EL Rincón de Yanka: CRÍTERIOS

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sábado, 9 de mayo de 2026

LIBRO "TONTOCRACIA": EL TONTO FUNCIONAL. EN BUSCA DE LA SENSATEZ PERDIDA. UNA LLAMADA URGENTE A DESPERTAR DEL ADORMECIMIENTO BORREGUIL MASIVO por SANTIAGO ÁVILA

 TONTOCRACIA

SANTIAGO ÁVILA

EN BUSCA DE LA SENSATEZ PERDIDA.

«Una llamada urgente a despertar del adormecimiento masivo».
¿Cómo sobrevivir y prosperar en el reino de la incompetencia? Llega la revolución del sentido común.
Tontocracia es una radiografía brillante y sui generis de la realidad y la naturaleza humana que analiza cómo la incompetencia generalizada domina nuestras vidas: desde la educación, a la política, a la empresa y a la vida cotidiana. Y propone las claves para que pensemos si queremos ser parte del desastre o de la solución, y cómo hacerlo. Desde su larga y heterogénea experiencia, Santiago viene a desempolvar el sentido común y proponer un poquito de madurez.
Tras el éxito del estoicismo en la autoayuda, ahora es la sensatez la que nos ayudará a guiar nuestras vidas.
La crítica ha dicho:
«Su mensaje es una llamada urgente a despertar del adormecimiento masivo, cuestionar los mantras vacíos y abrazar el desafío y el error como únicos caminos hacia una inteligencia crítica y un liderazgo humanista verdadero».

La «tontocracia» española


Los tontos dominan el mundo y así nos va. Es la primera vez que ocurre en la Historia, donde el poder siempre ha estado en manos de los mejores y más preparados. Los que tienen el poder ahora demuestran cada día que son incapaces de solucionar los problemas del mundo, pero en lugar de reconocer sus enormes limitaciones y su fracaso, se niegan a rendir cuentas de sus errores y de los daños que causan desde el poder, no reconocen sus fracasos y ni siquiera piden perdón. La respuesta de los tontos es la arrogancia y el mundo, de la mano de fracasados e ineptos, camina hacia el abismo.

Es probable que el neologismo “tontocracia” sea el que mejor defina el actual sistema político mundial, dominado cada día más por tontos torpes en el poder, incapaces de solucionar los problemas y de responder a los desafíos. Pero la «tontocracia» no es igual en todas partes. En algunos países, entre los que figura España, los estragos causados por los tontos y su dominio de la política y la sociedad han llegado a extremos sorprendentes. Entre los tontos con poder y los ciudadanos tontos y aborregados que lo soportan todo, que se comportan como esclavos y que siguen votando a sus verdugos, el mundo ha entrado en caída libre y se hunde cada día más en la torpeza, la imbecilidad, la injusticia y la indecencia.
Tipos como González, Aznar, Zapatero y Rajoy, mandamases de los españoles en las últimas décadas, son hoy tontócratas solemnes. Los tres primeros han perdido el respeto y la fama, mientras que Rajoy exhibe un presente lamentable y triste.

Algunos piensan que los dirigentes políticos no deben ser tan tontos cuando han logrado hacerse con el poder y viven rodeados de privilegios y dinero fácil, sin ni siquiera tener que rendir cuentas por sus estupideces y errores, pero, a pesar de las apariencias del poder, estar arriba sólo significa hoy haber sido elegido por otros, probablemente igual de mediocres o tontos. Si se analizan las obras de los tontos con poder y la marcha de la sociedad, la única conclusión constatable es que los imbéciles tienen el poder en sus manos.

Tipos como González, Aznar, Zapatero y Rajoy, mandamases de los españoles en las últimas décadas, son hoy tontócratas solemnes. Los tres primeros han perdido el respeto y la fama, mientras que Rajoy exhibe un presente lamentable y triste: ni tiene amigos, ni consigue el aprecio de la ciudadanía, ni sabe dialogar, ni es capaz de formar un gobierno, a pesar de que le faltan apenas una decena de diputados.

La política española demuestra cómo miles de profesionales se quedan estancados y empiezan a declinar justo cuando alcanzan el nivel de su incompetencia. Nadie duda que Rajoy sea un buen registrador de la propiedad, pero como político es un desastre que reúne carencias y vicios que le inhabilitan para el liderazgo: indolencia, pasividad, incapacidad de transmitir, torpeza para despertar entusiasmo, imposibilidad de agitar, nulidad para trazar metas ilusionantes y objetivos comunes, además de una preocupante cara de pánfilo que no ayuda nada a un líder de masas.

Entre los otros políticos actuales, la tontura hace también estragos: Sanchez está a punto de ser expulsado de la Secretaría General del PSOE por perdedor y por torpe; Iglesias ha frenado con tu torpeza el crecimiento imparable de Podemos y sus errores le restan atractivo y futuro cada día; Rivera es un monumento a la confusión y a la indefinición, hasta el punto de que sus simpatizantes y votantes ya no saben si son de derecha, de izquierdas, demócratas o sólo atolondrados con ganas de cambio.

El tonto se impone al idiota y la mayoría equivocada se impone a una minoría acertada, pero poco inteligente y muy desinformada.
El principio de Peter impera en la España política, un territorio donde los incompetentes hacen carrera y los competentes nunca entran porque temen ser arrasados por la masa de mediocres que han tomado el poder.
La política española demuestra cada día con mas fuerza que “en un país de ciegos el tuerto es el rey”. El tonto se impone al idiota y la mayoría equivocada se impone a una minoría acertada, pero poco inteligente y muy desinformada.

La democracia como poder del pueblo, aun siendo ese poder delegado, está sirviendo para no evolucionar, para mantener la sociedad estancada por largos periodos de tiempo. Los cargos electos son cada día mas mediocres y todo atisbo de meritocracia ha sido eliminado del presente en las democracias, donde el voto de los imbéciles vale tanto como el de los sabios. El resultado de toda esta «tontocracia» dominante es que los elegidos por guapura, carisma o simplemente porque su partido, integrado por masas de militantes y simpatizantes mediocres, lo coloca como candidato, son cada día más ineptos, torpes y nocivos, lo que conduce el mundo hacia los conflictos, la pobreza y camino a su propia destrucción.

La estupidez domina un mundo donde lo que da fama y dinero, como todo el mundo sabe, no es la cordura ni la cultura ni la inteligencia.
¿Hay algún político profesional con tanto bagaje en teoría política del que se pueda aprender algo? La mayoría emiten sentencias precocinadas que disipan el interés por lo que puedan decir. Los tontos de la sociedad perdonan a los tontos en el poder que incurran en contradicciones y utilicen la mentira como recurso habitual de gobierno.

El sistema se ha pervertido y la tontería se ha vuelto dominante y endémica. Unos tontos eligen a otros y éstos, a su vez, tienden a atontar a la ciudadanía, restando potencia a la educación, vaciando de contenido los mensajes, suprimiendo el debate y utilizando la fuerza mediática para confundir y lobotomizar. Hay muchos ex altos cargos poco inteligentes que gozan de aparente prestigio, reconocimiento y cámaras, convertidos en estrellas del acontecer diario y de las pantallas de televisión, donde comparten la fama con imbéciles rutilantes de la vida civil cuyos únicos méritos conocidos es que visten bien o que se acuestan con muchos o que saben criticar y exhibir su ridícula torpeza con cierta gracia.
La estupidez domina un mundo donde lo que da fama y dinero, como todo el mundo sabe, no es la cordura ni la cultura ni la inteligencia, sino el impacto visual y presentar modelos de vida que permiten ganancias, aunque estén desprovistos de ética y grandeza.

¡¡¡Vivan los tontos!!!


De la sociedad de la información 
a la exaltación de la ignorancia: 
por qué mola presumir de ser un burro

'Influencers' oportunistas y magnates tecnológicos lo pregonan con orgullo: muera la inteligencia, viva la 'tontocracia'. ¿cómo hemos llegado a desdeñar el conocimiento y los títulos universitarios?


Texto
Si hace más de 2.400 años Sócrates dijo aquello de "sólo sé que no sé nada", el gran filósofo de nuestros días tiene su propia versión de la célebre frase: "Nunca puedes pensar que lo sabes todo cuando has tenido éxito. Yo siempre tengo este mindset". El autor de esta cita de mentalidad socrática es Amadeo Llados, quien se presenta a sí mismo como "escritor best seller" y "fundador de Llados University": el influencer que vende los burpees como la clave del éxito para pasar de lavaplatos a millonario. Para quien se pregunte si aquí vamos a defender los paralelismos entre el filósofo griego y el gurú de los gymbros (hombre que centra gran parte de su vida, amistades y personalidad en el entrenamiento de fuerza y el gimnasio), aclaramos que no: ¿cómo establecer una analogía entre la humildad de Sócrates, para quien el reconocimiento de la propia ignorancia es el primer paso hacia la sabiduría, y la arrogancia de Llados, que ante sus fieles presume de saber que no son capaces de escuchar a Dios porque son "una panza vaga con adicciones"?

Llados es la evidencia del gran cambio social que nos deslumbra: la cotización al alza de la ignorancia. Hoy ya no hay que ocultarla o disimularla: incluso se presume de ella. La ignorancia se reafirma y se ensalza porque vende, lo que significa que no hay por qué dejar de ser un idiota en estos tiempos. Es más, los idiotas son los que triunfan y sin haber pasado por esos templos del saber que eran las universidades.

Gonçal Mayos, filósofo y profesor de la Universidad de Barcelona, habla de una "incultura orgullosa". Es decir, de una respuesta social a la frustración que paradójicamente ha acabado provocando la llamada sociedad del conocimiento. "Estamos colapsados, al borde de un ataque de nervios", dice. ¿Qué nos está pasando? Mayos ya teorizó sobre lo que ha bautizado como la "sociedad de la incultura". 
En "La sociedad de la ignorancia y otros ensayos", pone el acento en lo que es una evidencia, una vez se ha traspasado el umbral de la inteligencia artificial: "El crecimiento hiperbólico en la información disponible es muy superior a la capacidad de los individuos para procesar dicha información".
Esto tiene una primera consecuencia: "La sociedad del conocimiento, ultraespecializada y a lomos de las TIC, amenaza a sus ciudadanos con la obsolescencia en todos los campos en los que no sean expertos profesionales". Para Mayos, "la sociedad del conocimiento no sólo se solapa con la sociedad de la incultura, sino que la crea o, al menos, la pone en toda su evidencia". El escritor argentino Jorge Luis Borges ya lo predijo: "La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma".

Llados nos explica su filosofía desde un garaje lleno de Lambos. Él entiende el crecimiento de la persona como la capacidad de poder decir una cosa y la contraria: "Yo te he podido soltar algo hace dos años y ahora digo lo contrario porque he cambiado de opinión, por eso se llama desarrollo personal". En realidad, lo que nos quiere vender es la universidad que se ha sacado de la manga. Y lo hace desde el ataque a la universidad tradicional con un argumento infalible: "No te prepara para saber generar dinero".
Desde su canal de YouTube, Llados nos avisa de que el título universitario no sirve de nada. Puedes haberte licenciado en Medicina, pero escucha lo que tiene que decirte: "Ese papel no te asegura una puta mierda. Otros 3.000 doctores se han sacado ese fucking papel".

Y cuando ya estás dándole la razón -¿acaso no la tiene?-, te desvela el secreto del conocimiento que merece la pena: "Si tú quieres ser el mejor cirujano plástico del mundo, que es lo que por supuesto haría yo, porque me encantan las tetas, me cogería el mejor mentor y me gastaría 80.000 pavos en juntarme con él en un máster. Ahí es cuando vas a aprender y a adquirir el conocimiento de ese cabronazo". Para cuando ya estás convencido, contratas el curso de Llados University de cómo convertirte en millonario. Al fin y al cabo, su precio de 1.000 euros parece barato si se va a aprender del mejor cabronazo.

"Tengo mil cosas que hacer, no llego a todo... ¿Y aún debería haber leído el Ulises de James Joyce y la Odisea de Homero? No te atrevas a juzgarme"

El universo de los gymbros tiene su reverso dulce y (aparentemente) blanco en los perfiles de estilo de vida que abundan en redes sociales. A estas alturas es imposible obviar a la influencer María Pombo y su polémica con los libros. Fue ella quien nos enseñó que no somos mejores porque nos guste leer. Pero, sobre todo, nos enseñó que no hay que avergonzarse de la incultura. Más bien, todo lo contrario: por qué no se va a poder alardear de las librerías vacías pero decorativas. Así lo demuestra Pombo en el fugaz house tour que nos brindó para presentarnos la suya. En la estantería de la influencer hay desde "libros que no tienen historia pero que son muy bonitos por dentro" como los de decoración, a otros como El Principito, que compró en un Zara Home. "Hay que abrir un poquito más la mente", insiste desde TikTok. El dependiente de una tienda de decoración -no sólo un librero- nos puede asesorar sobre qué leer.

Mayos insta a no menospreciar estos comentarios de quienes hacen apología de la ignorancia. Porque nacen de una "sensación de colapso" generalizada: "Tengo mil cosas que hacer, no llego a todo... ¿Y aún debería haber leído el Ulises de James Joyce y la Odisea de Homero? No te atrevas a juzgarme". Según el filósofo, esta respuesta podría darla cualquiera de nosotros ante la exigencia de estar al día de una cantidad de información abrumadora (y, por supuesto, de haber leído todos los grandes clásicos). 
"Frente a esa sensación de agobio, lo que acabas haciendo es valorar lo que a ti más o menos te funciona o te gusta. Y todo lo demás, que lo quemen. Buscamos reforzar lo nuestro", sostiene. 
"La ignorancia es un valor que levantamos contra la pretendida sabiduría del otro, porque ya nos tiene hartos".
Es lo que explica la derivada -que no supimos anticipar- de la sociedad de la información e hiperconectada: la exaltación de la ignorancia. Precisamente cuando se supone que teníamos los medios para convertirnos en los más sabios, los más inteligentes y los más cultos de la historia, lo que hacemos es rebelarnos ante esa tarea imposible.

El rechazo al saber

En su cruzada contra la universidad y a favor de la "autoeducación", Amadeo Llados da en el clavo en uno de sus monólogos: "Si tú no te autoeducas, vas a acabar en la mierda". Para ello, nos propone bucear en internet, ya que "la información está ahí y es gratuita". "El problema es que hay demasiada", describe, para sintetizar el gran mal de nuestro tiempo y el agobio que nos corroe: "¿A quién coño escuchar? Te vas a hacer la picha un lío". Espóiler: escúchale a él.
Esta respuesta de rechazo al saber -desde la frustración y la impotencia- provoca un refuerzo de la propia identidad que, según Mayos, tampoco es inocuo: lo siguiente es un aumento del desconcierto y de la desconfianza en el otro, que acaba impactando en la división social y la calidad de las democracias, que tienen hoy dificultades para consensuar unos objetivos comunes. "Detrás de la polémica de Pombo hay mucho de esto", afirma. "Al final, vemos al de enfrente y los valores que representa como algo que nos ataca o que nos menosprecia, que no nos valora lo suficiente".

En opinión del sociólogo Javier García-Manglano, en este análisis sobre la ignorancia como nuevo valor social no puede obviarse el impacto de la tecnología como facilitadora de la vida. El profesor, que lidera el grupo de investigación Jóvenes en Transición del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, subraya todo lo que la tecnología hace por nosotros en nuestro día a día, de recordarnos las citas importantes del calendario a guiarnos con el GPS, para a continuación señalar a sus problemas. 
"El gran peligro de la tecnología es facilitar cosas que son difíciles de por sí, como el aprendizaje", dice. "Así se originan estos discursos que vienen a decir que no hay que preocuparse por no saber o si no te esfuerzas, porque al final la tecnología te ayuda a conseguir las cosas. Sin embargo, hay un nivel de profundidad en el aprendizaje que es lo que nos hace humanos y que no es accesible fácilmente".

El peligro de fiarlo todo a la tecnología es acabar renunciando al esfuerzo para elegir simplemente lo fácil. "El criterio de elección para la sociedad en general, y para los jóvenes en particular, acaba siendo lo fácil y no lo bueno", resume. "Por eso escuchamos cada vez más: ‘¿Para qué te complicas la vida si lo puedes hacer con ChatGPT?’. Parece que quien se esfuerza es quien tiene que justificarse".
Para García-Manglano, elegir la solución más fácil nos vuelve "más frágiles". El resultado está a un clic. Nos hemos vuelto más impulsivos y, en esta dinámica de inmediatez y de acción-reacción, perdemos "la paciencia de escuchar al otro". "Estamos acostumbrados a obtener una respuesta inmediata y de forma fácil con la tecnología", dice. "Por eso es importante volver a poner en valor lo contrario: la lectura, un proceso lento del que no se obtiene aparentemente un beneficio rápido".

Para explicar este fenómeno de la compresión del tiempo, Ignasi Gozalo recurre a la teoría del "embudo de la virtualidad", que no es otra cosa que internet. Doctor en Filosofía y miembro del grupo de investigación MUSSOL de filosofía para los retos contemporáneos, este profesor de la UOC considera que estamos ante una "locomotora fuera de control". "Leer un libro te puede llevar unas horas, pero ver un vídeo de YouTube, unos minutos", subraya. "Esa compresión e intensificación del tiempo va en detrimento de la calidad y de la profundidad del conocimiento".

Desde un punto de vista de la salud pública, el doctor Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de la Universidad de Navarra y autor del libro 12 soluciones para superar los retos de las pantallas, apunta al "efecto Flynn inverso", que no es otra cosa que el descenso del cociente intelectual por primera vez en décadas. Aunque es pronto para afirmarlo con rotundidad, es "verosímil" que tenga que ver con la generalización de los móviles. El doctor lanza una alerta sobre la "dependencia" de la inteligencia artificial: "Se está dejando de ejercitar el cerebro conforme caemos en el automatismo". Gozalo también señala que estamos viviendo "la última fase de lo que la Escuela de Frankfurt ya llamó la dictadura de la razón instrumental, es decir, que toda inversión de tiempo o de dinero tiene que tener un objetivo instrumental". Y esto no es ni mucho menos nuevo, pues hace casi un siglo ya se criticaba la razón instrumental como la principal obsesión del capitalismo.

Un ejemplo es Rockefeller. El famoso magnate estadounidense hizo una fortuna con su compañía petrolera de Standard Oil y fundó la Universidad de Chicago, igual que hicieron otros empresarios. "Estos millonarios ven en la universidad un espacio de evolución del dinero invertido", dice Gozalo. Son estos campus los que popularizarían los másteres en Administración de Empresas, los famosos -y elitistas- MBA. En su opinión, el actual discurso contra el sistema de educación superior cuestiona en realidad el concepto de universidad surgido en la Edad Media, el de unas facultades ligadas a la difusión de conocimiento más que a saciar las necesidades laborales del turbocapitalismo. "Hay una dialéctica puesta en suspensión desde hace mucho en la universidad entre la razón humanística versus la razón instrumental".

Lo cierto es Silicon Valley lleva años presumiendo de poner el foco en las habilidades más que en un título académico, como demuestran Google o Apple con su políticas de contratación. Se recuerda convenientemente que los grandes gurús tecnológicos no necesitaron acabar la carrera para triunfar en el sector más próspero de nuestra economía. Que estudiar, de hecho, era incluso contraproducente. Mark Zuckerberg abandonó Harvard para poder centrarse en Facebook. En una entrevista este año en el podcast This Past Weekend, el fundador de la famosa red social abrió el melón de lo que entendía que había sido un tabú hasta ahora: "Quizás no todo el mundo necesita ir a la universidad". Lo dijo no sólo por la deuda financiera que arrastran muchos estudiantes en EEUU, sino porque "la universidad no te prepara para los trabajos".

El tuit de Elon Musk "La universidad está sobrevalorada" acumula 44 millones de visualizaciones. El dueño de X, Tesla o SpaceX imparte conferencias donde asegura a los jóvenes que no deberían "tener la idea de que para tener éxito se necesita un título universitario". También Larry Ellison, que recientemente arrebató a Musk durante unas horas el título del hombre más rico del mundo, se enorgullece de haber abandonado dos veces la universidad: "Premia el conformismo y no fomenta el pensamiento independiente", explicó en una entrevista en el Corriere della Sera.

Matías Cardozo, un aprendiz de Llados, lo expresa de una manera más simple cuando argumenta por qué no hay un posgrado que enseñe "las energías y la vibración" de la comida: "Todo lo que hay en la universidad son conocimientos desactualizados y antiguos". Que este discurso cale en los jóvenes se explica también por la falta de expectativas y el horizonte de precariedad como única promesa del mercado laboral. Gozalo no lo niega, aunque lamenta este discurso apocalíptico sobre el futuro de los estudiantes. 
"No ayuda y genera una ansiedad por el futuro de quererlo todo ya", dice. "La expectativa de los chavales es pasar de pobre a rico en tiempo récord, de pegar el pelotazo".

En una sociedad sin futuro para los jóvenes, lo que vende es "la promesa del éxito y del ego desmesurado. Todo el mundo quiere ser famoso, millonario y trabajar cuanto menos, mejor", resume el filósofo, para quien esto se relaciona con que los jóvenes sean nativos digitales acostumbrados a resultados con un clic.

"Nuestro país no se distingue por valorar el conocimiento. Los referentes son gente con éxito deportivo o que tienen mucho dinero o muchos seguidores"

El ‘show’ del éxito

José María Torralba, catedrático de Filosofía Moral y Política, apunta también a la cultura del pelotazo como una "cuestión cultural". "Nuestro país no se distingue por valorar el conocimiento ni a aquellas personas que lo tienen, como los profesores. Los referentes sociales o los ídolos son gente de éxito en el terreno deportivo, o que tienen mucho dinero o muchos seguidores en las redes. Incluso el propio concepto de experto está absolutamente deformado. Así que hay elementos que pueden acabar convirtiéndonos en una sociedad de la ignorancia".

No hablamos sólo del éxito de ser concursante en La isla de las tentaciones. Del culto a la ignorancia no es ajena la política. Toni Aira, profesor de comunicación política de la UPF-BSM, cita a Gilles Lipovetsky para destacar que la ignorancia se identifica en este caso con el valor de la autenticidad. "Después de sucesivas crisis, convulsiones y cambios, la gente tiende a idealizar en política lo que considera auténtico, en contraposición a lo calculado o a lo profesionalizado. Lo genuinamente defectuoso se percibe como más atractivo, y de esto se nutren referentes como Belén Esteban en el show televisivo o Donald Trump en el terreno del show político". Trump no está solo. Personajes como Giorgia Meloni o Javier Milei "son hoy lo más cercano a celebridades" para Aira, que recuerda que "en muchos casos han triunfado en los medios de comunicación antes que en la política". Este experto habla de la "degradación de la escena pública", en la medida en que estos dirigentes triunfan como lo hacen "los participantes de realities que hacen ostentación de sus malas formas".

"Eso gusta a la gente, que los percibe como auténticos", dice. "Ocurre especialmente con los jóvenes, ya que siempre se ha ligado a la juventud una actitud contestataria y de resistencia frente a lo instituido, lo clásico o lo políticamente correcto". ¿Hay algo más subversivo para un presidente de Estados Unidos que decir que "podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos"?
Ya lo dijo la propia Belén Esteban: "Estoy harta de no poder hablar de política. Esta inculta es ciudadana, paga sus impuestos y vota. Y puedo hablar de política como cualquier persona". Por algo fue siempre la princesa del pueblo.


La sociedad de la ignorancia.pdf by Vingtras Sanz


miércoles, 26 de noviembre de 2025

50 PREGUNTAS PARA FOMENTAR EL PENSAMIENTO CRÍTICO EN LA EDUCACIÓN 🙋


El pensamiento crítico es la capacidad de plantear constantemente preguntas, identificar supuestos y evaluar hechos; lo cual permite ampliar la mirada y entender que, detrás de lo que aparece a simple vista, hay muchos más aspectos por cuestionar y reflexionar.

El concepto de pensamiento crítico hace referencia a un tipo particular de pensamiento de orden superior, que es complejo y profundo, y que a su vez involucra habilidades específicas como comprensión, integración, interpretación, categorización, deducción, emisión de juicios y solución de problemas de manera práctica (López Aymes, 2012; Moreno-Pinado y Velázquez Tejeda, 2017).

Hay autores que destacan que pensar críticamente no tiene que ver con generar ideas, sino más bien con comprenderlas y examinarlas para identificar supuestos y argumentos, realizar inferencias en torno a su credibilidad, evaluar evidencias y llegar a conclusiones respecto a un tema o curso de acción. En ese sentido, se dice que una persona con esta habilidad es aquella que puede pensar por sí misma (López Aymes, 2012; Moreno-Pinado y Velázquez Tejeda, 2017).

En la vida cotidiana, una persona que piensa críticamente se preocupa por permanecer bien informada, confía en sus propias habilidades para razonar, mantiene la mente abierta para considerar distintos puntos de vista, comprende las opiniones de otras personas, y hace una valoración justa e imparcial de los razonamientos que encuentra (López Aymes, 2012).

El desarrollo de esta habilidad se relaciona con la misión escolar de generar las condiciones para aprender a aprender. Debido a esto, se plantea que es una habilidad esencial para que las y los estudiantes lleguen a adquirir autonomía intelectual (López Aymes, 2012).

Finalmente, en el nuevo Plan de Estudios, el pensamiento crítico es un eje articulador de carácter transversal, que enaltece la recuperación del otro ante la diversidad, habilidad necesaria para la formación de la ciudadanía con valores democráticos, empatía y justicia.

En este manual enfatizamos la importancia de aplicar el pensamiento crítico al relacionarnos con nuestra propia mente y emociones, con otras personas y con la resolución de conflictos.

Esto incluye aprender a identificar que muchas veces tenemos pensamientos que son sesgados, que exageran la realidad, que omiten ciertos elementos, generalizan o incluso, proyectan o crean historias que no son ciertas. Ejemplos de ello pueden ser pensamientos como: “esa persona nunca me escucha”, “voy a reprobar por culpa del profesor” o “sólo me felicitan porque sienten lástima por mí”. Desarrollar pensamiento crítico implica aprender a observar nuestros propios pensamientos y a no creerlos sólo porque son nuestros. Hay que saber identificar las trampas de pensamiento, cuestionarlas y ampliar nuestra perspectiva (Kahneman, 2012).

Cuando aplicamos estos aspectos del pensamiento crítico a situaciones emocionalmente cargadas o conflictivas, aprendemos a no dejarnos llevar por conclusiones apresuradas o juicios. Por ejemplo: si sentimos enojo porque una persona no se presenta a una cita acordada, podríamos saltar a la conclusión de que se trata de alguien irresponsable, desinteresada o que no merece nuestra consideración. Pero, si aprendemos a evaluar críticamente estos pensamientos y logramos considerar otras opciones -como que tal vez la persona tuvo un contratiempo-, entonces el pensamiento crítico nos permite regular las emociones y tomar decisiones más empáticas y constructivas (Beck, 2015).

¿Cómo trabajamos el pensamiento crítico en este manual?

El propósito de este manual es brindar los conocimientos y las herramientas necesarias para trabajar el pensamiento crítico con estudiantes de secundaria.
Para lograr este objetivo, vamos a trabajar con los siguientes cinco temas principales, los cuales se encuentran plasmados en el temario y en las lecciones de este manual:

1. Características del pensamiento crítico. Primero abordamos qué es el pensamiento crítico y por qué es importante desarrollarlo. Una idea central del manual es que fortalecer esta habilidad nos ayuda a ampliar nuestro punto de vista y a tener una visión más objetiva de la realidad.
2. Observar e inferir. Un aspecto esencial del pensamiento crítico es distinguir la diferencia entre hechos y evaluaciones. En esta sección aprendemos a describir situaciones de la manera más objetiva posible, evitando juicios y calificativos que puedan lastimar a otras personas.
3. Analizar fuentes de información externas. En estas lecciones se practica cómo evaluar diversas fuentes de información para identificar aquellas que ofrecen información verídica y confiable, y aquellas que no lo hacen.
4. Analizar fuentes de información internas. Otro aspecto del pensamiento crítico consiste en identificar la influencia que tienen nuestros pensamientos en nuestra manera de ver la realidad, para darnos cuenta de que no todo es necesariamente como lo pensamos, y que nuestros sesgos pueden generar conflictos y disminuir nuestro bienestar. En ese sentido, identificaremos algunos tipos de pensamientos disfuncionales y sesgos comunes, para así poder observar y analizar nuestro propio pensamiento.
Aunado a lo anterior, emplearemos el pensamiento crítico para analizar pensamientos disfuncionales como una estrategia para regular nuestras emociones.
5. Practicar el pensamiento crítico. Para concluir, la última lección de este manual se enfoca en poner en práctica lo aprendido, utilizando el pensamiento crítico para evaluar la veracidad de información controversial.

Los temas se abordarán explícitamente a través de las 10 lecciones que constituyen este manual, las cuales se han elaborado siguiendo el criterio SAFE (acrónimo de las palabras en inglés: sequential, active, focused and explicit) (Durlak, Weissberg, & Pachan, 2010) (De acuerdo con un metaanálisis realizado por Durlak, Weissberg, & Pachan, M. (2010), los programas de educación socioemocional que siguen el criterio SAFE, son más efectivos que aquellos que no lo siguen):



 

Manual de Pensamiento Crítico by Yanka


"La filosofía sirve para detestar la estupidez, 
hace de la estupidez una cosa vergonzosa.
Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento 
bajo todas sus formas, la filosofía no es sierva de nadie". 

VER+:




sábado, 6 de septiembre de 2025

"COGITO INTERRUPTUS": LA ÉPOCA QUE HA DEJADO DE PENSAR, DE CUESTIONAR 💭 por DIEGO FUSARO


Cogito interruptus: 
la época que ha dejado de pensar

(*) N. del T. El término Uccidente –con “U”- es un juego de palabras, que el autor utiliza con frecuencia, compuesto por el vocablo “Occidente” y el verbo italiano “uccidere” –literalmente “matar”, “asesinar”-, para describir la pervertida deriva liberal-atlantista y turbocapitalista de Occidente.
Como ha evidenciado Heidegger en ¿Qué significa pensar?, “lo que es más digno de pensar” (das Bedenklichste) hoy en día es el hecho de que el pensamiento ha desaparecido por completo, sustituido por el cálculo y por la cuantificación, por el número y por la cantidad. Parafraseando la fórmula de Descartes, con la que se inaugura la aventura de la filosofía moderna y su centralidad del Sujeto, vivimos en el tiempo del cogito interruptus: 
la época ha dejado de pensar y se ha rendido a las razones del cálculo y de la cantidad, de la acción productiva y de la valorización del valor.

El llamado “pensamiento único”pensée unique, tematizado por Bourdieu y abordado por nosotros en Pensar diferente– se convierte, de esta manera, en la figura paradigmática de la desvitalización de la facultad de pensar que actualmente se registra en todas las latitudes: 
el Uccidente, en efecto, también está teniendo éxito en la labor de aniquilar el “pensamiento pensante”, asfixiado bajo una capa de homologación mental que esteriliza toda energía intelectual y promueve la confortable condición en la que los súbditos de la jaula de hierro son dispensados del esfuerzo de emplear activamente su propia cabeza. Tal vez nada más que el “pensamiento crítico” –aunque, en verdad, la expresión resulte redundante, pues cualquier pensamiento, para ser auténticamente tal, presupone el elemento de la κρίσις –krísis-, del “juicio” y de la “decisión”– molesta al Uccidente global-nihilista: el pensar, de hecho, interrumpe el orden “natural” de la producción y del actuar, llamándolo socráticamente a rendir cuentas de sí mismo y de sus presupuestos, de sus orientaciones y de sus implicaciones. Pone en discusión lo que se supone que sea natural y esté más allá de cualquier cuestionamiento posible.

Recuperando, aunque con un significado diferente, la pareja conceptual utilizada por Gentile, en el tiempo del pensamiento único el “pensamiento pensado” prevalece sobre el “pensamiento pensante”: los marcos simbólicos y mentales suministrados hipnóticamente por el sistema tecnocapitalista y por el aparato de la industria cultural (justamente, el pensamiento pensado) desplazan la elaboración crítica que cada uno está llamado a llevar a cabo con su propia cabeza (el pensamiento pensante), concediendo o rechazando el asentimiento en función de aquello que le sugiera su facultad de juzgar pensando. Cuando todos, como hoy sucede, piensan lo mismo, eso significa que ninguno está pensando y que todos se limitan a repetir pavlovianamente el mensaje único homologado de la civilización tecnocapitalista; mensaje que, por definición, no es otra cosa que la superestructura de santificación del orden establecido y que, en consecuencia, se puede condensar en última instancia en el imperativo ne varietur (no hay alternativa).

En realidad, el pensamiento único podría entenderse legítimamente como la rica serie de esquemas conceptuales y prohibiciones mentales destinadas a la demonización preventiva de toda posible fuerza cinética de escape de la caverna platónica, ideológicamente transformada en jaula de acero con barrotes inoxidables. Lo hemos definido como pensamiento único “políticamente correcto” y “éticamente corrupto”, ya que, por un lado, glorifica y petrifica ideológicamente en un a priori inmodificable el diagrama de las relaciones de poder realmente dadas; y, por otro lado, procede a la aniquilación de aquellas “raíces éticas” (sittliche Wurzein) de hegeliana memoria que, desde la familia hasta la escuela, desde los sindicatos hasta el Estado soberano, resultan eo ipso incompatibles con la redefinición tecnocapitalista del mundo entero como el open space –espacio abierto– de un único mercado unificado para consumidores apátridas y desarraigados (un único e inmenso “sistema de las necesidades”, System der Bedürfnisse, diría Hegel).

Cierto es que, en cada época histórica, ha habido un «pensamiento dominante», coincidente –Marx docet– con las ideas dominantes de las clases dominantes (o incluso con su dominio material transferido al cerebro de los hombres): pero nunca, hasta hoy, se había registrado la aniquilación del pensamiento «antagónico» y «divergente». El pensamiento, de “dominante” se transforma en “único” –y, por tanto, pierde la prerrogativa misma de λόγον διδόναι, o sea de dar razón respecto a las otras perspectivas– cuando consigue eliminar la posibilidad misma de pensar diferente. No es de extrañar, entonces, que buena parte de las energías del pensamiento único y de sus múltiples voceros –los pedagogos del mundialismo tecnocapitalista– sean empleadas con vistas a la desactivación apriorística de la posibilidad de pensar de otro modo y, en último extremo, de pensar tout court –a secas-: no hay locus revelationis de la condena a muerte del pensamiento llevada a cabo por el Uccidente que lo refleje mejor que la “neolengua” en la que el pensamiento único se articula y se cristaliza.

Actuando mediante proscripción censora y no por refutación socrática, la neolengua neo-orwelliana de la civilización uccidental se rige por una gama más o menos rica de lemas y funciones conceptuales cuyo fin no es promover el pensamiento, sino desvitalizar sus mismas condiciones de posibilidad y de ejercicio. Por ejemplo, la neolengua tecnocapitalista condena al ostracismo como “soberanista” a cualquiera que aspire a la recuperación de la soberanía nacional como base de la soberanía del pueblo (es decir, de la democracia). Demoniza como “homófobo” a cualquiera que no se adecúe al nuevo orden erótico del panconsumismo sexual y todavía defienda la centralidad de la familia natural como célula genética de la sociedad y como fuente de la vida. Deslegitima como “populista” a cualquiera que aún crea que la soberanía corresponde al δῆμος –dêmos– y no a la banca y a los consejos de administración de la plutocracia neoliberal no border. Y, sobre todo, estigmatiza como “conspiranoico” a quien intente cuestionar sus dogmas del pensamiento único, ejercitando el arte de pensar que, según la etimología, expresa ante todo la capacidad de sopesar y evaluar críticamente.

Va de suyo que, para el nuevo orden mental impuesto por la civilización tecnocapitalista, la propia labor de la filosofía aparece como un comportamiento conspirativo, siendo verdad como lo es, que la filosofía occidental se origina precisamente de la necesidad de buscar una verdad más profunda que aquella presunta ofrecida por la fenomenicidad del discurso común y por el darse inmediato de los entes. En una carta fechada el 18 de diciembre de 1812, Hegel sostiene –disgustado por las diversas quejas sobre la difícil exposición de su Logik– que la filosofía especulativa debe necesariamente parecer, a cuantos aún no han sido iniciados en ella y son profanos, como un verkehrte Welt, como un “mundo al revés” o “mundo invertido” (según una imagen afortunada que tendrá un gran impacto en el pensamiento de Marx): un mundo al revés que contradice todos los conceptos usuales y las más probadas representaciones, sobre todo la “no filosofía” (Unphilosophie), basada sobre el sentido común, que molesta se encoge de hombros en presencia de las argumentaciones filosóficas.

Y es también siguiendo esta clave hermenéutica como se explica la enemistad entre el tecnocapitalismo y la filosofía como capacidad de pensar diferente, de problematizar lo obvio, de refutar lo falso, de utilizar la propia cabeza como único fundamento para el saber verdadero (sapere aude!, según el lema asignado por Kant a la Ilustración) y como búsqueda de la Verdad de la Totalidad. A esto se añade la estructural “inutilidad de la filosofía”, o sea su ser intrínsecamente liberada del vínculo de lo útil y del servir-a-algo y, además, su estar establemente en condiciones de someter a crítica un mundo que los eleva a único criterio de referencia y a exclusiva fuente de sentido.

La filosofía, siguiendo las huellas de Hegel, es ciencia de la Totalidad articulada y, por tanto, saber máximamente “con-creto”, respecto a la relación dinámica entre las Partes y el Todo en su con-crescer: conoce, evalúa y transforma el Todo, planteándose como saber a un tiempo teorético, axiológico y práctico. La era tecnocapitalista, como ya se ha subrayado, se encomienda y se consagra exclusivamente a la ciencia del “intelecto abstracto”, que determina y acepta la parte aislada del Todo y vuelve, eo ipso, imposible el conocimiento, la valoración y la transformación de la Totalidad alienada. La sociedad misma no es un “hecho” que pueda ser fijado como tal, sino una relación dinámica entre las Partes y el Todo. El método científico profundiza el conocimiento del Objeto que se encuentra frente al científico (Obiekt), pero de ningún modo puede indicarnos qué sea el bien, qué sea lo justo y cómo se puede perseguir la “vida buena” (del griego εὖ ζῆν) tanto a nivel individual como social. Y confiar enteramente en la ciencia produce un resultado dialéctico preciso: el de la inversión del racionalismo científico del intelecto abstracto en un inédito –y hoy hegemónico- irracionalismo de masas. En el hodierno Uccidente, cientificismo e irracionalismo coexisten como fenómenos opuestos e igualmente expresivos de la racional irracionalidad de nuestro tiempo.

Filosofía y ciencia –explica Hegel– se presentan, en consecuencia, diferentes ya sea por método, ya sea por contenido: 
la razón dialéctica que aferra la differenzierte Totalität (lo Verdadero) es irreductible al intelecto abstracto científico, que descompone lo real en sus partes empíricas reflejadas con exactitud (lo cierto científico). La mera ciencia de los hechos produce –observaba Husserl– meros hombres de hecho, que constatan y aceptan el orden de las cosas, mientras que la ciencia filosófica de la verdad –ἐπιστήμη τῆς ἀληθείας, con la Metafísica aristotélica (993 b)– genera seres humanos pensantes (y no sólo calculantes), capaces de conocer y evaluar su tiempo y, si es necesario, modificarlo operativamente.

De manera más general, se podría afirmar que el Uccidente pantoclasta, reabsorbido en las espirales de la dictadura del relativismo y del ateísmo líquido de la indiferencia, es completamente «alethófobo», es decir, opuesto a toda instancia veritativa: 
la muerte de Dios y el dominio absoluto del tecnocapital no requieren fundamentos metafísicos y veritativos y, es más, deben desalentarlos y deslegitimarlos, para que nada pueda poner en cuestión un orden fundado sobre la nada. Por eso, el Uccidente condena a muerte, junto a la filosofía, también a la religión y al arte, o sea las otras dos figuras fundamentales del absoluter Geist –Espíritu Absoluto– tematizado por Hegel. Coincidiendo con la unidad de idealidad y objetividad del Espíritu, el “Espíritu Absoluto” se corresponde con la Verdad Absoluta, por tanto con el contenido que comparten el arte, la filosofía y la religión, diversificado únicamente por las modalidades expresivas que utilizan.

En efecto, bajo la escolta de Hegel, la forma debilitada de la “representación” (Vorstellung) religiosa y de la “representación sensible” operada por el arte son diferentes e inferiores al poder del “concepto” (Begriff) filosófico, el único capaz de rendir cuenta de la sujeto-objetividad y de la Totalidad diferenciada (differenzierte Totalitaet). Solamente la filosofía es, en sentido pleno, “espíritu pensante”, es decir, “la forma más alta, más libre y más sabia” del Espíritu. Sólo con el Begriff filosófico –explica Hegel– el Sujeto y el Objeto son momentos del mismo Espíritu: y su oposición es, en verdad, la oposición de la Sustancia consigo misma. Con la potencia del concepto, por tanto, la filosofía supera y, al mismo tiempo, hace realidad arte y religión: la objetividad del arte se libera ahora de lo sensible, del mismo modo que la subjetividad de la religión se purifica en subjetividad del pensamiento puro. En cuanto reino del Herrschaft des Begriffs, del «señorío de los conceptos», la filosofía puede, de este modo, definirse como superación o Aufhebung -por tanto, como «negación» y como «conservación»- del arte y de la religión, puesto que los supera, los niega y los conserva, manteniendo sus contenidos y, al mismo tiempo, elevándolos en la forma superior del Begriff.

En este sentido, el arte, la religión y la filosofía coinciden con el “Domingo de la vida” y el “Viernes Santo especulativo” (der spekulative Karfreitag), con lo eterno celebrado en lo finito y con la “autoconciencia del Espíritu Absoluto”. Con el Espíritu Absoluto –arguye Hegel en la Enciclopedia (§ 552)– se tiene el “saber del Espíritu Absoluto, que es el saber de la verdad eternamente real”. No puede escaparse como, para Hegel, la ciencia, que tiene su campo de aplicación específico en el reino de lo cierto, no forma parte de las figuras del Espíritu Absoluto y no tiene por objeto la verdad: el hecho de que el tecnocapitalismo promueva la ciencia como único conocimiento permitido revela cómo el Uccidente alethofóbico aspira a aniquilar la cuestión de la verdad, sustituyéndola por la de una certeza calculable y controlable, orgánica al funcionamiento de la Técnica. Pero –deberíamos preguntarnos– ¿qué puede decir la ciencia en presencia de la Totalidad? ¿Y ante el problema de Dios? ¿O, incluso, delante de una obra de Caravaggio o de Velázquez? El error del Uccidente –vale la pena insistir– no reside en la valorización de la ciencia, sino en su elevación integrista a único saber permitido: la ciencia es, ciertamente, una de las ideaciones fundamentales de la humanidad, pero, como señalaba Husserl en La Crisis de las ciencias europeas, «sería absurdo que el hombre decidiese dejarse juzgar definitivamente por una sola de sus ideaciones».

La condena a muerte de la filosofía como “alethofilia” y como arte del pensar diferente en la búsqueda de la verdad se acompaña, en el reino del Uccidente, de una idéntica demonización y neutralización de las otras dos figuras del Espíritu Absoluto. Así pues, la mejor definición que se puede ofrecer del ateísmo es la hegeliana, según la cual éste coincide con la pérdida del interés por la cuestión de la verdad: la muerte de Dios, como la expresa el lenguaje representativo de la religión, no es otra cosa que la muerte de la verdad y del fundamento último. El homo globalis ya no tiene un “Domingo de la vida” y está perpetuamente atrapado en las irreflexivas “tareas cotidianas” de producir y consumir, de calcular y usar.

La eutanasia a la que es sometida la filosofía se realiza no sólo mediante la imposición del pensamiento único, sino también, sinérgicamente, a través de la mencionada absolutización religiosa de la ciencia como único saber admitido y por medio de las performances de sentido de la subcultura posmoderna: racionalización filosófica de la renuncia programática a cambiar el mundo, el posmoderno asume el estatus de nihilismo plenamente desarrollado, transfigurado en única posibilidad de emancipación hoy permitida («nihilismo y emancipación», como sugería un texto de Vattimo) y en «gran relato», que cuenta la pérdida originaria del fundamento, la ansiedad que deriva de esta pérdida, la resignación por el hecho de que es irreversible y, por último, el hábito que gradualmente surge de ella, hasta la plena aceptación de este mundo como el menos malo o, en todo caso, el único posible.

Por lo que concierne al arte, su condena a muerte –decididamente distinta de la “muerte del arte” atribuida a Hegel– se verifica mediante la reducción de la obra de arte a mercancía entre las mercancías, desprovista de toda tensión veritativa y reducida a valor de cambio, por tanto evaluada no por la experiencia de verdad que revela y hace posible, sino por el dinero que puede generar para quienes la comercian. Es cuanto eficazmente aflora de la película de 2013 La mejor oferta. En el “tiempo de los mercaderes”, siguiendo la locución de Hegel, el arte ya no parece capaz de hablar al homo globalis, apto únicamente para entender el lenguaje de la Técnica, de los negocios y de la certeza científica.

En la era del cogito interruptus, del pensamiento único y de lo que Bourdieu definiera como la invasión neo-liberal, se vuelve de vital importancia reapropiarse de las tres figuras del Espíritu Absoluto y, más en general, del pensamiento pensante; y a la obsesión tecnocientífica por la “inmunidad de rebaño”, es necesario contraponer la figura de la “inmunidad del rebaño”. Pensar con la propia cabeza sigue siendo la vía real del filosofar y, sinérgicamente, de la resistencia a la barbarie progresista del Uccidente tecnocapitalista.

"La filosofía sirve para detestar la estupidez, 
hace de la estupidez una cosa vergonzosa.
Solo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento 
bajo todas sus formas, la filosofía no es sierva de nadie". 


¿Qué es la estupidez?

No es simplemente falta de inteligencia, sino una renuncia al ejercicio del pensamiento. La estupidez aparece cuando el individuo deja de cuestionar, repite sin comprender y actúa por inercia, comodidad o miedo. No se manifiesta en el desconocimiento, sino en la cerrazón: en la incapacidad de revisar creencias, de escuchar razones o de reconocer límites propios. Por eso, la estupidez puede convivir con el saber técnico, el éxito social o el poder político. Más que un defecto individual, es una disposición peligrosa que se fortalece en contextos de obediencia, dogmatismo y simplificación extrema, donde pensar resulta incómodo y dudar se vuelve una amenaza.

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