EL Rincón de Yanka: CARLOS RANGEL: El primer antichavista del mundo

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jueves, 30 de mayo de 2019

CARLOS RANGEL: El primer antichavista del mundo

El primer antichavista del mundo



En 1976 apareció la edición francesa de "Del buen salvaje al buen revolucionario", que se adelantó en unos meses a la versión en español de Monte Ávila Editores. Este libro, dicho con trazos ramplones, es un alegato contra el pobrecitismo según el cual todos los males de América Latina se deben a las maquinaciones de un imperio malvado que mantiene nuestro continente en el fracaso y el subdesarrollo. Estas ideas no solo fueron recogidas por Rangel en sus libros. También las divulgaba de manera sistemática en sus programas de televisión. Es por eso que el periodista cubano Carlos Alberto Montaner resumió la figura de Carlos Rangel como “El hombre al que no le hicieron caso los venezolanos”.

Carlos Rangel, escribió Montaner, intentó siempre “explicarles a los venezolanos el inmenso peligro que corría el país si escuchaba los cantos de sirena de los comunistas, la izquierda festiva o a esos populistas de diversas procedencias que en lugar de explicar que la riqueza se construye y acumula mediante el trabajo, la responsabilidad individual y el buen funcionamiento del estado de derecho, predicaban alguna suerte de evangelio ‘revolucionario’. Esa nefasta y rencorosa superstición que asegura que nuestros infortunios son invariablemente la consecuencia del comportamiento malvado de los otros: los yanquis, los ingleses, los empresarios, o hasta los judíos, porque el antisemitismo, desgraciadamente, sigue vivo en medio planeta, aunque ahora lo disfracen con la solidaridad propalestina”.


Es precisamente por esta aversión de Carlos Rangel al populismo y otras ideologías intervencionistas, así como su defensa a ultranza de los principios básicos de libertad, la democracia, el estado de derecho y el libre comercio, que alguien, mirando en retrospectiva, dijo de él que había sido “el primer antichavista del mundo”.

Un ejemplo, esta cita de Rangel: “El campesino todavía tiene la actitud de un esclavo; aun espera que otros tomen decisiones por él, y reza sólo porque sus nuevos amos sean menos exigentes y mejor intencionados hacia él”. El calamitoso estado en que se encuentran los campesinos y obreros de Venezuela en 2017, tras el paso nefasto de un buen salvaje, que tenía todas las características deploradas por el autor, demuestra que su libro de 1976 era un análisis profético.



Las diferentes repúblicas latinoamericanas no han logrado restablecer un equilibrio institucional legítimo y duradero, en reemplazo del que fue destruido, junto con el Imperio Español, entre 1810 y 1824. Aquella legitimidad y aquel equilibrio fueron desmantelados en nombre de la libertad y para establecer la democracia, según el modelo que ofrecían, desde 1776, los Estados Unidos. A partir de entonces, una multitud de constituciones y otros documentos políticos han ratificado esa aspiración, sin que los hechos hayan venido jamás a satisfacerla en forma convincente o duradera. En los últimos cincuenta años, México ha sido el único país latinoamericano que no ha tenido cambios de gobierno violentos, distintos a los previstos en las leyes y causados por guerras civiles o por golpes de estado militares. Entre nosotros, la paz y la democracia han sido rarezas frágiles; la tiranía o la guerra civil, las normas. La evolución y el estado actual de la Revolución Cubana, en la cual pusimos todos tantas esperanzas, y en este mismo momento la tendencia semejante de la revolución nicaragüense, son las decepciones más recientes, pero seguramente no las últimas, para quienes esperamos todavía que, contrariando nuestra historia, el proyecto democrático pueda afianzarse y ganar una legitimidad definitiva en nuestra América.

La explicación más obvia y general para ese subdesarrollo político latinoamericano (causa y no consecuencia del atraso económico) es haber sido fundada nuestra América por un país admirable de múltiples maneras, pero que entraba justamente entonces en un divorcio con el espíritu de los tiempos modernos, en un rechazo al racionalismo, a la ciencia experimental, al secularismo, al libre examen; es decir, a los fundamentos de las revoluciones industrial y liberal y del desarrollo económico capitalista.
Simultáneamente, y por motivos vinculados o no con su rechazo a la modernización, la sociedad española va a iniciar en el mismo siglo XVI una decadencia, una lasitud y una tendencia a la desintegración, aun en relación con sus propios valores y coordenadas, de origen y significado medievales y precapitalistas. Esa lasitud y esa tendencia a la desintegración, los países nuevos que España funda en América las van a compartir y acentuar. El Nuevo Mundo hispanoamericano va a ser el Viejo Mundo español con algunos muy serios problemas adicionales.

En España invertebrada, Ortega y Gasset, tras afirmar que, por lo menos desde 1580, "cuanto en España acontece es decadencia y desintegración", hace la observación de que, así como la curva ascendente de una colectividad está signada por la incorporación y la totalización, en el sentido de que cada individuo y cada grupo se sabe y se siente parte de un todo, de manera que lo que vulnera al todo afecta a cada cual, y viceversa, la decadencia ocurre cuando las partes de la colectividad, los grupos, los individuos no se sienten comprometidos con el destino común, descubren su particularismo, dejan de sentirse a sí mismos como partes de un todo orgánico y, en consecuencia, dejan de compartir los sentimientos y los intereses de los demás.

Si esto ocurrió en España desde el siglo XVI, obviamente va a sucederle también a la sociedad hispanoamericana desde su nacimiento. Es su condición original, y tanto más cuanto que el particularismo español, el no sentirse cada uno de los españoles personalmente comprometido con los intereses globales de su propia sociedad, va a radicalizarse con el salto a América, que es tierra de conquista, de saqueo, de esclavos, de botín.
Ese egoísmo no es únicamente característico (como se quisiera hacer creer) de las clases altas latinoamericanas, o de los nuevos ricos de la industria o el comercio, sino que matiza la conducta de casi todos aquellos que logran alcanzar entre nosotros una situación de poder, a cualquier nivel, y, desde luego, la actuación de los grupos institucionales o accidentales que puedan definir y perseguir intereses sectoriales. A esa categoría pertenecen las Fuerzas Armadas, las universidades, los clanes regionales o políticos (a estos últimos se les llama partidos), los sindicatos, las federaciones empresariales, los gremios profesionales, etc.

Como los latinoamericanos no somos monstruos caídos de otro planeta, sino seres humanos movidos por los mismos estímulos que los demás, no desconocen otras sociedades, y sobre todo las que no han alcanzado todavía un grado satisfactorio de integración, o las que han comenzado a declinar en su fuerza centrípeta (como, ahora mismo, los Estados Unidos), iguales o parecidos fenómenos de egoísmo individual, familiar o de clan; pero las latinoamericanas son las únicas sociedades occidentales que nacen en proceso de desintegración. La única sociedad europea comparable (en ese sentido) a las sociedades ibéricas (peninsulares o americanas) es la italiana; y no es fortuito que haya sido un italiano quien compusiera "El príncipe", ese manual para tiranos, ese compendio de técnicas para recoger una sociedad en migajas y mantenerla en un puño, que es lo que han hecho todos los caudillos latinoamericanos, desde Páez y Rosas hasta Fidel Castro.

A partir de esa experiencia histórica, ha sido formulada reiteradamente, a veces en forma oblicua, pero a menudo con toda claridad, la idea de que, por nuestra manera de ser, los latinoamericanos no estamos hechos para la democracia y no debemos intentarla sino, a lo sumo, con mucha cautela y con las riendas siempre tenidas con firmeza por las manos de un poder ejecutivo fuerte. Y no se crea que esto ha sido sostenido sólo por los apologistas positivistas de tiranos como Porfirio Díaz o Juan Vicente Gómez. En Nuestra América (1891) nos encontramos con estas frases sorprendentes de José Martí:

La incapacidad [de autogobernarse Latinoamérica] no está sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro de un llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india... El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país.

Bolívar mismo no estaba diciendo otra cosa (y las palabras de Martí son, sin duda, un eco deliberado de Bolívar) cuando, en su discurso al Congreso de Venezuela reunido en Angostura en 1819, sostuvo que la entonces vigente Constitución de su país, más o menos copiada de la norteamericana, era inaplicable en Venezuela; y que hasta era cosa de asombro que su modelo en los EEUU hubiera subsistido casi medio siglo sin trastorno, "a pesar de que aquel pueblo es un modelo singular de virtudes políticas [y] no obstante que la libertad ha sido su cuna". En cuanto a la otra América, la nuestra, si absurdo sería intentar hacer funcionar en España las libertades políticas, civiles y religiosas de Inglaterra, pues más disparatado aún resultaría dar a la América española las instituciones de los norteamericanos. Ya lo había dicho Montesquieu: las leyes deben ser apropiadas a las características de cada pueblo. Cuando Bolívar pudo redactar una Constitución según sus ideas (la de Bolivia), propuso una Presidencia vitalicia y un Senado hereditario. Es cierto que tal Constitución tampoco funcionó, pero su significado (así como su coherencia con ideas semejantes expresadas por el Libertador, desde 1812 por lo menos) es claro, y por ello no es sorprendente encontrarnos con que el Discurso introductorio a la Constitución de Bolivia figure en primer lugar en una antología del pensamiento conservador latinoamericano, junto con textos de Mariano Paredes Arillaga y Lucas Alamán[1].

Desprovistos singularmente de espíritu crítico y autocrítico, los latinoamericanos no nos hemos detenido a reflexionar sobre el sentido de admoniciones como las de Bolívar o Martí. Hemos preferido persistir en redactar Constituciones ideales, en fundar repúblicas aéreas y en sufrir en la práctica regímenes autoritarios discrecionales, sin preguntarnos demasiado en qué consiste esa "originalidad" a que se refería Martí, o por qué era (y sigue siendo) inaplicable en nuestros países una Constitución calcada en la que sirvió a los norteamericanos para fundar una estabilidad y una legitimidad que ha rebasado dos siglos de vigencia ininterrumpida.

Esa escasa o nula inclinación nuestra por descubrir las raíces de nuestro subdesarrollo político tiende a perpetuarlo. Permanecemos vulnerables a interpretaciones históricas y a ofertas políticas construidas sobre la mentira, o que apelan a la verdad sólo a medias. Nos seduce cuanta explicación de nuestras frustraciones remita la culpa a factores exteriores a nosotros mismos. Y, desde luego, esquivamos cuidadosamente, como quien rehúsa con horror un psicoanálisis, toda indagación sobre la causa profunda de nuestros fracasos. Es por eso que el sistema mexicano, con su mezcla singular de autoritarismo conservador y retórica revolucionaria, aparece como el mayor logro político, hasta ahora, de nuestra cultura latinoamericana. Diríase que es apropiado a la manera de ser de nuestros pueblos ese torrente de palabras, encubridor de formas de ejercicio de la autoridad esencialmente distintas (y hasta contradictorias) de lo que dicen ser. De esa manera (y con la alternabilidad forzosa y la no reelección absoluta de sus presidentes), los mexicanos han logrado combinar un poder ejecutivo casi ilimitado con el gusto latinoamericano por no llamar las cosas por su nombre.

Se trata, desde luego, de una solución inferior a la democracia pluralista y sincera, a la que no podemos dejar de aspirar, puesto que la sabemos preferible y la vemos funcionar al lado nuestro, en los Estados Unidos, pero superior a los autoritarismos personalistas y desenfrenados que vino a sustituir. Además, no debemos perder de vista que, en el mismo lapso de vigencia del sistema mexicano, el resto de Latinoamérica ha conocido un abanico de formas de gobierno mucho menos estimables todavía, tiranías tradicionales, aventuras absurdas como el socialismo militarperuano, la mucho más seria (y, por lo mismo, más inquietante) tecnocracia cívico-militar brasileña (la cual, significativamente, incorporó la alternabilidad de los dictadores, al estilo de México) y, además, verdaderas tragedias, como las sucedidas en Cuba, Chile, Uruguay, Argentina y Nicaragua.

Dentro de este panorama desolador, Venezuela ofrece la apariencia de una excepción y un modelo. Es cierto que nuestro país, tras sacudirse en 1958 de una dictadura militar más entre las muchas que ha sufrido en su historia, tuvo la fortuna excepcional de encontrar gobernantes capaces de fundar instituciones genuinamente democráticas y defenderlas contra el doble desafío de militares reaccionarios y de la extrema izquierda en armas, inspirada y ayudada activamente desde La Habana. Pero la democracia venezolana ha sido menos afortunada en su manera de enfrentar sus desafíos internos. Ya antes de 1973 era posible sostener que debía su existencia y su estabilidad a fuertes y crecientes ingresos petroleros. Luego el petróleo pasó a valer diez veces más, en saltos sucesivos y siempre oportunos, para rescatar a Venezuela de un crecimiento en el gasto público tan inverosímil como irrefrenable. Los venezolanos nos las hemos arreglado para gastar todo ese ingreso petrolero y para tomar además prestados, y gastar también, treinta mil millones de dólares adicionales, sin por ello resolver los problemas fundamentales del país. Los partidos políticos han puesto de lado la solidaridad de los años iniciales de la etapa democrática. Los gobiernos (ahora monopartidistas, y no coaliciones nacionales como en los años reconocidamente precarios) posponen decisiones impopulares y prefieren tirarles dinero a los problemas. Crece el fantasma de la uruguayización de la economía[2], la cual entraría en crisis si dejan de aumentar regularmente los precios del petróleo. Podría temerse que los países del Cono Sur, cuyas democracias aparecían en el primer tercio de este siglo tan sólidas o más que la de Venezuela hoy, hayan transitado anticipadamente un camino que ahora mismo podríamos estar recorriendo los venezolanos. Se trata de una reflexión pavorosa. Una nueva dictadura militar en Venezuela no encontraría ahora el pueblo dócil, diezmado por endemias y guerras civiles, pobre, ignorante, desorganizado y habituado a la tiranías, que existió hasta hace una generación. Una sociedad venezolana hoy razonablemente moderna, inmensamente más compleja, politizada y habituada a ser halagada por ofertas políticas populistas, realizadas a medias mediante la liquidación acelerada del petróleo, haría forzosa no una dictadura limitada, una dictablanda, como se suele decir, sino una tiranía brutalmente represiva y resuelta a gobernar indefinidamente, como han sido las del Cono Sur, justamente por la complejidad y el adelanto relativo de aquellas sociedades.

Debe señalarse en este punto que también el contexto internacional ha cambiado, y no precisamente para facilitar la existencia de la democracia en América Latina. Desde 1960 las fuerzas que entre nosotros comenzaron a materializarse en forma importante con el establecimiento en Cuba de un gobierno comunista, han hecho notables avances en el propósito de tercermundizar irrevocablemente a América Latina. Todos los partidos más o menos socialdemócratas (sin excluir al PRI mexicano), de quienes hemos recibido los latinoamericanos lo esencial de la prédica y también de la conducción democrática que hemos tenido en la época contemporánea, cargan hoy con un complejo de culpa por juzgar en el fondo ellos mismos que Fidel Castro ha hecho la demostración de que se podía ir más lejos y más rápido en la vía del antiimperialismo. En América Latina el antiimperialismo tiene la constancia precisa de un enfrentamiento y una eventual ruptura, no con el mundo capitalista avanzado en general, sino especialmente con los EEUU, país cuyo éxito y poder nos causa humillación y amargura, sobre todo en comparación con nuestro propio fracaso relativo en el mismo "Nuevo Mundo" y en el mismo tiempo histórico.
Con la aceptación, ahora generalizada, de las hipótesis que conforman la teoría según la cual ese éxito de los norteamericanos se explica esencialmente por el despojo que hemos sufrido y por el atraso social y político a los cuales nos han supuestamente coaccionado los EEUU mediante los mecanismos del imperialismo y la dependencia, América Latina ha metido el dedo en el engranaje del mito más peligroso y más enervante entre los tantos que nos han servido para excusar nuestros defectos. Es peculiarmente enervante ese mito porque, si todo cuanto anda mal en Latinoamérica se debe a un agente externo, nada que hagamos antes de exorcizar ese demonio (antes de "romper la dependencia", como Cuba) servirá para mejorar la calidad de nuestras sociedades. Al contrario, los esfuerzos mejor intencionados y más heroicos por lograr progresos dentro de la democracia podrán ser descalificados (y lo han sido) como especialmente perversos, puesto que demoran el advenimiento de la única verdadera salvación, que supuestamente reside sólo en la mutación revolucionaria.

Un ejemplo de esta enajenación, singularmente irónico puesto que puso término a un experimento socialista, fue lo ocurrido en Chile entre 1970 y 1973. No hay duda de que el desquiciamiento emotivo e ideológico producido en Latinoamérica por la Revolución Cubana fue una de las causas fundamentales del fracaso y el desenlace violento del gobierno de Salvador Allende. Sin la necesidad de estar a la altura de Fidel y del Che Guevara, sin la presión a su izquierda de fidelistas y guevaristas chilenos, sin la intervención de Cuba (cuya embajada en Santiago tenía para 1973 más personal que el Ministerio de Relaciones Exteriores chileno), y sin la modificación por todos esos factores del ánimo institucionalista de las Fuerzas Armadas chilenas, Salvador Allende hubiera terminado su mandato, y hubiera entregado la Presidencia a un sucesor electo democráticamente, estaría vivo y el mundo no hubiera jamás oído hablar del general Pinochet.

El ejemplo de la Revolución Cubana, y el esfuerzo intenso y voluntarista de Fidel Castro y el Che Guevara por utilizar Cuba como un foco de irradiación revolucionaria para toda América Latina, fue la causa directa del naufragio de otras democracias de viejo trayecto, ya muy debilitadas por el fraccionalismo, el populismo y la demagogia. El corolario fue el surgimiento de un nuevo autoritarismo de derecha, basado, como en el pasado, en el poder militar, pero mucho más implacable aún, por la existencia ahora de clases obreras y medias numerosas, frustradas en las expectativas irreales a que las habían conducido los demagogos; y también porque, por primera vez desde el establecimiento de ejércitos profesionales en América Latina, el partido militar se había planteado el problema de su supervivencia en un contexto hemisférico y mundial que en Cuba condujo a la disolución de esas fuerzas armadas profesionales y al fusilamiento, cárcel o exilio de todos los oficiales.

En ninguna parte ha sido esa situación más desalentadora que en Argentina, sin discusión el país más avanzado de América Latina y el que, por lo mismo, a través de las pesadillas que ha vivido, ha puesto de manifiesto crudamente la dificultad que tiene la cultura hispanoamericana para superar su subdesarrollo político.

Durante unos años (digamos entre 1965 y 1975) pudimos abrigar la ilusión de que se habían moderado las pulsiones irracionales de nuestra sociedad, las cuales encontraron tanta satisfacción en todo cuanto está implícito en la Revolución Cubana y en la dictadura caudillista de Fidel Castro. Pero los sucesos de Nicaragua tienden a demostrar lo contrario. No me atrevo por lo tanto a ser optimista en cuanto a las posibilidades que tiene nuestra América de alcanzar, en un futuro cercano, una evolución política que pueda liberarla de la crisis permanente y del vaivén entre regímenes democráticos populistas, económicamente incompetentes y de tendencia suicida, por una parte, y, por otra parte, regímenes autoritarios, igualmente o más ineptos para la gestión económica, por lo menos en algunos casos (como pudo verse en el Perú), y, además, redobladamente represivos por las razones ya apuntadas. El muy peculiar sistema mexicano no es imitable, y menos cuando los mexicanos mismos, que lo produjeron, dan muestras de estar hastiados con él. Y persiste, desafortunadamente, en Latinoamérica, una fascinación de muchos dirigentes por Fidel Castro, bastante comparable a la de los conejos con la serpiente.

Casi sin excepción, los mejor dotados y más cultivados entre los intelectuales latinoamericanos (desde 1960, casi todos "de izquierda" y admiradores casi femeninos del macho Fidel Castro) continúan esquivando cuidadosamente la reflexión crítica profunda sobre nuestra sociedad, y persisten en dedicarse apasionadamente a la empresa contraria: reforzar la idea fija y paralizante de que todos los problemas de América Latina se deben a agentes externos, y que la solución (o el desquite) la encontraremos en la revolución. Así, por ejemplo, los economistas latinoamericanos han hecho una contribución desmedida a la teoría de la dependencia como explicación suficiente del subdesarrollo, sin preocuparse en lo más mínimo por el hecho de que, en relación con el país capitalista original, Inglaterra, todos los demás protagonistas del sistema capitalista, liberal, democrático, han sido competidores rezagados, cada uno en su momento, por lo mismo, tan dependiente como quien más, y todavía, ahora mismo, naciones como el Canadá y Nueva Zelanda, a las cuales, no sin razón, Argentina se consideraba superior, en todo, hace unos años todavía.

No es, pues, sorprendente que Fidel Castro y su revolución continúen teniendo en América Latina un prestigio por otra parte difícilmente comprensible para un observador no latinoamericano, aun de izquierda. Para éste, Castro aparece ya desenmascarado como un tirano típicamente latinoamericano, un caudillo más; su revolución, como un fracaso espantosamente costoso para el pueblo cubano y hasta para toda América Latina; su mayor contribución a los asuntos de nuestra época, los servicios que presta a los soviéticos, a quienes ha entregado la juventud cubana para que hicieran de ella, primero, un ejército desmesurado y, luego, una fuerza expedicionaria. Esta empresa tiene que haber sido concebida y haberla comenzado a realizar la URSS desde hace bastante tiempo, al menos desde 1965, justamente cuando se hizo aparente el fracaso de las teorías foquistas del Che Guevara recogidas por Régis Debray en el famoso librito Revolución en la revolución. A partir de entonces, los rusos asumieron directamente la administración del recurso Cuba, el adiestramiento militar de la juventud cubana y su envío a todos los lugares del mundo, por remotos que sean, donde los rusos mismos serían vistos con recelo. Pero lo que puede parecerle a un observador no latinoamericano como algo vergonzoso para la nación cubana, y como una sangrienta vejación para su juventud, obligada a representar el papel de senegaleses[3] del imperio soviético, significa en América Latina un prestigio suplementario para Fidel. Los latinoamericanos prosoviéticos, o, más generalmente, "de izquierda", no son los únicos que no le han hecho críticas a Fidel sobre este asunto. Casi sin diferencia, también los socialdemócratas, los liberales y hasta los conservadores latinoamericanos (y, desde luego, muchos militares) sienten un orgullo secreto de descolonizados porque soldados de aquí, por primera vez en la historia, han puesto pie en África, el Magreb, Yemen, Vietnam, Afganistán, Camboya.

Cuando Fidel fue recibido en visita oficial a México, en mayo de 1979, el presidente López Portillo lo saludó en el aeropuerto como "uno de los hombres del siglo". Esta hipérbole de López Portillo, sincera o hipócrita, presumiblemente lo ayudó ante la opinión pública de su país, lo cual podría hacernos temer que tal vez estemos los latinoamericanos menos cerca hoy que ayer de una adhesión existencial al proyecto democrático inscrito formalmente en las Constituciones y los Códigos de nuestras repúblicas desde la Independencia.

[1] Pensamiento Conservador (1815-1898). Compilación de José Luis Romero y Luis Alberto Romero., Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978.
[2] Me refiero al suicidio de la democracia en Uruguay, país del cual se decía hasta hace algunos años que era "la Suiza de América", pero el cual, paulatinamente, arruinó su salud fiscal, y luego su contrato social democrático, mediante concesiones populistas, cada vez más onerosas, a actividades no productivas, transferencias de recursos cada vez mayores a una seguridad social en principio admirable pero que desbordó las posibilidades reales de la economía, proliferación burocrática agravada por jubilaciones a temprana edad con sueldo completo, etc. El consiguiente colapso de la economía arrastró en su caída las estructuras de la democracia uruguaya. A esa tendencia y a sus consecuencias se las llama uruguayización.
[3] Los franceses usaban tropas negras africanas en las guerras mundiales y en sus expediciones coloniales en Asia y los países árabes.


Para Carlos Rangel, la omnipotencia del estado y la debilidad de la sociedad civil, son las principales razones del fracaso económico venezolano. Detrás de esto, ha pululado la corrupción al tener condiciones ideales para que se presente el pillaje y la conchupancia política. *


El Nuevo País, IESA, Caracas, 1984 *

Lo procedente, en un acto de esta naturaleza, es manifestar optimismo. Eso no es fácil en la actual coyuntura. El optimismo ha quedado desacreditado en Venezuela por su invocación vacía y reiterada contra los llamados “profetas del desastre”, quienes no estaban haciendo otra cosa que señalar, en las palabras de uno de ellos, que la fiesta tenía que acabar. Ahora que la fiesta en efecto se ha acabado, vemos con cierta medida de estupor cómo, sensibles al actual descrédito del optimismo, algunos protagonistas de aquel banquete irresponsable quieren apoderarse del pesimismo. 

Corremos así el riesgo de que también el pesimismo se desacredite, de que se vuelva tan insincero, tan banal y tan ritual como antes lo fue el optimismo, y que quienes previnimos contra las tendencias que ahora han hecho crisis, aparezcamos, al repetir cosas que en su momento aparecieron originales y audaces, como reiteradores de lo obvio. Este pesimismo tardío y oportunista ha actuado en mí como un revulsivo. Siento náuseas, tanto por ese voltearse la chaqueta de quienes hablan ahora de la crisis, como si ellos la hubieran descubierto y además no hubieran roto un plato, como por el virtual desahucio de Venezuela por algunos de estos neo-pesimistas. Al oírlos, lo que siento es un reforzamiento impetuoso de mi amor y apego por este país, y una necesidad de formularme y de formular para otros, por ejemplo, para ustedes, la evidencia del inmenso cambio para mejorar que * “El nuevo país”. Discurso de Carlos Rangel en el acto de graduación del Primer Programa Avanzado de Gerencia. IESA, Caracas, 1984. Fuente: Rangel, Carlos (1988): “Marx y los socialismo reales, y otros ensayos”. Caracas, Monte Ávila Editores, pp. 129-138, ha habido en esta nuestra patria durante mi propia vida, desde que llegué a la edad de la conciencia. Eso va a permitirme comenzar por lo menos estas palabras con el optimismo apropiado a un acto de graduación. 

Les aseguro que los venezolanos tenemos muy buenas razones para conservar intacta la fe en nuestro país, y esto no lo digo con palabras huecas, de circunstancias, ni dictadas por una función pública que me fuerce la mano y la lengua. No porque nadie me lo haya contado, sino porque lo he visto y lo recuerdo, puedo darles testimonio de que, todavía hace un poco más de cuarenta años, Venezuela era un país recién pacificado de una guerra de cien años, tiranizado, indigente, enfermo, ignorante. 
Venezuela era un país recién pacificado de una guerra de cien años, los de la guerra de Independencia, luego una precaria paz, consistente sobre todo en la ausencia de grandes matanzas y devastaciones, pero dentro de un clima de controversia violenta, anunciador de lo que luego vendría; enseguida, la implacable y virtualmente ininterrumpida guerra civil, que comenzó con el nombre de Guerra Federal en 1859 y duró en diversas formas hasta 1903, cuando el General Juan Vicente Gómez redujo en Ciudad Bolívar el último reducto de la llamada Revolución Libertadora contra el Presidente Cipriano Castro. 

La Batalla de la Victoria, algunos meses antes, había sido el mayor choque armado de nuestra historia, con cerca de 30 mil venezolanos matándose unos a otros con armas cuyo costo venía a sumarse a una deuda externa que la República arrastraba desde la Guerra de la Independencia. En 1902 esa deuda, que para entonces alcanzaba Bs. 21.000.000,00, nos costó el bloqueo de nuestros puertos. En 1900 los ingresos fiscales habían sido unos treinta millones y las exportaciones, de unos diez. Venezuela era un país tiranizado y lo había sido casi sin interrupción durante toda su historia, porque una situación de guerra civil permanente no permitía otra forma de gobierno; y más bien Gómez apareció, en su momento, como un inmenso alivio; un solo tirano nacional estable y su corte en Maracay y Caracas, y sus sátrapas regionales, en lugar de la multitud de tiranos y tiranuelos transitorios, a veces efímeros, locales, regionales, y hasta ambulantes, como Boves, que el país había conocido y sufrido desde 1811. 

Venezuela era un país indigente, de población miserable, sin acumulación de capital y casi sin infraestructura de ninguna clase. En 1860 ó 70, Antonio Leocadio Guzmán había dicho que entre todos los hacendados del centro seguramente no se podía requisar una caja de vino. Y esos eran los ricos. En 1934, hace cincuenta años, de una población estancada en tres millones de habitantes, mas de la mitad, y tal vez más de las dos terceras partes, estaba todavía fuera de la economía monetaria, arrastraba una existencia real, y no sólo retóricamente, marginal, como conuqueros, o peor todavía, como peones de haciendas, en muchas de las cuales estaba vigente el pago con fichas redimibles sólo en la pulpería del hacendado. Aun en las zonas urbanas, la alpargata era más frecuente que el zapato. 

Un ex−ministro, aproximadamente de mi edad, me contaba hace poco que en su infancia, no en el campo, sino en el pueblo de Tinaquillo, anduvo enteramente desnudo hasta los 6 ó 7 años y descalzo hasta los 10, sin ni siquiera un par de alpargatas para los domingos. Y esos pueblos del interior eran una sola calle polvorienta, que se perdía en el monte unos metros más allá de las últimas casas. No había más sector industrial que el petrolero, entonces totalmente ajeno a la nación, unos telares y un lactuario. 

El puerto de La Guaira lo habían construido y lo administraban los ingleses, lo mismo que ingleses y alemanes habían construido y administrado los trencitos que a fines del siglo XIX sustituyeron a los arreos de mulas entre Caracas y La Guaira, y entre Caracas y Valencia. Una de las magnas obras de Gómez fue la carretera trasandina, la cual, por primera vez, permitió el tránsito automotor entre el centro del país y Mérida y San Cristóbal. Pero todavía en 1940 el pavimento terminaba en Morón, al lado de Puerto Cabello, y las únicas otras carreteras pavimentadas eran la vieja de La Guaira y la Maracay-Ocumare de la Costa. 

Venezuela era un país enfermo, con las enfermedades del hambre y de la falta de higiene elemental, aplastado por endemias de las cuales el paludismo no era sino una. Salvo en las zonas altas, casi todo el mundo era víctima del paludismo pero también de la anquilostomiasis, el mal de chagas, la tuberculosis. En Caracas hubo tifus hasta bien entrado el siglo XX. La bilharzia era endémica en este valle. Estaba en todos los estanques y riachuelos. Yo y todos mis amigos estuvimos infectados de bilharzia. Y no era prudente dormir ni en Macuto sin mosquitero. Había paludismo en el litoral central. Las tierras bajas se siguieron despoblando hasta que la campaña antimalárica, diseñada por el Dr. Arnoldo Gabaldón, tuvo acceso en 1946 al DDT, inventado por los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso, todavía ese año, Acarigua era una aldea miserable en torno a tres o cuatro aserraderos. Yo la vi. De eso hace apenas treinta y ocho años. Venezuela era un país ignorante. 

En 1945 yo era uno de los 4 ó 5 mil estudiantes de bachillerato que había en todo el país, casi todos en Caracas. Los estudiantes universitarios eran menos de la mitad en Caracas y Mérida, las únicas ciudades con universidades. Con toda seguridad, el estudiante y el profesor promedio eran de mejor nivel que hoy, cuando tenemos millones de jóvenes en Secundaria y centenares de miles en las universidades. Pero la importancia del cambio cuantitativo divide en dos nuestra historia, sobre todo en vista de la participación masiva, y ya enteramente habitual, de la mujer en la demanda de la educación y en la vida profesional. Era forzoso que el efecto en la calidad de la educación haya sido diluyente. Pero la masificación, lograda sobre todo en los últimos veinticinco años, ha sido una meta inicial correcta. Ustedes son producto de esa nueva era en la educación venezolana, cuando se multiplicaron las escuelas, los liceos y la población universitaria. 

Ustedes son la prueba de que no se puede menospreciar el fenómeno prodigioso, de inmensas consecuencias políticas y sociales, que ha sido la explosión en la escolaridad. Lo que no quita la validez de que es hora de buscar un equilibrio y una consolidación, de restablecer requisitos más rigurosos, de reformar la Universidad y, en general, todo el sistema educativo, creando dentro de él áreas de excelencia y hasta elitistas, para que, a la vez que sean cada vez menos, hasta desaparecer, los excluidos del sistema, no se descuide la formación rigurosa de los cuadros de primera que Venezuela requiere para no ser un país de tercera. Y aquí está ya IESA, y ojalá haya muchos más IESA en el futuro y también ofertas análogas de excelencia en otras áreas. Y lo que vale para la educación, vale para todo lo demás. 

Ha habido en todo el mismo efecto diluyente, inevitable en el proceso de volver accesibles servicios y bienes, materiales y culturales, a una población que, con la campaña antimalárica y otras medidas de sanidad ambiental, pasó un día para otro del estancamiento, por altísimas tasas de mortalidad infantil y corta expectativa de vida de los sobrevivientes, a un crecimiento explosivo. Es seguro, por ejemplo, que apartando los avances generales en la medicina, el nivel promedio de los pocos médicos que teníamos en 1934 era superior al de los muchos médicos que tenemos hoy, y que los escasos hospitales de entonces eran posiblemente menos caóticos y seguramente menos dispendiosos que la multiplicación de servicios médicos que hoy ofrece el Estado, descoordinadamente, a través de 70 u 80 entes diferentes. Pero hoy existen hospitales y medicaturas donde antes no se conocían sino curanderos; y hay acueductos donde, hasta hace todavía unos pocos años, los venezolanos tomaban agua de lluvia acumulada en pozos turbios y contaminados; y hay sistemas de control de aguas negras donde antes las cloacas corrían por las calles. 

Es por eso que, a pesar de las desigualdades persistentes, hoy tenemos estadísticas de morbilidad y mortalidad de país desarrollado. Sean pues, cuales hayan sido los errores, las omisiones, las oportunidades perdidas de los últimos cincuenta años, Venezuela ya no es un país de caudillos de montonera, ni un país habituado a la tiranía, ni un país agobiado por las enfermedades, la pobreza y la ignorancia. Es un nuevo país. No es cierto que el petróleo nos haya arruinado, como aseguran quieres parecen desprovistos de perspectiva histórica, pero además de información elemental y hasta de memoria personal. Y no es cierto que los gobiernos desde 1936 (o desde 1908, puesto que el creador de las bases de la Venezuela moderna fue Juan Vicente Gómez) no hayan hecho sino gobernar mal y despilfarrar los recursos fiscales. 

El petróleo nos ha hecho crecer desequilibradamente y demasiado rápido, pero por el impulso del petróleo dejamos atrás la barbarie y la miseria. Y los gobiernos que hemos tenido desde 1903 han sido, con excepciones, superiores al promedio latinoamericano, no más ineptos que otros en lo económico (aunque es cierto que eso ya es demasiado), pero claramente superiores en lo político. Por lo segundo, vivimos hoy en una democracia tan consolidada que resistió los embates caprichosos a que fue sometida en el quinquenio 1979-84. Y por lo primero, por la ineptitud de nuestros gobernantes frente al desafío (enorme es cierto) de administrar acertadamente la riqueza petrolera, le amaneció a nuestro país el viernes negro, el 18 de febrero de 1983. 

La responsabilidad del país político en la gestación y estallido de esa crisis es insoslayable. En los años que nos trajeron a ese viernes negro, y sobre todo durante los nueve inmediatamente anteriores, por sus manos pasaron primero recursos fiscales seguros y crecientes, y finalmente tan grandes que algo muy fundamental tienen que haber estado haciendo todos los gobiernos demasiado mal para que ese dinero, administrado por ellos, en lugar de servir para nuestro despegue definitivo, se nos haya esfumado en malas inversiones, en importaciones superfluas o sustitutivas de una producción nacional potencial, en enriquecimiento de funcionarios y sus testaferros y en fuga de capitales, y que encima el país esté lastrado por una caótica y aplastante deuda pública, interna y externa, su economía se encuentre estancada y tengamos una trágica y peligrosa tasa de desempleo. 

Reiteradamente he sostenido, desde diversas tribunas, que el mal radical reside en que, entre nosotros, la sociedad civil, que nunca fue fuerte, se ha debilitado aún más, relativamente, mientras el Estado se ha vuelto monstruoso, dueño de casi todo y además omniintervencionista: un gigante de cerebro minúsculo, sin memoria, sin percepción clara del presente, sin visión del futuro y que, sin embargo, persiste en postularse como único capaz de normar, hasta en sus más mínimos detalles, la vida de una sociedad a la cual se supone compuesta por eternos menores de edad en eterna necesidad de tutela. En su discurso a FEDECAMARAS, el Ministro de Cordiplán, Raúl Matos Azúcar, aseguró que esta situación no se debe a un propósito deliberado, ni responde a la ideología de los dos grandes partidos que han gobernado a Venezuela durante el último cuarto de siglo. Se puede estar en parte de acuerdo con esa afirmación. 

Yo mismo he enfatizado la gravitación durante toda nuestra historia republicana de la herencia que nos legó España, consistente en una cultura y una economía precapitalistas, antagónicas a la economía de mercado, ancladas en el hábito del privilegio, el monopolio, la corrupción y, en general, los estorbos burocráticos a cualquier actividad económica de los particulares. También he señalado cómo, por lo mismo, entre nosotros, la sociedad civil y el sector de la economía calificable de privado han sido siempre precarios frente al poder de los gobiernos, inclusive económico, porque cuando los gobiernos venezolanos eran pobres, la sociedad civil lo era mucho más todavía. Y he señalado también el efecto perverso, en el sentido en que emplean ese término los politólogos y los economistas, de la decisión aparentemente sabia del Libertador Simón Bolívar, en 1827 ó 1828, de que seguiría vigente en la República el privilegio de la monarquía de ser propietaria automática de toda riqueza del subsuelo. 

En otros países, para apoderarse el Estado de la economía, ha debido despojar gradualmente o de un golpe a los propietarios, puesto que lo esencial de la riqueza es normalmente producto del trabajo de particulares. Eso no puede hacerse sin resistencia; hay que asaltar el poder, que es lo que prefieren los comunistas y han hecho donde han podido mediante guerras civiles o por imposición externa, o hay que ser cauteloso y gradualista, que es la vía de los socialistas llamados democráticos. 

En ambos casos hay una resistencia que vencer, la cual se expresa en fuerzas políticas liberales o conservadoras y en un debate de ideas en torno a si el progreso de la sociedad puede lograrse mejor mediante el fortalecimiento y el perfeccionamiento de la economía de mercado y la cada vez mayor dispersión del poder, o si, al contrario, debe buscarse mediante la sustitución de la economía de mercado por el capitalismo de Estado y la consiguiente concentración de todo el poder, inclusive económico, en el gobierno. Pero en Venezuela hemos llegado, sin resistencias ni debate de ninguna clase, a un grado patológico de concentración de poder en el Estado porque esto se ha efectuado aparentemente sin quitarle nada a nadie, y más bien repartiendo prebendas a todos los sectores mediante la liquidación del haber nacional que es el petróleo. 

Este hecho y la secular debilidad, aun antes del petróleo, del sector económico privado, y, en general, de la sociedad civil, hubieran bastado para crear la tendencia perversa hacia un Estado hipertrofiado, dadivoso y omniintervencionista, el más cabal ogro filantrópico, en la expresión de Octavio Paz. Y hasta allí es posible acompañar al ministro Matos Azócar en su afirmación bienintencionada de que esta aberración podría haber ocurrido aun sin propósito deliberado ni ideologismo estatista. Pero, lamentablemente, estos últimos ingredientes están también presentes. 

Nuestros dirigentes políticos de los últimos veinticinco años han actuado en forma ambivalente hacia el sector empresarial privado. Han destinado recursos enormes a fomentar su desarrollo, por cierto sin rigor ni supervisión, pero en demasiados casos con la idea de que el crecimiento económico capitalista es sólo una etapa transitoria hacia alguna forma de socialismo, y abrigando por lo mismo hostilidad, desconfianza e incomprensión hacia la figura del empresario, y persistiendo en suponer, por evidente intoxicación ideológica, que la manera de mejorar cualquier situación, o resolver cualquier problema es o bien dictar el Estado lo que deben hacer los particulares, o bien apoderarse el Estado directamente de esa área y de cada vez más áreas de la acción humana. Es de la semana pasada la declaración del Presidente de la CTV de que debe ser estatizada la Electricidad de Caracas. Y la controversia sobre la puesta en práctica del Pacto Social es enteramente aleccionadora.

En esa controversia se ha revelado que persisten intactas la incomprensión y la hostilidad hacia la empresa privada y el prejuicio favorable al dirigismo intervencionista. Se ha incluso transparentado que el pensamiento económico de algunos muy importantes dirigentes políticos y sindicales sigue siendo vasallo de la teoría marxista del valor; considera, por lo tanto, todo beneficio de una empresa como un despojo a los trabajadores; y está dispuesto a tolerar la existencia de beneficios sólo como un mal necesario pero en todo caso reprobable. Y eso con tal que esos beneficios estén controlados y no sean “excesivos”, concepto que por sí mismo revela una consternante incomprensión de los mecanismos de autorregulación implícitos en una economía de mercado aún imperfecta, y del papel de los beneficios de las empresas en el proceso de formación de capital y creación de empleo. Semejantes equivocaciones conceptuales, por parte de un sector suficientemente influyente de la clase política, pueden bastar para frenar el desenvolvimiento sano de la economía de un país, y hasta para hacerlo retroceder y conducirlo a la ruina y al socialismo; o al socialismo y a la ruina, puesto que esas dos condiciones pueden ser una causa de otra. 

En los países exitosos económicamente, con éxito verdadero y jubiloso, y vacunados contra la opción desde todo punto de vista inferior que es el socialismo, existe un debate económico vigoroso y contradictorio, pero ese debate gira esencialmente en torno a cuáles pueden ser los mejores medios para estimular la inversión, el crecimiento, la capacidad de empleo y la productividad del sector empresarial privado de la economía. 

En el Japón, o en los Estados Unidos, hay controversia sobre la mejor manera de lograr que el sector privado invierta, crezca, cree empleo y sea más productivo, pero no sobre el hecho mismo de que ése debe ser el fin de cualquier conjunto de políticas económicas. Nadie que sea influyente sostiene que el gobierno debe quedarse cruzado de brazos y dejar que la economía marche sin reglas de juego, sin regulaciones, sin estímulos, sin protecciones, sin prioridades, sin arbitraje. Pero tampoco a nadie que intervenga en el proceso de toma de decisiones económicas estratégicas se le pasa por la cabeza que el gobierno pueda o deba ser el protagonista de la economía. 

En esos países está claro para casi todo el mundo, y también para la clase política, que ese protagonismo no pueden desempeñarlo sino los empresarios, y que con ello, y persiguiendo las metas propias de la empresa privada, que incluyen en primer lugar obtener beneficios y repartir dividendos, el sector empresarial privado cumple una función de primerísima importancia, y probablemente la más importante de todas, para el bienestar, el progreso y la seguridad de la nación. En contraste, la característica cultural de nuestras sociedades hispanoamericanas ha sido la incomprensión, la hostilidad, la desconfianza y hasta el desprecio por la actividad empresarial privada. Y eso aun en los casos donde no ha habido ese “efecto Venezuela” cuyo determinante esencial no es otro que la confiscación por el Estado de una riqueza petrolera que es de todos. Y eso aun en ausencia del ideologismo socialista o socialistoide, presente en nuestros dos grandes partidos democráticos y en nuestro movimiento sindical, ideologismo que sí ha influido en decisiones cruciales que han agravado en nuestro país la tendencia ya antes presente hacia la hipertrofia del Estado, el intervencionismo discrecional y la consiguiente corrupción generalizada. 

Los verdaderos conservadores y hasta reaccionarios de esta hora venezolana y latinoamericana son quienes, actuando dentro de la equivocación de que el socialismo significa un progreso, han insertado sus ideas y su influencia sin ninguna dificultad en esa tradición hispanoamericana mercantilista, estática y estatista, antagónica a la economía de mercado, basada en el monopolio, el privilegio, la corrupción y, en lo general, los estorbos burocráticos y la desconfianza contra toda iniciativa particular. 

La verdadera, la única revolución de los tiempos modernos ha sido la revolución capitalista. Ha sido el capitalismo, allí donde se le ha dejado funcionar, el que ha causado continuos cambios y avances, y el que ha generado, a la vez que riqueza, libertad. Por cierto, que en la relación con la capacidad creadora de riquezas del capitalismo, tras las huellas de Adam Smith, nadie la ha reconocido con más fuerza que Marx en el Manifiesto comunista, donde leemos que “en el corto siglo que lleva su existencia como clase soberana (Marx escribía esto en 1847), la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas”, y, también, que “nadie en los pasados siglos pudo sospechar que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción”. 

Así es, y la verdadera revolución venezolana y latinoamericana sería la que desencadenare la energía y la iniciativa y premiare el ingenio empresarial de los ciudadanos, cualidades que no son exclusivas de los norteamericanos, los japoneses o los alemanes, sino que forman parte de la naturaleza humana, y en las que Adam Smith y Marx coinciden al decir que son la clave del despegue económico. La aparente insuficiencia de espíritu emprendedor en nuestros países no es una característica fatal del hombre latinoamericano, sino la consecuencia de impedimentos concretos y activos a la libre iniciativa individual, comparables a los de origen feudal que Marx denunció en la Alemania de su tiempo, causados en nuestro caso por costumbres y regulaciones de origen colonial español, y reforzados modernamente por el ideologismo socialista. 

En la práctica, aun con esos impedimentos y contra ellos, nuestros pueblos dan demostraciones heroicas de que podríamos ser mañana protagonistas de milagros económicos, si los gobiernos dejaran de asfixiarnos. Un estudio reciente hecho en el Perú durante dos años, por cincuenta y cinco investigadores del Instituto “Democracia y Libertad”, encontró que el 70 por ciento de la fuerza laboral de la Lima metropolitana, oficialmente desempleada, en realidad trabaja y produce dos tercios de los bienes y servicios que consumen Lima y El Callao, y esto al margen de leyes y regulaciones que, de cumplirse, harían imposible una asombrosa actividad económica que incluye la construcción del mayor número de las nuevas viviendas, las tres cuartas partes del transporte público, la manufactura clandestina y la venta callejera del 90 por ciento de la ropa y el calzado que llevan los limeños, etc. Y todo mediante las leyes naturales del mercado, sin papeles ni permisos, ni patentes de comercio, pero sí mediante el cumplimiento escrupuloso de tratos de palabra, y el incumplimiento igualmente perfecto de una permisología más enmarañada que la venezolana, cuyo efecto práctico sería equivalente al de los edictos coloniales que prohibían a los indios, mestizos y negros ser comerciantes. 

Es decir, a los hombres y mujeres del pueblo convertirse en empresarios. El gobierno peruano finge no darse cuenta de lo que está pasando porque la economía de ese país colapsaría sin esta producción y distribución de riquezas por pequeños empresarios particulares, llamados eufemísticamente “informales” o “subterráneos”. 

En Venezuela, tristemente, el Estado megalómano ha podido reprimir o desestimular casi completamente ese espíritu emprendedor que naturalmente existe igual o más en nuestro pueblo, porque el petróleo ha dado para importar más barato, y para pervertir al pequeño artesano, o al comerciante en potencia, convirtiéndolo en empleado público. Y también ha dado el petróleo, pero ya no más, para disimular el costo social y la iniquidad de la multitud de peajes, pagaderos en dinero o en influencia, o por lo menos en horas-hombre perdidas, conocidos y costeables sólo por quienes ya tienen privilegios y que son indispensables para vencer la permisología y establecer y gerenciar legalmente una empresa. Lo único que no se ha podido reprimir ha sido la construcción, alquiler y venta de lo más visible de la economía “subterránea”, las viviendas en los cerros, porque vivienda no se podía importar. 

De manera que sí ha habido ideologismo estatizador y sí ha habido intencionalidad en el modelo económico venezolano, hoy en bancarrota, un ideologismo progresista en teoría y reaccionario en la práctica que, con las decisiones y leyes que ha inspirado, ha contribuido decisivamente a traernos a la actual crisis mediante la transmutación y el reforzamiento de costumbres e instituciones tradicionales de las cuales la democracia podría y debería habernos deslastrado. Ese mismo ideologismo, sí prevalece en la actual coyuntura, podría bloquear toda solución a la crisis y hasta causar el colapso del sistema democrático.

Lo que a pesar de todo permite esperanza es que, al lado de esa perspectiva aterradora, y de la consternante postura demagógica de algunos altos dirigentes políticos, que no creen en lo que dicen pero han saltado a la conclusión de que por allí pasa el camino de una futura candidatura presidencial, estamos viendo a otros igualmente o más destacados miembros del país político, y en primer lugar al Presidente de la República, dar demostraciones de la antidemagogia y la responsabilidad que distinguen a los verdaderos hombres de Estado y que fueron por lo mismo el signo permanente de la actuación pública de Rómulo Betancourt. 

Por ese filo de navaja estamos caminando. Debemos poner nuestra esperanza en que prevalezca, sobre la insensatez, el buen criterio de hombres que han sido, también ellos, protagonistas o, por lo menos, figurantes destacados en la gestación de la crisis, pero quienes, aunque sin admitir culpabilidad, por lo menos no pretenden tampoco endosarla al sector empresarial privado y reconocen que algo tiene que aprender Venezuela de los desastres del Cono Sur, donde es evidente que se transitó ya el camino por el cual Venezuela está medio comprometida. 

No hay seguridad de que se gane la partida, pero tampoco está predestinada a perderse. Al contrario, lo esencial de una nación no son sus gobernantes de un momento, que son efímeros en la historia, ni las hegemonías partidistas, ellas también muy transitorias en esa perspectiva. Persistir nuestros gobernantes en los errores del pasado sería precipitar el fin, no de la nación venezolana, que es permanente, sino de la etapa histórica en la que ellos han actuado, donde también han tenido enormes aciertos, cuyo resultado es el nuevo país que se ha desarrollado durante nuestras propias vidas, el país de las empresas que ha tenido la lucidez de enviarlos a ustedes aquí; el país de FIPAN y ACUDE; el país de la Orquesta Nacional Juvenil, de la Biblioteca Nacional y del Museo de los Niños; el país del IVIC y del Metro de Caracas, el país del IESA y del Museo de Arte Contemporáneo. Este nuevo país, de todos modos, saldrá adelante.

* Dr. Carlos Rangel discurso en la Asociación Venezolana de Ejecutivos

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Carlos Rangel es entrevistado por su libro 
"Del Buen Salvaje al buen Revolucionario"