave para construir una ideología sobre el pobrismo y el progresismo en el siglo XXI. El colmo. Provoca pavor un texto que apuesta por Tolkien y toca arrebato contra san Agustín y santo Tomás por defender la guerra justa. Por lo tanto, como dice mi amigo vallisoletano: "Tiene huevos la huevera"; sustituir a san Agustín y a santo Tomás por un escritor de literatura de evasión. Nunca pensé que el nivel de la Iglesia católica pudiera descender hasta la pobre imaginación retórica de un Tolkien.

Por cierto, la guerra justa es, sin duda alguna, algo más que un dogma de fe o una doctrina moral. Está en el inicio del Génesis y en el Apocalipsis. Es uno de los fundamentos del cristianismo. Es Dios el encargado de separar el bien del mal. Es Dios, después de librar duras batallas contra el diablo, el responsable de separar la luz del mundo de las tinieblas satánicas. El Antiguo Testamento, sí, es el principal aval de la guerra justa. Pero no entraré en discusiones teológicas. Prefiero quedarme en la religión explicada con sencillez. Jesucristo, o sea Dios, siempre habló claro y en corto, sin rigideces y para que todo el mundo entendiese su mensaje. Los dos grandes textos del cristianismo responden a ese espíritu divino: el Padrenuestro y el Credo. A la luz de esas dos grandes oraciones nadie dejará de observar que la encíclica de León XIV resulta larga, premiosa e ideológica. No se leen fácilmente más de 90 páginas y 224 citas. No transmite un mensaje claro para el pueblo cristiano, sino un fárrago de supuestas argumentaciones para dirigentes políticos de corte intervencionista.

Estamos ante un texto escrito con mucha dificultad, que carece de soltura y al que le falta la espontaneidad de quien tiene genuina fe. No agarra al toro por los cuernos. Esta encíclica no entra jamás de modo directo en los problemas —tampoco los aborda en círculos filosóficos—, sino que los 'nombra' para inmediatamente rehuirlos con rodeos tan retóricos como vacuos. La crítica a la IA es tan elemental que recuerda la 'crítica' romántica del siglo XIX a la ciencia... No creo que haya habido en la historia de la Iglesia católica muchas encíclicas tan gruesas, por decirlo suavemente, como la de León XIV. Incluso se pretende un recuento, o sea, se escribe un cuento, una nueva narrativa, sobre las encíclicas que vinieron después de la Rerum novarum, de León XIII.

Magnifica humanitas tiene un hilo directriz más ideológico que cristiano; enseña a conllevar los males del mundo con los dirigentes que los provocan. O sea, socialistas, comunistas y estatalistas aplaudirán a León XIV, seguidor disciplinado del argentino Francisco, quien se negó a participar en España en el quinto centenario de santa Teresa de Jesús y jamás criticó el kirchnerismo. Cuestiona, desde el principio hasta el final, las iniciativas de la sociedad civil, incluida la comunidad cristiana, dispuesta a no dejarse pisotear su libertad, la cristiana, por los estados: "En el pasado", dice León XIV, "eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente 'privado', y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común." Pareciera que León XIV prefiere a Putin y Xi Jinping a Elon Musk para dirigir el planeta digital y la IA... ¡Dios nos pille confesados!

Esta encíclica está más cerca de los estados que de los cristianos de base dispuestos a ganar la vida eterna con el ejercicio de su libertad. El irenismo de fondo con los dirigentes estatalistas del planeta va acompañado de una cierta displicencia hacia la sociedad... En fin, Magnífica humanidad tiene cierto parecido con el viaje programado de León XIV a España. El Papa estará en Madrid, Barcelona y en las dos islas principales de Canarias..., pero, desgraciadamente, no pasará por el Valle de los Caídos. ¿Será eso vivir en el mundo, como quería el obispo Sebastián, sin ser del mundo? ¿Quién lo sabe? No visitará la cruz más grande del mundo. Sí, León XIV cantará a los que cantan y viven del pobrismo y la inmigración ilegal y asaltan un día sí y otro también un lugar de culto sagrado como la basílica del Valle de los Caídos. Olvídense, amigos cristianos, del mensaje contenido en la pintada que hicieron al lado de la Conferencia Episcopal, el día que fue elegido papa: "¡León XIV, salva el Valle!".

Este Papa, sí, dará oxígeno a Sánchez y a Zapatero, y a todos los populismos que en el mundo existen, porque le da pavor orar ante la cruz más grande del mundo; la cruz que ideó un escultor republicano como símbolo de reconciliación entre los españoles: la Cruz del Valle de los Caídos. Cualquier abstracción le vale para no entrar en el terreno de la historia. Olvida la lección de san Agustín y de todos los grandes Padres de la Iglesia: la revelación divina no sólo se efectúa en este mundo sino que se prueba en él. 
Por eso, el propio san Agustín condenó la guerra de conquista, pero siempre defendió la guerra defensiva. He ahí la base de la gran filosofía de la guerra justa, elaborada por los grandes pensadores políticos españoles del Renacimiento y el Barroco, a la que parece haber renunciado León XIV en esta tediosa carta pastoral. Se trata de un texto más cercano a la Agenda 2030, maldad entre las peores maldades de nuestra vida, que a la solución de los nuevos problemas de esta época. Preveo, pues, un negro porvenir para los cristianos que quieran ser antes ciudadanos que buenos padres de familia. 
En modo alguno esta encíclica aborda la cuestión central del cristianismo: Dios. No enfrenta, en efecto, el apogeo del paganismo en todas sus versiones; o sea, una vez liquidado el cristianismo, han jodido y aflorado todo tipo de supersticiones, empezando por el culto a la IA..., pero de eso ya escribiremos otro día.


VER+:


...Porque para un español que conoce el percal, leer ese folleto no es leer un perfil: es asistir a una traición. La Santa Sede no describe a un presidente; blanquea a un autócrata. A un autócrata sometido a un cerco judicial sin precedentes en la democracia española, cuyo entorno más íntimo —su número dos en el partido, su exministro de confianza, su propio hermano, su mujer— desfila por los juzgados, y cuyo método de gobierno ha consistido, sin disimulo, en colonizar las instituciones, fundir el Estado con el partido, indultar a sus socios, amordazar a los contrapesos y tratar a la Justicia y a la prensa libre como enemigos a abatir. 
A ese personaje, y no a otro, el aparato comunicativo de la Iglesia lo presenta al mundo entero como un reformador progresista impecable, víctima de injusticias ajenas. Lo hace, además, en vísperas de una visita en la que el Papa pisará un país donde millones de católicos —los que llenan las iglesias que León XIV viene a abarrotar— resisten precisamente el proyecto de ese hombre, sufren su hostilidad y pagan su factura. 
Que Roma elija justo este momento para darle lustre internacional no es torpeza, ni descuido, ni neutralidad mal entendida: es alistamiento. 
La Santa Sede se ha puesto del lado del poder y contra los suyos. 
Y para el católico español que resiste, eso tiene un nombre exacto: la Iglesia le ha disparado por la espalda.

Mientras en España misa con cayucos, 
en el Vaticano prohibición de entrada 
de inmigrantes ilegales. 
Te tienes que reír…












Recordemos LOS MUROS que rodean la ciudad del Vaticano bloqueando que entren inmigrantes y necesitados. Ahora vienes y me cuentas otra milonga, Páter.

León XIV y su encíclica populista, por Agapito Maestre.

 
Obispo STRICKLAND advierte ENCÍCLICA de León XIV: CRISTO debe estar en el CENTRO

El RITUAL de INVERSIÓN para La CONSAGRACIÓN ESPACIAL de la AGENDA y El FIN de la MISA

La Ley de Inversión y la "Destrucción desde la Cuna" es lo que vamos a contemplar en los próximos días con la visita de Preboste a España, especialmente con la misa celebrada el domingo 7 de junio, solemnidad del Corpus, y misa al aire libre frente a la diosa pagana Cibeles. En el ocultismo clásico, para destruir o neutralizar un poder espiritual, no se le ataca desde la periferia; se opera un ritual de inversión en su mismo centro neurálgico o en su "cuna". 
España posee el título histórico de ser la tierra mariana por excelencia (el Pilar) y el bastión de la Contrarreforma y la defensa de la Eucaristía (los decretos de Trento). El simbolismo nos lo marca el: Iniciar la demolición definitiva de la fe en España y en el modo previsto, es algo que no es una decisión logística, sino un rito de profanación simbólica. Vencer espiritualmente a España significa, en la mente ocultista, descabezar la resistencia católica tradicional del mundo hispano.

***

GEOPOLÍTICA ESOTÉRICA 👁️ 

El gran maestro Enrique de Vicente regresa a #ElCanalDelCoronel. En esta ocasión, establece una curiosa relación entre geopolítica y esoterismo. ¿Es eso posible? Nadie más que el maestro Enrique lo podría hacer. Nos habla de temas tan interesantes como: el vínculo histórico entre esoterismo y política; la relación entre comunismo y ocultismo; las raíces ocultas de la revolución americana; la ignorada metapolítica; la muy desconocida metahistoria, la crítica histórica; o la criptopolítica. También de grandes misterios actuales, como la verdadera historia de la creación y utilización de Al Qaeda y del ISIS, franquicias de servicios de inteligencia. Así como de la idéntica unanimidad con la que se anuncia como algo terrible el triunfo de Trump en las próximas elecciones presidenciales estadounidenses, al tiempo que se minimizan las “faltas” de Joe Biden, su familia y su entorno mediante hábiles operaciones de desinformación e influencia social. Enrique incluso analiza la importancia de las próximas elecciones europeas, en las que nos anima a votar, cuando en las elecciones nacionales recomienda no hacerlo por ser una partitocracia. Asegura que el abandono de Europa a su suerte estaba ya descrito, con absoluta precisión, por los grandes profetas, entre otros por los del bosque centroeuropeo. Cree que unas manos negras están tejiendo un escenario idéntico al anunciado por todas las tradiciones proféticas, sin que nadie quiera darse por enterado. Por supuesto, Enrique, consciente de que nos conducen a la guerra en Europa, nos exhorta salir a la calle y manifestarnos para impedirlo por todos los medios. Igualmente, nos hace un balance de la simbología del pasado eclipse solar y sus implicaciones. Sin olvidar, asegura, que la masacre en Gaza puede acabar por enfurecer a los musulmanes de todo el mundo y trastocar la estabilidad planetaria. Al tiempo que analiza las probables reacciones tanto de Israel como de Irán tras los últimos acontecimientos. 
En definitiva, un repaso, desde un punto de vista esotérico y del misterio, a los principales acontecimientos políticos y geopolíticos del momento.

En este marco de alta geopolítica esotérica, cada movimiento, fecha, diseño arquitectónico o emblema corporativo responde a una sofisticada ingeniería social y manipulación de masas. Las élites y organizaciones utilizan la guerra de símbolos para comunicar agendas, establecer narrativas subconscientes y ejercer poder mucho más allá del discurso político tradicional.

Para analizar este tablero, se suelen considerar varios pilares:
  • Sincronicidad temporal: Las fechas de eventos clave, tratados o declaraciones suelen coincidir con efemérides astrológicas o números con fuerte carga en diversas tradiciones ocultas (como el 11, 22, o 33).
  • Arquitectura y diseño: La alineación de monumentos, el trazado de ciudades capitales y el uso de geometría sagrada (como en la configuración de Washington D.C.) se interpretan como intentos de canalizar energía o dominar el espacio simbólico.
  • Heráldica institucional: Los logotipos de grandes corporaciones, organismos internacionales (como la ONU) o agencias de inteligencia ocultan arquetipos y mitologías antiguas que condicionan la psique colectiva.

viernes, 6 de junio de 2025

LIBRO "LA DESCOMPOSICIÓN DEL CATOLICISMO" por LOUIS BOUYER ⛪


LA DESCOMPOSICIÓN
DEL CATOLICISMO

LOUIS BOUYER

La descomposición del catolicismo es una de las obras más breves, más conocidas y más emblemáticas de Louis Bouyer. Escrita en 1968, cuando autor ha decidido ya renunciar a la comisión vaticana encargada de formular la reforma litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en ella expresa toda su frustración y su enojo por la mediocridad con que se han hecho las cosas.
Pero no se trata solamente de una reforma litúrgica a la que percibe anticipadamente fracasada. Se trata de la situación De la Iglesia católica en general, a la cual se convirtió a comienzo de los años '40 y a la que ve postrada e incapaz de solucionar los profundos problemas que la afligen. Si el Concilio había sido para él como para muchos otros una gran esperanza de reforma, el correr de los años le ha demostrado que, lejos de mejorarse, las cosas han empeorado hasta lo impensable.
Es este el drama que Bouyer expone en su libro. Con el estilo irónico y a veces cáustico que lo caracteriza describe la situación que ha vivido y la que está viviendo dentro de la Iglesia a la que quiso servir, y advierte sobre las consecuencias que sobrevendrán si no se corrige lo que está mal.

P.A.P.A.: PIETRI APOSTOLI POTESTATEM ACCIPIENS
EL QUE RECIBE LA POTESTAD DEL APÓSTOL PEDRO

EL PAPA ES EL SUCESOR DE PEDRO, NO DE CRISTO. 
LA CABEZA DE LA IGLESIA NO ES EL PAPA: ¡ES JESUCRISTO!

Louis Bouyer fue el mejor teólogo del siglo XX. El podio quizás podría completarse con von Balthasar y Congar, más allá de que me gusten mucho o poco sus teologías. Bouyer, sin embargo, fue capaz de escribir no solamente monumentales tratados teológicos como su trilogía dedicada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sino también ingresar con la solidez de sus argumentos y de su formación en las fuertes discusiones teológicas que tuvieron lugar durante el siglo pasado. Y lo hizo a través de libros polémicos pero irrefutables. En ellos, además, volcó un cierto don de profecía que no le venía de alguna iluminación particular sino de la agudeza de su inteligencia. Escribía, por ejemplo, en 1968: 
“Yo no sé si -como se dice- el Concilio nos ha liberado de la tiranía de la Curia romana, pero lo cierto es que nos ha entregado, después de haberse entregado él mismo, a la dictadura de los periodistas, y sobre todo, de los más incompetentes y los más irresponsables”. 
Nunca más actuales estas palabras cuando el papa Francisco dirime la cuestiones magisteriales buscando el agrado y la aquiescencia de los medios, y sus voceros más autorizados suelen ser periodistas de la calaña de Elizabetta Piqué o de Alicia Barrios.

Bouyer fue pastor de la iglesia luterana de Francia y se convirtió al catolicismo poco antes de la Segunda Guerra Mundial, ordenándose sacerdote en el Oratorio francés. Aseguraba que debía su conversión a la liturgia, a la enseñanza de los Santos Padres y del cardenal Newman, de quiene escribió una biografía que, Dios mediante, pronto será traducida al español (“La mejor biografía de Newman”, según algunos conocedores). Enseñó en el Institut Catholique de Paris y en varias universidades americanas. Fue perito e integrante de varias comisiones del Concilio Vaticano II. Renunció a todas porque se daba cuenta que nada podía hacerse, y le resultaba insoportable tener que estar bajo las órdenes de “completas nulidades”. Por ejemplo, sirvió en la comisión preparatoria dirigida por el cardenal Pizzardo. Bouyer observaba que, si la KGB hubiese querido infiltrar la Iglesia, no habría encontrado mejor método para hacerlo que nombrar a Pizzardo prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios, cosa que hizo Pío XII. Y de modo similar se refiere a otros purpurados como Marty o Lercaro.

Es que Bouyer jamás perdió su libertad de decir lo que consideraba que era la verdad. No aceptó fidelidades de partidos, ni de escuelas, ni de congregaciones. Su única fidelidad fue a la Verdad. Tenía como enemigo al error y a la mentira, estuvieran éstos a la derecha o a la izquierda y, como no podía ser de otro modo, fue perseguido por progresistas y tradicionalistas; por jesuitas y dominicos; por curas y obispos.

Fue el autor de la llamada “Plegaria eucarística II”, que los curitas de línea media llaman “de San Hipólito” pero que, en realidad, debería ser llamada “anáfora al tuco” porque fue redactada a las apuradas en una trattoria del Trastévere luego del pranzo, a fin de acercarle un borrador al temible Bugnini quien, tiempo después, la publicó tal cual la recibió otorgándole el mismo estatus que el Canon Romano. Bouyer relata el caso para mostrar la “seriedad” que con se hizo la reforma litúrgica. Y remata con su clásica sentencia: "Si la liturgia romana era un cadáver antes del Vaticano II -tal como algunos decían-, después del Concilio es el mismo cadáver en estado de putrefacción.

Y se hartó. A fines de los ’60 renunció a la Comisión Teológica Internacional en la que había sido nombrado por Pablo VI. Se retiró a una abadía en ruinas en el norte de Francia y, durante el verano, a una modesta casa que había comprado en Normandía. Fue en este periodo de doce años en el que se desarrolló su mayor producción intelectual.

Se retiro... “¡Derrotista!”, gritarán algunos. “Escapista”, otros.¿Vale la pena responderles? Sí, con Tolkien, que fue uno de sus más preciados amigos.
¿Derrotista? Escribía Tolkien en 1956: “Soy, de hecho, cristiano, y católico apostólico romano por lo demás, de modo que no espero que la ‘historia’ sea otra cosa que una ‘larga derrota’, aunque contenga (y en una leyenda puede contener más clara y conmovedoramente) algunas muestras o atisbos de victoria” (The Letters of J.R.R. Tolkien, ed. H. Carpenter, Allen&Unwin, London, 1982, p. 255).
¿Escapista? “Muchos confunden -dice Tolkien- la evasión del prisionero con la huida del desertor” (“Sobre los cuentos de hadas”, en Árbol y hoja, Barcelona, Minotauro, 1994, p. 70). Y digo yo: ¿para quiénes es el “escapismo” un crimen tan atroz? Para los carceleros, naturalmente, de la clase que sean.

Toda esta introducción sobre Bouyer, de quien ya hemos hablado abundantemente en este blog, es para presentar la edición española de La descomposición del catolicismo, escrita en 1968, cuando terminó de hartarse de todo lo que que estaba sucediendo en la Iglesia como consecuencia del Concilio Vaticano II.
Es breve y de lectura imprescindible. Muchas de las cosas que hoy estamos viendo -“estos lodos”- serán comprendidas cuando conozcamos “los polvos” de los cuales surgieron.

La descomposición del catolicismo es una de las obras más breves, más conocidas y más emblemáticas de Louis Bouyer. Escrita en 1968, cuando autor ha decidido ya renunciar al Consilium, la comisión vaticana encargada de formular la reforma litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en ella expresa toda su frustración y su enojo por la mediocridad con que se han hecho las cosas.
Pero no se trata solamente de una reforma litúrgica a la que percibe anticipadamente fracasada. Se trata de la situación de la Iglesia católica en general, a la cual se convirtió a comienzo de los años '40 y a la que ve postrada e incapaz de solucionar los profundos problemas que la afligen. Si el Concilio había sido para él como para muchos otros una gran esperanza de reforma, el correr de los años le ha demostrado que, lejos de mejorarse, las cosas han empeorado hasta lo impensable.
Es este el drama que Bouyer expone en su libro a través de tres capítulos: Progresismo, Tradicionalismos y Conclusiones. Con el estilo irónico y a veces cáustico que lo caracteriza describe la situación que ha vivido y la que está viviendo dentro de la Iglesia a la que quiso servir, y advierte sobre las consecuencias que sobrevendrán si no se corrige lo que está mal.

Sus previsiones, cincuenta años más tarde, se han revelado proféticas.

Aquí un extracto que revela el carácter del libro:

Éste es el punto más paradójico de la situación, que en el momento en que se ha perdido todo sentido de la autoridad se ve renacer una especie de neoclericalismo, por cierto tanto de los seglares como de los clérigos, más cerrado, más intolerante, más quisquilloso que todo lo que se había visto anteriormente.

Un ejemplo típico es el del latín litúrgico. El Concilio ha mantenido en términos explícitos el principio de conservar esta lengua tradicional en la liturgia occidental, aunque abriendo la puerta a amplias derogaciones cada vez que las necesidades pastorales impongan un uso, más o menos extenso, de la lengua vulgar. Pero la masa de los clérigos que hasta ahora no podían siquiera imaginar que se hiciera sitio a la lengua vulgar, por lo menos en el anuncio de la palabra de Dios, han saltado inmediatamente de un extremo al otro y no quieren ya que se oiga una palabra de latín en la Iglesia. Según parece, los seglares tienen hoy la palabra, pero, por supuesto, a condición de que en este punto, como en los otros, se limiten a repetir dócilmente lo que se les dice. Si protestan y quieren, por ejemplo, conservar el latín por lo menos en los cantos del ordinario de la misa con que estaban familiarizados, se les replica que su protesta carece de valor: no están iniciados en la nueva teología y por tanto no hay que tener en cuenta lo que dicen... Esto es tanto más curioso cuanto que reclaman precisamente lo que el Concilio había recomendado.

Pero el Concilio tiene mucho aguante: cuando se evoca su nombre, las tres cuartas partes de las veces no se apela precisamente a sus decisiones y a sus exhortaciones, sino a tal o cual declaración episcopal individual que la asamblea no había en modo alguno ratificado; o se apela a lo que tal o cual teólogo o tal o cual chupatintas sin mandato alguno habría querido ver canonizado por el Concilio, y hasta a tal o cual exposición atribuida al Concilio, aun cuando tal exposición lo contradiga palabra por palabra.

Y lo que sucede con el latín se puede decir también de toda la liturgia, lo cual es tanto más grave en el momento preciso en que el Concilio acaba de proclamar el carácter central de la liturgia en la vida y en la entera actividad de la Iglesia. No hace mucho se subrayaba que las Iglesias tradicionales, y en primer lugar la Iglesia católica, con su liturgia objetiva, sustraída a las manipulaciones abusivas del clero, salvaguardaban la libertad espiritual de los fieles frente a la subjetividad fácilmente invasiva y opresiva de los clérigos. Pero esto ha pasado a la historia. Los católicos contemporáneos sólo tienen ya derecho a tener la religión de su párroco, con todas sus idiosincrasias, sus limitaciones, sus rarezas y sus futilidades.

La princesa palatina describía a Luis XIV el protestantismo alemán con esta fórmula: “Aquí, cada uno se hace su propia religioncita”. Hoy día, cada sacerdote, o poco menos, se halla en este caso, y los fieles sólo tienen que decir amén, y todavía tienen suerte cuando la religión del párroco o del coadjutor no cambia cada domingo, a merced de sus lecturas, de las tonterías que ha visto hacer a otros o de su pura fantasía.

Había, pues, llegado, y de sobras la hora de recordar, primeramente, que la jerarquía es un ministerio, es decir, un servicio, puesto que representa entre nosotros a aquel que, siendo el Señor y el Maestro, al encarnarse no quiso adoptar sino el puesto y la función de servidor. Como lo ha mostrado muy bien el padre Congar, no bastaba siquiera con decir que las funciones sagradas debían ejercerse con espíritu de servicio (esto se había dicho siempre, por lo menos con la lengua), sino que había que volver a descubrir que son realmente un servicio. Si no era suficiente para ello la lectura del Evangelio, de las cartas de san Pablo y de san Pedro, no había más que leer la carta de san Gregorio Magno al patriarca de Constantinopla.

Y así como en la Iglesia los cabezas mismos, comenzando por los más elevados, no podrían apuntar más alto que a ser «servidores de los servidores de Dios», importaba reconocer que la Iglesia entera en el mundo está llamada a servir a la humanidad y no a dominarla (aunque fuera «para su bien» supuesto)

Todo esto estaba muy bien. Pero, desgraciadamente, aquí es donde caemos del Evangelio a la mitología; parece que los católicos modernos cuando dicen «servidor» son incapaces de pensar en otra cosa que en criado. Hay que preguntarse si su mismo triunfalismo de ayer era algo más que una mentalidad propia del lacayo, que se pavonea envuelto en sus galoneados harapos, tratando así de olvidar que viste precisamente el hábito suntuoso de su alienación. La mentalidad no parece haber cambiado, sólo que sus formas exteriores se han adaptado a la moda.

Decir, pues, que los ministros de la Iglesia, comenzando por sus cabezas son servidores, ha venido a significar que no tenían que asumir sus responsabilidades de guías y de doctores, sino seguir al rebaño en lugar de precederle. Al coronel de la guardia nacional, que asistía a la desbandada de sus tropas a la sazón de la revolución de 1848, se le atribuye este dicho lleno de sabor: «Puesto que soy su jefe, tengo que seguirlos» ¿No tenemos a veces (quizá fuera mejor decir: a menudo) la sensación de que los obispos de hoy, y tras ellos todos nuestros doctores de la ley, podrían tomar este dicho por su divisa? Los sacerdotes y los fieles pueden decir lo que quieran, hacer lo que quieran, pedir lo que quieran: Vox populi, vox Dei! Se bendice todo con perfecta indiferencia, pero preferentemente todo lo que antes del Concilio se habría estigmatizado. 

«¿Qué es la verdad?», preguntaba Pilato. Los responsables parecen no tener otro reflejo de respuesta que éste: «Todo lo que queráis, amigos míos». 
El reino de Dios pertenece a los violentos que lo arrebatan: se diría que esta palabra se entiende hoy en el sentido demasiado fácil de que el renio de Dios es sencillamente una merienda de negros. A Newman se le dejó en la sombra durante veinte años porque había tenido la desgracia de recordar esta verdad histórica: 
al concilio de Nicea había seguido una especie de suspensión de la autoridad durante toda una generación. Al Vaticano II le habría seguido una dimisión casi general de la Iglesia docente. ¿Por cuánto tiempo? ¿Quién podría decirlo?

El difunto padre Laberthonnière observaba con aquella capacidad de simplificación que era a la vez el fuerte y el flaco de su pensamiento: «Constantino hizo de la Iglesia un imperio, santo Tomás hizo de ella un sistema y san Ignacio una policía» En alguna manera se le podría excusar si hoy dijera que el Concilio ha hecho de ella una abadía de Thélème (nota: mandada a construir por Gargantua, en ella cada cual vivía a su capricho)

Pero esto no es todavía lo pero. Lo peor es la tergiversación de la idea de la Iglesia como entidad al servicio del mundo. Hoy se traducirá así: La Iglesia no tiene ya que convertir al mundo, sino antes convertirse a él. No tiene ya nada que enseñarle, sino que ponerse a su escucha: Pero, ¿y el Evangelio de la salvación?, se dirá. ¿No es la Iglesia entera responsable de él para el mundo? ¿No es lo esencial de su misión presentar este Evangelio al mundo? ¡Quién piensa en eso! ¡Todo lo hemos cambiado nosotros! Como dice un volumen típicamente posconciliar, «la salvación sin el Evangelio» ha venido a ser nuestro Evangelio. Aunque, puesto que nos hallamos aquí como en una partida de póquer , en la que el bluff de los unos no hace sino excitar el de los otros, la fórmula está ya superada. Como me decía estos días uno de nuestros nuevos teólogos, la idea misma de salvación es un insulto al mundo en tanto que creación de Dios: el hombre de hoy no puede aceptarla. No se hable más de ello. Pero, ¿podrá esto bastar? ¿El hombre de hoy no considerará como un insulto todavía más intolerable la suposición o la insinuación de que es criatura de Dios? Dios ha muerto, ¿no lo sabéis?, ¿no leéis acaso las publicaciones católicas que están al día? Si Dios ha muerto, con mayor razón no se le podrá calificar de creador….

Con otras palabras: servir al mundo no significa ya más que halagarlo, adularlo, como se adulaba ayer al cura en su parroquia, como se adulaba al obispo en su diócesis, como se hiperduliaba al papa en la cátedra de san Pedro ¿No es esto natural si servir a la Iglesia misma no consiste ante todo en servirle la verdad evangélica, si el repentino apetito de paternidad de nuestros sumos sacerdotes y de nuestros sacerdotes de segundo o de vigésimo quinto rango se avergüenza tanto de su paternalismo inveterado, que ya no quieren, a decir verdad, ser padres.

En otras épocas los cristianos católicos, aun sin lograr cristianizar de arriba abajo las instituciones sencillamente humanas en que se encuadraban, conseguían en conjunto introducir en ellas una cierta purificación, y hasta una elevación incontrovertible Sea lo que fuere lo que se piense del imperio de Constantino y de sus sucesores, era ciertamente mejor, por no decir más, que el de Nerón o de Cómodo. El caballero medieval, sin ser un modelo acabado, manifestaba virtudes que ciertamente no poseían los reitres bárbaros que le habían precedido. Y el humanista cristiano del renacimiento, pese a sus propias limitaciones, hacía enorme ventaja a sus colegas no cristianos.


¿Es pura casualidad el que en nuestros días el hecho de entrar los cristianos, y especialmente los católicos, en los marcos del mundo contemporáneo, parezca hacer más llamativos los defectos que se observaban anteriormente, si no es que todavía añaden ellos algo por su cuenta? Lo que se dice de la prensa o de la información en general ¿no es sencillamente el equivalente de lo que se puede observar en los partidos políticos o en los sindicatos cuanto entran en ellos los católicos? Ya se trate de los «ultras» en el PSU, de la Action Française y el MRP, por no hablar de otros países, del Zentrum germánico de la democracia cristiana italiana o del «revolucionarismo» católico de América del Sur, es difícil librarse de la impresión de que los partidos de signo clerical, inscríbanse a la derecha, a la izquierda o en el centro, se sumergen muy pronto en el irrealismo, el espíritu maniobrero de camarilla, el verbalismo huero o la violencia brutal que son defectos comunes a los partidos modernos y que tales partidos, a menudo, alcanzan los límites de lo grotesco y de lo odioso. Lo mismo se diga de los sindicatos: colonizados por los católicos parecen no tener ya otra alternativa que la de elegir entre el servilismo de los «amarillos» o la demagogia de los «rojos» particularmente frenéticos.

¿Serán los católicos modernos de esos individuos, a los que una carencia congénita predispone no sólo a coger todas las enfermedades que puedan presentarse, sino a acusar en ellas una forma especialmente virulenta? La gracia parece haber cesado en ellos de ser no sólo elevans, sino hasta sencillamente sanans.

(…)

Cuando Juan XXIII, que acababa de ser elegido, salió de la Capilla Sixtina, dijo a los que le rodeaban: «Querría que mi pontificado restaurara la colegialidad en la Iglesia». Y de hecho la realización más considerable del Concilio podría ser la de haber canonizado este principio. Jesús, desde el comienzo mismo de su ministerio en la tierra, y no sólo para que le sucedieran, se rodeó de doce discípulos, a los que asoció a todas sus preocupaciones. Después de la pasión, de la resurrección y de la ascensión aparece Pedro a ojos vistas como el portavoz de esta comunidad y, lo que es más, como su jefe responsable. Sin embargo, actúa siempre en unión con sus colegas y cuando se presenta un grave problema, aunque él lo haya zanjado ya por su parte, como se ve en la historia del centurión Cornelio y de la primera evangelización de los paganos, los pone, o deja que se ponga a discusión entre los Doce: será lo que se suele llamar con términos un tanto pomposos, aunque muy exactamente si se va a al fondo de las cosas, el «concilio de Jerusalén», descrito en los Hechos de los apóstoles. Pero no es todo. Los apóstoles mismos, como lo vemos ya en el Nuevo Testamento, no se preocuparon tampoco de procurarse simples sucesores, sino primero colaboradores, que asocian lo más estrechamente posible a sus quehaceres y a sus decisiones. Y no siquiera esto es todo. 

Si nunca se consideró verdaderamente fundada a la Iglesia sino a partir de pentecostés, fue seguramente porque el Espíritu Santo descendió sobre ella en aquel momento, pero también fue entonces cuando la predicación apostólica agrupó a los primeros creyentes en torno a los testigos de la resurrección. Y es de notar que el Espíritu Santo no descendió solamente sobre los predicadores, sino conjuntamente sobre los creyentes. «¿Los seglares?, ¿qué es esto?», masculló un obispo delante de Newman. Éste se limitó a contestarle: «Well!, with-out them the Church would look rather foolish!», lo que, traducido algo libremente, equivaldría poco más o menos a esto: «¡Sin ellos, bonita estaría la Iglesia!»

En pocas palabras, la Iglesia es un pueblo, el pueblo de Dios, en el que hay cabezas, responsables, pero en el que a todos los niveles, entre los cabezas y los otros miembros, hay una comunidad de vida de preocupaciones, porque hay una comunidad de fe y, por encima de todo esto y animándolo, una comunión en un solo Espíritu, que dispensa sus dones a todos, y a cada uno su don particular, pero de tal forma que todos los dones, los más elevados como los más humildes, son para todos, para el bien de todos, necesarios a todos. Y el don más grande, a cuyo servicio están todos los otros, es la caridad. Repitámoslo: esto no significa abdicación por parte de las cabezas responsables. San Pablo, muy al contrario, después de haber dicho a los Corintios la sustancia de esto que precede, no tenía reparo, no sólo por cantarles las verdades, sino en inculcarles lo que debían creer y hacer, les agradase o no, porque tal era su función y porque la había recibido de Cristo. Ahora bien, esto significa ciertamente que la Iglesia no puede dividirse en dos: una Iglesia docente simplemente superpuesta a una Iglesia enseñada, sin el menor intercambio entre las dos, y menos todavía una Iglesia activa, úncia capaz, y única juez para lanzar o no la corriente en una Iglesia simplemente pasiva.

Una vez más: no cabe la menor duda de que en vísperas del Concilio estábamos lejos de un reconocimiento franco de esta doctrina. Y si bien – como sucede siempre que las gentes no se resignan a perecer sofocadas dentro de un corsé de fórmulas muertas -, la vida de la Iglesia compensaba en cierta manera las estrecheces de la teología corriente y más aún de las rutinas canónicas, no por ello dejaba de verse bastante entorpecida. Habíamos llegado, poco más o menos, a una concepción de la Iglesia no ya meramente monárquica, sino piramidal, y lo peor era que la pirámide se suponía reposar sobre su vértice. En el plano del episcopado, quien leyera los manuales y observara la práctica de la Curia, podía fácilmente convencerse de que el papa era todo y los obispos no eran nada. En el plano de la diócesis, el obispo era a su vez todo y los sacerdotes no eran nada. En el plano de la parroquia, el señor párroco era todo, y los feligreses no eran nada. En una palabra, en todos los plano, cada uno era un Jano, que llevaba un cero en una cara, y en la otra al infinito, y el vulgum pecus al caer…De hecho, repitámoslo, la realidad distaba mucho de ser tal excepto en los manuales.

Conocí a un profesor protestante de teología pastoral que decía hace ya treinta años que si la Iglesia quisiera hacerse oír por el mundo, tendría que comenzar por procurar resumir su credo en una tarjeta de visita. En realidad Gaudium et Spes, la proclama del Concilio al mundo, es el más voluminoso de sus documentos, y de una lectura tan poco amena, que uno se pregunta cuántos de los mismos que lo votaron lo leyeron desde el principio hasta el fin… y cuántos de los que lo han leído lo han comprendido. Tres objetos formales, como dirían nuestros maestros, se dan codazos en este documento, como los frères Jacques en su inolvidable parodia de un partido de fútbol, y el último para el tiempo tratando inútilmente de colarse a la primera línea. 

En un principio se quería, aun hablando entre bastidores tratar de darse ánimos para afrontar aquello que no se había observado nunca sino con una visión marginal. Se quería luego, y aquí fue donde se desplegó mayor prodigalidad, dar (¿al mundo mismo o en la Iglesia?, esto no aparece muy claro) una descripción de este mundo, en la que, desgraciadamente, la buena voluntad es más conmovedora que el rigor de los hechos y sobre todo que la precisión de los criterios. Y luego se tenía también la intención de anunciarle el Evangelio. Pero, aunque esta solicitud subyacente reaparece a todo lo largo del documento, como eco de la conciencia profunda, es innegable que el documento no logró expresarse claramente. Sería exagerado decir que se tiene la sensación de que los padres no osaban ya pedir nada al mundo. Más bien dan la sensación de no haber sabido exactamente qué decirle…. Estas flaquezas de un documento abigarrado, incompleto, aunque de una prolijidad desalentadora (son siempre los predicadores que no saben exactamente lo que quieren decir, los que no acaban nunca de decirlo), no le impedían tener algunas buenas bases como punto de partida para un conato de recuperación, y el mero hecho de reconocer finalmente su urgencia habría sido quizá lo mejor que se hubiera podido esperar de tal asamblea.

Desgraciadamente, lo fuerte que contenía este texto no fue lo que despertó mayor eco. Hasta ahora, sus debilidades demasiado llamativas son prácticamente las únicas que han hecho escuela, y el rasgo se ha extremado de golpe hasta la caricatura.

La apertura al mundo que se proponía a los católicos, la conversión al mundo que se les sugería ¿en qué se han quedado para ellos, por lo menos para los que inmediatamente se apoderaron del micrófono y que monopolizan la prensa? Al escucharlos resulta difícil no evocar a estos salvajes de tieras remotas, que delante de un transistor, de una cadena de water o de un paquete de preservativos caídos repentinamente a su puerta, no saben sino caer de rodillas y creen a pie juntillas que el avión de carga que les ha arrojado esas maravillas no puede ser sino Nuestro Señor en persona.

Se ha hablado de postración delante del mundo para describir la moda de hoy en el pensamiento católico o en lo que lo remplaza. Realmente es decir muy poco. «No me gustan esas postraciones, no me gustan esas postraciones cobardes, todas esas sucias postraciones de esclavos», decía el Dios de Péguy. Hay que suponer que los católicos han oído por fin por lo menos esa palabra de Dios.

Pero las postraciones en cuestión de tal manera deben formar parte de su naturaleza, que no han podido hacer, no se les ha ocurrido, sino transferirlas a una divinidad menos hastiada de adoradores. Así multiplican las zalemas, amontonan los superlativos, se prosternan a porfía. Se piensa en la frase inaudita, hábilmente destacada por el canónigo Martimort en su estudio Le Gallicanisme de Bossuet: «Colgado de los pechos de la Iglesia Romana, me postro a los pies de Vuestra Santidad…» ¡Qué gimnasia, cielo santo! Los católicos de hoy, manteniéndose colgados de los pechos del progreso no acaban nunca de arrastrar el vientre por el suelo, a los pies más o menos hendidos de todos los becerros de oro que aquél ha hecho popular. Pero lo verdaderamente extraordinario es que, absortos en sus oraciones, no oyen la enorme carcajada que lanza poco a poco el mundo ante el espectáculo ofrecido por su servilismo maníaco. A decir verdad, hace ya tiempo que se había dejado de tomarlos en serio.

Pero ante este súbito e inesperado hormigueo a cuatro patas, de personas que os volvían la espalda desde hace generaciones, ¿qué queréis que se haga sino desternillarse de risa? Hay, sin embargo, en este mundo personas delicadas, más numerosas de lo que imaginan los católicos, que no sólo no se han embriagado con todo ese incienso rancio, desviado de Dios para el solo provecho de sus fosas nasales son que les da náuseas el hedor de esa humildad abyecta….

Los católicos de ayer eran incapaces de recibir ninguna lección del mundo. Ahora están convencidos como Mussolini, de que el mundo da sempre razones. Pero olvidan que el mundo no está compuesto únicamente de imbéciles y que todo lo que en él tiene lucidez se plantea cuestiones cada vez más angustiosas. Si la Iglesia puede tener todavía sentido para el mundo de hoy, hay que suponer que es capaz de responderle o, cosa quizá todavía más importante, de ayudarle a plantearse por fin las verdaderas cuestiones. ¿Qué queremos que haga con toda esa pandilla de histéricos, a los que la idea descabellada de que ya no hay problemas que no haya resuelto el mundo o que no esté a punto de resolverlos, basta para sumergirlos en un estado de delirio?

El aggiornamiento va de la mano con la apertura al mundo, aunque la desborda. El aggiornamiento que quería Juan XXIII, el que el Concilio, a tientas, como era inevitable, pero después de todo con vigor, había tratado de incoar, era el del escriba avisado que busca nova et vetera en un tesoro que había perdido la costumbre de frecuentar, estando como estaba totalmente ocupado en guardarlo y defenderlo, como un dragón arisco agazapado sobre su inútil tesoro. Y para responder finalmente a las necesidades del momento había que comenzar por dar de nuevo con las necesidades de siempre. 

El aggiornamiento que se nos propone y se nos quería imponer consiste simplemente en largar toda la tradición para saltarle al cuello a una futuridad que nade sabe exactamente qué figura tendrá. Pero la idea misma de una historia que para ir hacia su meta tuviera que abolir su pasado, es una de esas que han desaprobado los pensadores más modernos. Un Einstein no creyó ni un instante que con su obra estaba aboliendo a Newton: 
sabía mejor que nadie que, según el dicho de Pascal, podía escasamente montarse sobre sus hombros para procurar ver más lejos. Si hay algo cierto en el estructuralismo contemporáneo, es que el espíritu humano de nuestro tiempo, así como el de todos los que lo han precedido, trabaja dentro de marcos que han heredado y de los que no puede evadirse, como uno no puede tampoco saltar fuera de su sombra. Todavía más profundamente, las psicologías profundas no han advertido que los que creen suprimir su pasado para emanciparse de él, no hacen más que reprimirlo en vano. Refugiado en el subsuelo de nuestra personalidad, corroe sus bases y nos veda todo desarrollo verdadero. Habría que comenzar por asumirlo francamente para que comience el verdadero presente, donde el futuro se construye libremente.

Con más razón hay que decir esto cuando nuestro pasado, como es el caso de los cristianos, lleva en sí la revelación única y definitiva de lo eterno. Esos católicos que sólo quieren mirar el punto omega, sólo pueden conservar a Cristo volatilizándolo en la pura mitología. Lo que dijo, lo que hizo, lo que es y será para siempre, ya no les interesa. Ya no lo guardan sino como un símbolo tribal vaciado de todo contenido y con el que están dispuestos a etiquetar cualquier cosa, con tal que sea o parezca nueva. No les preguntemos ya si creen todavía en su divinidad: os responderán muy ufanos que están más allá de esa cuestión. Sólo les interesa el futuro de la humanidad, es decir, lo que la nuestra, llegada a la edad adulta, tomando sola en la mano su destino, puede devenir (sea lo que fuere, un Superman o un mono con un ojo en la punta de la cola, que eso les tiene sin cuidado, con tal que sea algo nuevo o que por lo menos lo parezca).

Jesús, un Jesús ahora ya completamente humano, porque únicamente humano, no tiene ya para ellos otro sentido que el de ser la promesa, la garantía de esas mutaciones que se nos anuncian como inminentes. ¿Por qué fue elegido para este papel precisamente Jesús, más bien que cualquier otro personaje de la historia humana? Verdaderamente no se ve por qué… Seguramente la única fuerza de la costumbre que es tanto más tiránica en todos los que tienen la fobia de su pasado. Sin embargo, si hay un rasgo de la personalidad de Jesús que están acordes en reconocerle todos los historiadores, aun los más críticos, es que no vivía sino para Dios: el Evangelio del reino era para él lo que san Pablo resumiría felizmente en la fórmula: «Dios, todo en todos».

Pero Dios mismo ha muerto para estos neo-adoradores del mundo. Él les había dicho ya que no se puede servir a dos amos. Ellos han escogido. El mundo, Mammón, los ha acaparado inmediatamente. Como me decía poco ha una religiosa de la nueva ola: «Para mí mi religión sólo conoce la dimensión horizontal». Ahora bien, la dimensión horizontal por sí sola no ha constituido jamás una religión. Se ha lanzado, pues, por la borda la religión, después de haber hecho almoneda de lo sagrado. Pero como en un cristianismo desacralizado no había ya nada que hacer con el Cristo de la fe, ni tampoco con el de la simple historia, en un mundo irreligioso, consagrado finalmente en su profanidad moderna, Dios no ha tardado evidentemente, en convertirse en el vocablo más vacío de sentido que se pueda imaginar.

Bouyer, Louis - La Descomposición Del Catolicismo by Abel Della Costa


4 Sacerdotes católicos analizan hacia donde va la Iglesia con el papa León XIV - P. Gabriel Zarraute

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA IGLESIA, ¿QUÉ IGLESIA?: LA DE BERGOGLIO Y LA DE PREVOST, NO. ⛪


La Iglesia ¿qué Iglesia?
Cuando los historiadores repasen los avatares del final del anterior siglo y los comienzos del XXI podrán observar los procederes de la jerarquía católica en España donde se pueden distinguir distintas iglesias.
Escribo de jerarquías, no de fieles, ni de soldados de Cristo esforzados, entregados en vida a la causa del fundador de la Piedra. Los mejores conocedores de los últimos lustros de la Iglesia Católica en España hablan de un “desmadre” organizativo que ha permitido y permite que el poder real no descanse sobre los “pastores”, sino en un grupo de arribistas que sólidamente instalados han hecho de su confesión una forma de vida, en ocasiones suntuosa. Algo muy parecido a lo que ha ocurrido en los partidos políticos en las que personas sin especiales méritos tecnocráticos viven de la sopa boba, calentada con agua bendita, aprovechando su cercanía a los ensotanados.

Esta nueva casta en el dicasterio católico la encarna como nadie Fernando Giménez Barriocanal, niño preferido del cura Don Bernardo y que es, al final, quien viene moviendo los hilos en Añastro, 1. Antes fueron el tándem Pérez del Puerto/Martín Marín, éste último envuelto y cerca en casi todos los casos de corrupción que adornan al PP de Madrid. Recordará el lector que en una conversación grabada por la UCO con autorización judicial, los hermanos González (Ignacio) se referían a Pedro Antonio Martín Marín como un tipo que se llevaba comisiones de todo. Pues estos dos han mandado durante años en COPE y, posteriormente, en TreceTV.

Dicen por esos lares, que Barriocanal (Kiko) se ha refugiado en su oscuro despacho de la Universidad Autónoma, pero nadie cree que haya dejado de dirigir desde su antro público todo lo relativo a los dineros de la Iglesia, origen de todo su omnímodo poder. Su presidencia en el Grupo Abside le dio fama y más poder.

Escrito lo anterior, apuntar que las iglesias españolas están más vacías que nunca y los jóvenes se han apartado de la disciplina religiosa a marchas forzadas. Y eso, mientras no pocos católicos de base, desde esa militancia inequívoca, dedican su tiempo, su dinero y sus empeños a favorecer a los demás con la generosidad que el Evangelio exige. Mientras esto sucede, alguna jerarquía –es decir, toda, según los postulados de la comunión- baila el agua a un Gobierno que, entre otras cosas, quiere que jóvenes de 12 años puedan decidir si quieren ser hombre o mujer y viceversa.

Cuando no hay liderazgo, ni valores, suelen llegar los listillos con el cazo puesto.

Sería mejor para la Iglesia Católica, como dejó dicho Juan Pablo II, quedarse en 12 que no andar trapisoteando el mensaje genuino.


Cardenal Müller 
a InfoVaticana:
«Los falsos profetas que se presentan como progresistas han anunciado que convertirán a la Iglesia Católica en una organización de ayuda para la Agenda 2030

Se acerca la fase final del Sínodo de la Sinodalidad que comenzará este próximo mes de octubre. Entre los 400 asistentes (entre cardenales, obispos, laicos y religiosos) participará el ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: el cardenal Müller.
Ya que desde el Vaticano han comunicado que los periodistas solo tendrán acceso a la información que ellos mismos proporcionen, hemos querido charlar con el purpurado alemán sobre este próximo acontecimiento eclesial que tiene a buena parte de la Iglesia en vilo.
Como verán a lo largo de la entrevista (hecha por escrito ya que el cardenal está esta semana en Polonia) Müller aborda las cuestiones planteadas sin rehuirlas y entrando hasta el fondo de la cuestión.

Entrevista al cardenal Müller:

P- Este próximo mes de octubre dará comienzo la fase final del Sínodo de la sinodalidad ¿Cómo lo afronta?
R- Rezo para que todo esto sea una bendición y no un perjuicio para la Iglesia. También estoy comprometido con la claridad teológica para que una Iglesia reunida en torno a Cristo no se convierta en una danza política en torno al becerro de oro del espíritu agnóstico de la época.
P- El Papa Francisco le incluyó en la lista de los participantes que tendrán voz y voto en el Sínodo ¿Cómo recibió la noticia?
R-Quiero hacer lo mejor que pueda por el bien de la Iglesia, por la que he dedicado toda mi vida, pensamiento y trabajo hasta ahora.
P-¿Tiene pensado el mensaje que va a transmitir durante la Asamblea?
R-Sobre todo quisiera decir, en vista de las muchas decepciones de los jóvenes de Lisboa: una Iglesia que no cree en Jesús el Cristo, el Hijo del Dios vivo, ya no es la Iglesia de Jesucristo. Cada participante deberá estudiar primero el primer capítulo de Lumen Gentium, que trata del misterio de la Iglesia en el plan de salvación del Dios Trino. La iglesia no es el patio de recreo de los ideólogos del “humanismo sin Dios” ni de los estrategas de las conferencias del partido impedidas.
La voluntad universal de Dios de salvar, que se encuentra en Cristo, único Mediador entre Dios y los hombres, realizada histórica y escatológicamente, es el programa futuro de Su Iglesia y no el Gran Reinicio de la “élite” atea-globalista de banqueros multimillonarios que esconden su despiadado enriquecimiento personal detrás de la máscara de la filantropía.

P-¿Qué le parece la medida de que no se acepte que los periodistas sigan en directo lo que ocurre?
R-No sé la intención que hay detrás de esta medida, pero 450 participantes ciertamente no mantendrán las cosas cerradas. Muchos explotarán a los periodistas en su propio beneficio o viceversa. Esta es la gran hora de la manipulación, de la propaganda de una agenda que hace más daño que bien a la Iglesia.
Si los laicos participan en él con derecho a voto, entonces ya no se trata de un sínodo de obispos
P-Hay algunas voces que han criticado la presencia de laicos en esta Asamblea sinodal ¿A usted que le parece?
R-Los obispos participan en su cargo ejerciendo la responsabilidad colegiada sobre toda la Iglesia junto con el Papa. Si los laicos participan en él con derecho a voto, entonces ya no se trata de un sínodo de obispos o una conferencia eclesiástica que no tiene la autoridad docente apostólica del colegio episcopal. Hablar de un Concilio Vaticano III sólo se le puede ocurrir a una persona ignorante, porque un sínodo romano de obispos no es desde el principio un concilio ecuménico, que el Papa no podría declarar posteriormente sin ignorar el derecho divino de los obispos a un Concilio Vaticano III, que podría fundar una nueva Iglesia superando o completando la supuestamente estancada en el Concilio Vaticano II.
Cada vez que los efectos populistas inclinan la balanza hacia decisiones tan espontáneas, se oscurece la naturaleza sacramental de la Iglesia y su misión, incluso si posteriormente se intenta justificarla con el sacerdocio común de todos los creyentes y se intenta nivelar la diferencia en esencia con respecto a el sacerdocio de ordenación sacramental (Lumen Gentium 10).

P-Cada vez hay más obispos y fieles que expresan su preocupación por lo que pueda ocurrir durante este Sínodo ¿Hay algo a lo que temer?
R-Sí, los falsos profetas (ideólogos de las nubes) que se presentan como progresistas han anunciado que convertirán a la Iglesia Católica en una organización de ayuda para la Agenda 2030. En su opinión, sólo una Iglesia sin Cristo encaja en un mundo sin Dios. Muchos jóvenes regresaron de Lisboa decepcionados porque el foco ya no estaba en la salvación en Cristo, sino en una doctrina de salvación mundana. Al parecer hay incluso obispos que ya no creen en Dios como origen y fin del hombre y salvador del mundo, pero que, de manera pannaturalista o panteísta, consideran que la supuesta madre tierra es el comienzo de la existencia y la neutralidad climática la meta del planeta tierra.
P-¿Cree que pueden aprobarse cambios en materia de fe y doctrina como pretenden algunos grupos y movimientos dentro de la Iglesia?
R-Ningún persona en la tierra puede cambiar, añadir o quitar la Palabra de Dios. Como sucesores de los apóstoles, el Papa y los obispos deben enseñar a la gente lo que Cristo terrenal y resucitado, el único maestro, les ha ordenado hacer. Y sólo en este sentido se aplica la promesa de que el ejército y la cabeza de su cuerpo permanecen siempre con sus discípulos Mt 28, 19s). La gente confunde, lo cual no es sorprendente dada la falta de educación teológica básica incluso entre los obispos, el contenido de la fe y su insuperable plenitud en Cristo con la progresiva reflexión teológica y el crecimiento de la conciencia de la fe de la Iglesia a lo largo de la tradición eclesiástica (DEI verbum 8-10). La infalibilidad del Magisterio sólo se extiende a la conservación y a la fiel interpretación del misterio de la fe confiado una vez por todas a la Iglesia (depositum fidei o sana doctrina, la enseñanza de los Apóstoles). El Papa y los obispos no reciben una nueva revelación (Lumen gentium 25, DEI verbum 10 ).
Bendecir la obsolescencia inmoral de personas del mismo o del sexo opuesto es, como contradicción directa, una blasfemia
P-¿Qué ocurriría si, por ejemplo, la Asamblea sinodal aprobase la bendición a parejas homosexuales, el cambio de moral sexual, la eliminación de la obligatoriedad del celibato sacerdotal o el permitir el diaconado femenino? ¿Usted lo aceptaría?
R-El celibato sacerdotal debe ser eliminado de esta lista, ya que la conexión del sacramento del Orden Sagrado con el carisma de la renuncia voluntaria al matrimonio no es dogmáticamente necesaria, aunque esta antigua tradición de la Iglesia latina no puede ser abolida arbitrariamente de un plumazo, como los Padres del Concilio lo subrayaron expresamente el Concilio Vaticano (Presbyterorum Ordines 16). Y los ruidosos agitadores rara vez se preocupan por las preocupaciones de salvación de las comunidades sin sacerdotes, sino más bien por atacar este consejo evangélico, que consideran anacrónico o incluso inhumano en una época sexualmente ilustrada. Bendecir la obsolescencia inmoral de personas del mismo o del sexo opuesto es una contradicción directa con la palabra y la voluntad de Dios, una blasfemia gravemente pecaminosa. El sacramento del orden en los niveles de episcopado, presbiterio y diaconado puede proporcionar poder divino.
Sólo un bautizado cuya vocación haya sido verificada por la Iglesia en cuanto a su autenticidad puede recibir el derecho. Tales exigencias con una mayoría de votos serían obsoletas a priori. Tampoco podrían ser implementados en el derecho canónico por todo el colegio de obispos con el Papa o por el Papa solo porque contradicen la revelación y la confesión clara de la Iglesia.
La autoridad formal del Papa no puede separarse de la conexión sustantiva con la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y las decisiones dogmáticas del Magisterio que le precedió. De lo contrario, como Lutero malinterpretó el papado, se pondría en el lugar de Dios, quien es el único autor de su verdad revelada, en lugar de simplemente testificar fielmente, en la autoridad de Cristo, de la fe revelada de una manera no abreviada y no adulterada. y presentándolo auténticamente a la iglesia.
En una situación tan extrema, de la que Dios puede salvarnos, todo funcionario eclesiástico habría perdido su autoridad y ningún católico está ya obligado a obedecer religiosamente a un obispo herético o cismático (Lumen Gentium 25; cf. respuesta de los obispos a la mala interpretación de Bismarck). del I. Vaticano, 1875).

P-¿Cree que se está haciendo lo suficiente desde la Iglesia para defender con claridad las verdades que hoy están en discusión?
R-Lamentablemente no. Su tarea sagrada es proclamar la verdad del Evangelio con valentía dentro y fuera de la iglesia. Incluso Pablo se opuso abiertamente una vez al comportamiento ambiguo de Pedro (GAL 2), sin, por supuesto, cuestionar su primacía establecida por Cristo.
No debemos dejarnos intimidar dentro de la Iglesia ni dejarnos seducir por la perspectiva de una carrera por la buena conducta deseada desde arriba. Los obispos y sacerdotes son nombrados directamente por Cristo, lo que deben tener en cuenta los respectivos superiores en la jerarquía. Sin embargo, están en comunidad entre sí, lo que incluye la obediencia religiosa en cuestiones de fe y la obediencia canónica en el gobierno de la Iglesia. Pero esto no exime a nadie de su responsabilidad de conciencia directamente ante Cristo, pastor y maestro, cuya autoridad santifica, enseña y guía a los creyentes.
También debe hacerse una distinción estricta entre la relación del Papa con sus nuncios y empleados del Vaticano y la relación colegiada del Papa con los obispos, que no son sus subordinados sino sus hermanos en el mismo oficio apostólico.
Siempre que los Papas se han sentido o se han comportado como políticos, las cosas han ido mal
P-¿Qué papel debe jugar el Papa en estos momentos?
R-A lo largo de la historia de la Iglesia, siempre que los Papas se han sentido o se han comportado como políticos, las cosas han ido mal. En política se trata del poder del pueblo sobre el pueblo, en la Iglesia de Cristo se trata del servicio de la salvación eterna de los hombres, al que el Señor ha llamado a los hombres para que sean sus apóstoles. El Papa está sentado en la Cátedra de Pedro. Y la forma en que se presenta a Simón Pedro en el Nuevo Testamento, con todos sus altibajos, debería ser un fortalecimiento y una advertencia para cada Papa. En el Cenáculo, antes de su Pasión, Jesús le dice a Pedro: Una vez convertidos, fortaleced a vuestros hermanos (Lc 22,32), es decir, en la fe de Cristo, Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Sólo así es él la roca sobre la que Jesús construye su iglesia, las puertas del infierno no pueden ser superadas.

′′Aprobando esta práctica la infernal conducta 
de la primera bestia, aconsejará a todos, pública y privadamente, 
que se acomoden las circunstancias del tiempo 
por el bien de la paz, de una falsa y maldita paz. 
Jesucristo en tales casos no quiere paz, 
sino guerra, y él mismo dice que nos trajo la guerra, 
y que por bien de esa paz tomen en sus manos 
y en su frontera la marca de la bestia, esto es, 
que se declaren por ella. Así, lo harán muchos, 
apostatando cobardemente, pero los fieles bien instruidos 
en sus deberes impugnarán con valor y descaro′′
San Antonio María Claret

SÍNODO SINUOSO HERÉTICO BERGOGLIANO

iglesia bergogliana sinodal

Arturo Periodista Católico: LA MASA OFICIAL

Con motivo de la visita de León XIV a España para estar 6 días, llegando el día 6 del mes 6, su maquinaria incansable de propaganda y marketing ha hecho un himno oficial titulado "ALZA LA MIRADA" y, como dice al respecto el artículo de Infovaticana:
Entre acordes previsibles y letra calculada, aparece el motivo central: “los que cruzan el mar buscando un hogar”. No es un detalle. Es el eje.
Nada se dice, en cambio, de los que ya están aquí. De los que no cruzan mares porque nacieron en esta tierra y ven, año tras año, cómo su entorno se transforma sin que nadie les pregunte. De los barrios donde la convivencia ha dejado de ser un hecho para convertirse en un experimento fallido. De las calles donde la inseguridad ya no es percepción, sino estadística. De los comerciantes que bajan la persiana antes de tiempo. De las mujeres que cambian de acera. De los niños que dejan de jugar donde antes jugaban.
El himno no los menciona. No existen.
La Iglesia española ha decidido mirar en una sola dirección. Y lo hace justo antes de una visita papal que, a juzgar por este adelanto, no vendrá a confirmar a los fieles en medio de sus dificultades concretas, sino a reiterar un mensaje ya conocido, ya repetido, ya asumido como dogma sociopolítico: la prioridad absoluta del migrante, convertido en símbolo moral incuestionable".

Estaría bien que de una vez despertara Infovaticana y entendiera que no estamos ante un papa, que el último papa canónico fue Benedicto XVI, el katejon del papado, a quien pedimos su intercesión para que proteja a España ante la inminencia de este viaje que desatará catástrofes y nada bueno para España.
Ante el himno oficial "Alzo la mirada", nuestra canción respuesta de la que te dejo la letra y música en el vídeo, para describir y denunciar la cruda realidad que padecemos en este Sábado Santo de la Iglesia:

Alzo la mirada por encima de la masa,
alzo la mirada más allá de lo oficial,
y me encuentro solo,
y no entiendo nada,
cómo es posible tanto ciego y tanta nada.
Alzo la mirada más allá de lo oficial,
alzo la mirada y ya nada es igual.
Todo es un engaño, una mala noche,
en una posada dominada por extraños.
Alzo la mirada y encuentro a un impostor,
es un lobo cruel que desgarra con dolor.
caballo de Troya para ser un destructor,
todos lo consienten, ya no saben qué es amor.
Alzo la mirada digo basta, conmigo no.
No me arrastrarán al falso Cristo, falso Señor.
Falso evangelio, falsa agenda y falso Dios,
falso seguimiento que acaba en el sheol.
Alzo la mirada y entiendo que todo está aquí,
gran apostasía con descaro ante mí.
Quiero liberarme de este trago que sabe a hiel,
el Señor me dice que ya viene, que sea fiel.
Digo no a los impostores, digo sí a la Señora,
digo no a los cobardes, mi esperanza es un amén,
la verdad no negociable que no pasa,
que ya llega pronto el amo a su casa.
Alzo la mirada y espero en ti Señor,
en este mundo apóstata que deforma la verdad,
el Señor está viniendo, el Señor reinará,
reinará el Señor, la Verdad nos liberará.

VER+:


El masón Gabriele Caccia observador permanente de la Santa Sede ante la ONU, ha vuelto a salir en defensa de la perversa y globalista Agenda 2030


No se puede imponer la contradicción ni la incoherencia. La inobservancia de este tipo de normas no es desobediencia, y se convierte, según el autor, en un deber.
EL QUE OBEDECE A BERGOGLIO Y A SU AGENDA SATÁNICA 2030 DESOBEDECE A DIOS Y A LA IGLESIA.





El P. Cornet Explica Por Qué Los Cónclave de 2013 y 2025 Fueron NULOS by Yanka


VER+:

LA IGLESIA INFILTRADA