EL Rincón de Yanka: (DES)INFORMACIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA

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viernes, 23 de abril de 2010

(DES)INFORMACIÓN RELIGIOSA EN ESPAÑA






Manuel María Bru Alonso, Delegado Episcopal de MCS (Madrid) hace un análisis de la situación de la comunicación religiosa en España partiendo de que la misión de la Iglesia consiste precisamente en comunicar, y en que lo que comunica es una vida de comunión: comunión y comunicación humanas renovadas según la comunión y la comunicación trinitaria.

Se ha expresado esto mismo de modo muy plástico al decir que es preferible un periódico que respire en cristiano de la primera a la última página, aunque no informe mucho de la vida de la Iglesia, que uno que dedique muchas páginas a la información religiosa, pero cuyo punto de vista general este alejado de la mirada cristiana, esa que descubre la verdaderamente humano, más allá de incertidumbres e ideologías. Aunque nada más sintomático para descubrir el talante periodístico de una publicación que acudir a sus secciones de opinión e información social, cultural y religiosa.

Sin embargo ocurre que aquí, por esa tendencia que tenemos a pendular de extremo a extremo en casi todas las cosas, la información religiosa es a juicio de cualquier entendido meramente objetivo, una de las peores del mundo.

Para empezar, no se conoce otro país en el que la redacción de temática religiosa de más de la mitad de los periódicos de tirada nacional esté en manos de ex-clerigos con una fuerte carga ideológica de resentimiento antieclesial (Como el País y en digital están los directores Sr. Vidal y Sr. Bastante de Religión Digital. Y por el otro extremo están los rigoristas radicalistas como ABC y en digital  está el Sr. Pérez Bustamante de infocatólica son un perfecto ejemplo. Los extremos se juntan y crean confusión). El resultado, idéntico para la mayoría de las cadenas de televisión y las emisoras de radio, es el de una irresponsable desinformación religiosa, a la que hay que atribuir al menos tres características:

Primero: Reduccionismo temático: prima como información religiosa lo que a los obispos se les pueda sonsacar de la cotidianidad política, y se priva a los públicos de la variedad y riqueza de la vida de las comunidades cristianas, cuyo interés público, tratándose de aspectos humanos y sociales de la información, es demandada hoy más que nunca.

Segundo: Reduccionismo subjetivista: la religión de la que se informa se presenta como la vivencia intimista de algunos personajes extravagantes o algunos grupos anacrónicos.

Tercero: Reduccionismo dialéctico: la vida de la Iglesia desdibujada por un prejuicio laicista, tiene que estar llena de intrigas, conflictos y claro está, antagonismo de derechas e izquierdas.

Dos desviaciones más completan una patología que se ríe de todos los códigos deontológicos de los periodistas: confundir, por puro desprecio e ignorancia culpable, lo religioso con lo supersticioso, oscurantista o irracional; e inyectar anticlericalismo en cualquier referencia y tratamiento sobre la vida de los consagrados, tratados como si vinieran de otro planeta.

Ante tal panorama la Iglesia se esfuerza en educar a las nuevas generaciones de periodistas cristianos, en promover el fermento evangélico de los laicos en el mundo de las comunicaciones, y en procurar una cada vez mayor y mejor presencia en los quioscos, los buzones, las ondas, las pantallas y hoy también los ordenadores, de medios de comunicación social de clara identidad eclesial. Propósitos no sólo arduos, sino además tantas veces frenados por absurdas discusiones internas, como la de quienes se empeñan en que hay que elegir uno u otro camino, el del fermento o el de la presencia, cuando lo más plural y lo más lógico es tomar ambos caminos, dado que campo por trabajar hay para todos, y también para todos los sanos talantes, sensibilidades y estilos.

El reto que la Iglesia quiere afrontar de ahora en adelante, en cualquier caso, no está sólo en la cantidad y multiplicidad de medios (por ciento, ¿se perderá también el tren de la TV por cable?), sino en la calidad de una presencia, tanto de medios cristianos como de cristianos en los medios, menos dividida, clerical y anticlerical, y más profesional y eclesial.

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Como dice Juan Rubio, director de la revista "VIDA NUEVA":

Lo que más se necesita en la información religiosa, es una verdadera profesionalidad deontológica  y una  espiritualidad de COMUNIÓN. Una espiritualidad de respeto por la pluralidad unificadora y no al uniformismo que no es de Dios.
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Durante muchos años, la inversión publicitaria de las instituciones eclesiales se movió en un terreno impreciso, casi artesanal. Anuncios en prensa, cuñas de radio o patrocinios difusos se justificaban con argumentos genéricos sobre presencia pública, prestigio o influencia social. Era un mundo de métricas débiles y controles laxos, en el que la buena fe parecía suficiente garantía. Ese mundo ya no existe.

La publicidad digital ha introducido una novedad decisiva: la objetivación. Hoy los impactos se cuentan, las audiencias se auditan y los costes por mil impresiones se comparan con facilidad. Existen precios de mercado, referencias claras y alternativas múltiples. Esto no es una cuestión ideológica ni tecnológica, sino jurídica: cuando una decisión económica es medible, también es evaluable. Y cuando es evaluable, genera responsabilidad.

Sin embargo, una parte de la jerarquía eclesiástica, junto con instituciones y empresas dependientes, sigue actuando como si viviera en otro tiempo. Obispos mal asesorados, gestores técnicamente ingenuos, instalados en una visión naíf del ecosistema mediático, parecen creer que todo está permitido si la intención es buena. Confunden la finalidad religiosa con una suerte de inmunidad económica. Conviene decirlo con claridad y con respeto: esa confusión ya no es sólo pastoral o estratégica, es jurídicamente peligrosa.

Invertir directa o indirectamente dinero de la Iglesia en publicidad no es un gesto simbólico ni una declaración de afinidad. Es una operación patrimonial que se realiza con bienes que no pertenecen al gestor, sino a la comunidad de los fieles. Quien administra esos fondos está sujeto a un deber estricto de diligencia y lealtad. Cuando una institución eclesial paga precios muy superiores al valor de mercado por publicidad digital, sin justificación técnica seria y documentable, no estamos ante una simple mala decisión comunicativa, sino ante un perjuicio económico objetivable.

La cuestión es sencilla y conviene no edulcorarla. Si un medio tiene escasa audiencia, tráfico irrelevante y nulo impacto real, pero recibe publicidad institucional a precios desorbitados, la operación carece de sentido económico. Y cuando esa falta de sentido es persistente, sistemática y cuantificable, deja de ser inocente para convertirse en sospechosa. La publicidad digital no permite esconder el sobreprecio: los costes por impresión se comparan, los datos permanecen y el daño se puede probar.

Aquí aparece un concepto que en una Iglesia acomodada y adormecida por el clericalismo algunos prefieren no pronunciar: la administración desleal. No exige enriquecimiento personal, ni sobres, ni comisiones ocultas. Basta con gestionar bienes ajenos de forma contraria a su interés y causar un daño patrimonial evaluable. Pagar muy por encima del mercado por una publicidad ineficaz, ideologizada y sin retorno medible puede encajar plenamente en esa figura, especialmente cuando existen alternativas objetivamente mejores, más baratas y más eficaces.

Conviene advertirlo con espíritu pastoral, pero sin ambigüedades. Financiar con dinero de la Iglesia medios heréticos, marginales o irrelevantes, que apenas tienen lectores, no sólo es una estrategia comunicativa disparatada. Es una decisión que exige explicaciones serias. No basta invocar el diálogo, la presencia cultural o la buena intención. En publicidad digital, o hay impacto medible o hay despilfarro. Y el despilfarro, cuando el dinero no es propio, tiene consecuencias.

Infovaticana, por su parte, no recibe publicidad de absolutamente nadie. No la solicita ni la espera. Se sostiene exclusivamente gracias a las donaciones de sus lectores, lo que garantiza su independencia. No exigimos financiación institucional. Pero precisamente por esa independencia, advertimos con toda claridad que vamos a investigar a fondo cómo se gestiona la publicidad de las entidades eclesiales, a qué medios se destina, en qué condiciones y a qué precios.

No se trata de una guerra ideológica ni de un ajuste de cuentas mediático. Se trata de legalidad, de justicia con los fieles y de responsabilidad en el uso de unos bienes que no pertenecen a quien los administra. La Iglesia no está fuera del derecho ni del mercado. La buena fe no justifica el despilfarro, y la ingenuidad no exime de responsabilidad. En el mundo digital, pagar mal no es una opinión: es un dato. Y cuando el dato revela un daño, alguien tendrá que responder.