Fue un discurso de apertura que el actor pronunció en la Oxford Union Society el pasado 1 de diciembre de 2025 y que se ha vuelto viral ahora en redes sociales
Han pasado casi tres meses desde este discurso de Kevin Spacey en la OxfordUnion Society el pasado 1 de diciembre de 2025, pero aún sigue llegando lejos el eco de sus palabras. Unas palabras que eran un ataque frontal contra la cultura de la cancelación, asegurando que, en el clima actual, "los hechos no importan" frente a la voracidad de la opinión pública. Unas palabras que hoy siguen siendo virales y más aún en unas redes sociales donde el tiempo no parece dejar atrás este tipo de discursos.
El actor entonces sostuvo que la sociedad y la industria cinematográfica no buscan la justicia real, sino que simplemente "quieren un villano" para satisfacer una narrativa preestablecida. Según Spacey, su perfil de estrella "excéntrica" que no jugaba bajo las "reglas" de Hollywood lo convirtió en el blanco perfecto para un "linchamiento" mediático diseñado para vender periódicos.
El relato continuó detallando la angustia de enfrentarse a "tres juicios" para finalmente obtener un veredicto que, aunque favorable, resultó estéril ante la implacable maquinaria del prestigio social. Explicó que, a pesar de recibir una "absolución total" y una "disculpa pública" por parte de quienes juzgaron las pruebas con rigor, el castigo definitivo llegó de la mano de los despachos corporativos. Fue entonces cuando se vio "oficialmente puesto en la lista negra", una medida que, según denunció, demuestra que la "verdad no te redime", sino que se vuelve un estorbo para aquellos que ya habían dictado sentencia de muerte profesional.
Kevin Spacey atiza a Hollywood: "Me enterraron por ser inconveniente, no por culpable"
Sin embargo, el giro más potente del discurso se produjo cuando Spacey reveló que no estaba hablando de su propia experiencia contemporánea, sino de "Roscoe 'Fatty' Arbuckle".Al rescatar esta figura del cine mudo, señaló que Arbuckle fue víctima de una "narrativa" que lo destruyó tras ser acusado de un crimen que no cometió, a pesar de ser "totalmente inocente".
El actor subrayó la amarga ironía de que la industria lo desechara solo cuando el sistema judicial demostró su inocencia, simplemente por ser "inconveniente" para la imagen pública de los estudios de la época.
Para cerrar su argumentación, leyó la carta de exoneración de 1922, donde el jurado afirmaba que se le había hecho una "gran injusticia" y destacaba que Arbuckle "contó una historia directa" que todos creyeron tras escuchar la evidencia. Spacey concluyó advirtiendo que, cuando la verdad "avergüenza a las personas que estaban equivocadas", estas prefieren enterrar al afectado "aún más profundo" para proteger su propio relato.
Con una audiencia en absoluto silencio, el actor finalizó preguntando retóricamente qué ha aprendido el mundo en los últimos "ciento tres años", sugiriendo que las modernas ejecuciones mediáticas son solo un eco perfeccionado de las purgas de hace un siglo.
Spacey dejó claro que el estigma de la "lista negra" sigue siendo la herramienta preferida de una industria que sacrifica la verdad en el altar de la conveniencia corporativa. Al equiparar su caso con el de Arbuckle, el ganador del Oscar no solo reclamó su inocencia, sino que acusó a Hollywood de ser un sistema cíclico de injusticia: "Me enterraron por ser inconveniente, no por culpable".
Kevin Spacey. Discurso de apertura en la Oxford Union Society.
Kevin Spacey. Discurso de apertura en la Oxford Union Society
¿Por qué hablar del caso de los Heraldos del Evangelio hoy?
Porque, en primer lugar, el caso de los Heraldos del Evangelio parece representativo de varios casos ocurridos durante el pontificado del Papa Francisco. En uno de los últimos, el del Sodalitium Christianae Vitae, vio la supresión de la asociación por parte del Papa Francisco en su lecho de muerte; pero ya en 2024, el Cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, Arzobispo de Lima, publicó un artículo en el diario español El País solicitando su supresión.
Sin embargo, el caso del Sodalitium también ilustra una situación que, en América Latina, se tornó tan polarizada, que es la distinción del bien y del mal, de la ideología y de la realidad, y donde errores y pecados se mezclan de tal manera que politizan todas las decisiones difíciles y materializan la lucha entre progresistas y conservadores, que, en la realidad, es cada vez más absorbida por los fieles.
En este sentido, ciertamente no ayudó que, al frente del Dicasterio durante los años descritos, estuviera un cardenal brasileño, João Braz de Aviz, quien no tuvo buenas experiencias con los Heraldos y que, en sus años como obispo en el Brasil, se encontró en posición antagónica.
Sin embargo, no hay abusos reconocidos por parte de los Heraldos, al menos hasta ahora. La obstinación puede ser justificada por la cantidad de acusaciones, pero, en realidad, cuando ninguna acusación es probada ante un tribunal, ¿por qué continuar el ataque?
Pero el caso de los Heraldos del Evangelio recuerda también, mutatis mutandis, al proceso relativo a la gestión de fondos de la Secretaría de Estado del Vaticano, el famoso “Proceso Becciu”, porque, al fin y al cabo, hay varias decisiones que parecen arbitrarias, varias acusaciones que parecen preconcepto y una construcción narrativa que solo puede conducir a un ataque.
Finalmente, el caso de los Heraldos del Evangelio recuerda a muchos otros procesos vaticanos de los últimos años, donde los investigados se vieron envueltos en una tormenta mediática mucho antes de poder defenderse. Esta situación evoca al personaje de El Proceso de Kafka, quien se encuentra en un juicio sin saber por qué y no puede hacer más que defenderse sin saber cómo proceder.
Sobre todo, cabe destacar que más de treinta acusaciones civiles y canónicas movidas contra los Heraldos del Evangelio tuvieron un final favorable para ellos, como atestigua la propia comisión designada por la Santa Sede.
Como una realidad floreciente dentro de la Iglesia, los Heraldos del Evangelio no han podido realizar ordenaciones diaconales ni sacerdotales desde 2019 —contrariamente a la práctica del propio dicasterio— y enfrentan obstáculos para abrir nuevas casas; ni siquiera pueden acoger a nuevos miembros. Todo fue congelado en un proceso que parece interminable.
Conoce lo ocurrido respecto al Comisariado a los Heraldos del Evangelio y nuestra respuesta de una forma honesta y transparente, aclarando cualquier tipo de dudas por desconocimiento.
La noticia sobre la publicación del libro "El Comisariado de los Heraldos del Evangelio" corre como la pólvora por los medios de comunicación internacionales. Tal rapidez, prueba de la actualidad del tema, presenta el riesgo de ignorar los motivos que han determinado la elaboración de esta obra, llevando a juzgarla de forma sumaria e injusta.
De hecho, desde hace más de ocho años, la Asociación Privada Internacional Heraldos del Evangelio, así como las dos Sociedades de Vida Apostólica surgidas de ella, han sido objeto de una prolongada intervención por parte del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica.
Esta inexplicable y embarazosa situación ha suscitado, como es obvio, perplejidad por parte de quienes siguen o confían en la institución.
Hasta ahora guardando un respetuoso silencio, debido al escándalo que podría producir, una comisión de heraldos con la debida preparación académica elaboró, finalmente, este trabajo bajo la coordinación del Prof. Dr. José Manuel Jiménez Aleixandre, doctor en Derecho Canónico por el Angelicum de Roma, y la Hna. Dra. Juliane Vasconcelos Almeida Campos, doctora en Filosofía. La obra pretende relatar de manera imparcial los hechos ocurridos a lo largo del período en cuestión.
Respaldada por documentos sólidos y abundantes, la narración es, por un lado, un deber de justicia, ya que la prolongación de esta situación podría suscitar sospechas infundadas sobre la existencia de delitos graves en la institución y, por otro lado, es también un acto de legítima defensa, en vista de los perjuicios acumulados: casi treinta diáconos, por ejemplo, no pueden ser ordenados sacerdotes; siete tandas de seminaristas aún no han podido acceder al diaconado; muchos otros miembros no pueden realizar los votos perpetuos o temporales.
A esto hay que añadir los aspirantes que no pueden ser admitidos y los adolescentes, con sus respectivas familias, que han visto truncadas sus aspiraciones con la suspensión del proyecto educativo promovido por los Heraldos del Evangelio.
Por último, cabe mencionar las diversas violaciones de las leyes canónicas detalladas en la obra como grave motivo para su redacción. El libro en cuestión, por lo tanto, no es un ataque ni una protesta, ni pretende perjudicar a nadie.
Se trata de una mera obra de carácter tutelar, motivada por el deber de conciencia, de justicia y de amor a la Iglesia, con el objetivo, entre otros, de que los excesos de los que vienen siendo víctimas los Heraldos no se repitan, en aras de la justicia y la reparación equitativa.
No se puede plantar cara al poder… salvo que estés dispuesto a pagarlo
Llevamos años escuchando que esta es la Iglesia sinodal, la Iglesia del diálogo, la Iglesia de la escucha, la Iglesia de los procesos. Todo eso está muy bien para los eslóganes, pero en la práctica hay una regla de oro que todos han aprendido rápido: al poder no se le planta cara.
Y menos después de doce años de dictadura bergogliana, con una corte perfectamente engrasada para premiar a los fieles del régimen y triturar a los que molesten. Entre los colaboradores de esa larga etapa de hierro se encontraba, por cierto, el entonces prefecto de la Congregación para los Obispos, el cardenal Robert Prevost, hoy León XIV.
En ese clima, la mayoría de instituciones católicas han optado por lo que podríamos llamar la “estrategia de la tortuga”: meterse en su caparazón, salvar sus pequeños intereses, evitar problemas y rezar en silencio para que la tormenta pase sin arrasarles la casa y la cuenta bancaria.
Los Heraldos han hecho exactamente lo contrario: han decidido ir con todo.
Comisariados… y con el comisario en el banquillo moral
A los Heraldos del Evangelio los comisariaron. Había que comisariar a alguien; el sistema necesitaba un enemigo visible, un “caso ejemplarizante”, una advertencia a navegantes: así termina quien no se alinea. Nada nuevo bajo el sol.
Lo que sí es nuevo –y casi inaudito– es la respuesta. En lugar de bajar la cabeza, pedir perdón por existir y desaparecer discretamente del mapa, los Heraldos han hecho algo que sólo se le ocurre a quien no ha perdido la fe ni el respeto por la verdad: han recopilado, documentado y publicado una crónica completa del atropello.
Me refiero al volumen El Comisariado de los Heraldos del Evangelio. Sancionados sin pruebas, sin defensa, sin diálogo. Crónica de los hechos 2017–2025, coordinado por el Prof. Dr. José Manuel Jiménez Aleixandre y la Hna. Dra. Juliane Vasconcelos Almeida Campos: más de 700 páginas de hechos, documentos, decretos, actas notariales, informes canónicos, cartas, dictámenes jurídicos y testimonios.
Y lo que hacen en esas páginas es demoledor: demostrar que no hubo proceso, ni pruebas, ni defensa, ni diálogo. Sólo una cadena de abusos de autoridad, maniobras oscuras, filtraciones interesadas a la prensa, silencios culpables y una construcción artificiosa de sospechas para justificar un comisariado que –si se respetara mínimamente el derecho– jamás se habría podido sostener.
No sólo eso: el libro muestra cómo, con el tiempo, el comisariado ha terminado convertido en una caricatura de sí mismo, hasta el punto de que el propio comisario queda moralmente “comisariado”, puesto bajo foco y cuestionado en su idoneidad. Es difícil imaginar un boomerang más perfecto.
Quince años terribles sin derecho
Hay una frase que sobrevuela todo este caso, aunque no siempre se diga en voz alta: “hemos vivido quince años terribles”. Quince años en los que el derecho canónico se ha tratado como un estorbo, una molestia burocrática a la que se puede dar la vuelta o ignorar cuando no conviene.
El libro de los Heraldos lo ilustra con precisión quirúrgica: decretos mal redactados o directamente alterados; decisiones sin motivación; acusaciones genéricas y nunca demostradas; visitas apostólicas convertidas en expediciones de pesca en busca de delitos que no aparecen; restricciones impuestas sin base; procesos civiles que terminan exonerando a la institución mientras en Roma se hace como si nada.
En resumen: durante demasiado tiempo, la ley ha sido sustituida por la voluntad del que manda. Y eso, en la Iglesia, es letal. Una cosa es creer en la autoridad; otra, muy distinta, es justificar la arbitrariedad.
Mientras todos callaban, una institución decidió perder el miedo
Lo más escandaloso de todo esto no es que haya habido abusos. Eso, por desgracia, lo sabemos y lo hemos visto en demasiados ámbitos. Lo verdaderamente escandaloso es que, ante los abusos, casi todo el mundo ha callado.
Han callado órdenes religiosas veteranas y recientes. Han callado universidades católicas. Han callado movimientos eclesiales poderosos. Han callado fundaciones y congregaciones que sabían muy bien lo que estaba pasando, pero prefirieron mirar hacia otro lado para no poner en peligro subvenciones, permisos, privilegios o simplemente tranquilidad institucional.
Y, de repente, hay una institución que no calla. Una institución que, en lugar de aceptar resignada el papel de víctima dócil, decide poner por escrito todo el proceso, con nombres, fechas, referencias y anexos. Una institución que se atreve a afirmar, con hechos en la mano, que lo que se ha hecho con ellos es un caso paradigmático de persecución ideológica dentro de la Iglesia.
No se trata sólo de “defender su nombre”. Se trata de algo mucho más serio: defender la idea misma de que en la Iglesia debe existir un orden jurídico. Que los decretos no pueden falsificarse. Que las firmas no pueden manipularse. Que un comisario no puede comportarse como si estuviera por encima de la ley. Que los fieles y las comunidades tienen derechos, no sólo obligaciones.
Lo que toda la Iglesia debe a los Heraldos
No hace falta compartir el carisma de los Heraldos ni disfrutar con sus procesiones para reconocerlo: la Iglesia entera les debe gratitud.
Porque, al negarse a ser triturados en silencio, han obligado a poner sobre la mesa lo que todos intuían y casi nadie decía: que en Roma se ha actuado demasiadas veces “sin pruebas, sin defensa, sin diálogo”. Que se ha jugado con las personas y las obras como si fueran piezas de un tablero ideológico. Que las “visitas” y los “acompañamientos” han sido, en no pocos casos, instrumentos de presión y control.
Si hoy existe un relato detallado de cómo funciona esa maquinaria, es en gran parte gracias a ellos. Y eso no sólo es útil para su propio caso; es un servicio, incómodo pero necesario, a toda la Iglesia. Cualquier institución que mañana se vea en la diana del sistema sabrá que no está obligada a desaparecer en silencio.
En un tiempo en que la palabra “sinodalidad” se usa para justificarlo todo, los Heraldos han recordado, con hechos y documentos, que sin justicia no hay comunión posible. Que la caridad sin verdad se convierte en sentimentalismo. Y que la autoridad sin ley degenera en despotismo.
El Comisariado de los Heraldos del Evangelio (ACLARACIÓN sobre el DOSIER)
Hace ocho años que los Heraldos del Evangelio están bajo una intervención canónica del Vaticano y, naturalmente, la inexplicable prolongación de esta situación ha suscitado dudas y preguntas entre el público católico. Con el fin de aclarar esta situación, se ha elaborado un dosier con una narración sencilla y directa de los hechos, con el objetivo de informar a los hombres y mujeres de buena voluntad que esperan explicaciones.
Es una cuestión de justicia. Porque la prolongación de esta situación puede suscitar sospechas infundadas sobre la existencia de situaciones graves que, en realidad, no existen.
El Comisariado de los Heraldos del Evangelio como NUNCA te lo han contado: ¡Descubre la verdad!
El Vaticano Contra los Heraldos del Evangelio: el caso más oscuro de la Iglesia reciente
“El Vaticano Bajo la Lupa: Irregularidades en el Comisariado a los Heraldos del Evangelio”
El vaticanista subraya cuatro hechos comprobables: la contradicción entre el parecer favorable de la visita apostólica y la posterior intervención; la conocida animosidad del cardenal Braz de Aviz hacia los Heraldos desde su época como obispo en Ponta Grossa, Brasil; la existencia de un extenso apéndice documental que evidencia graves perjuicios morales, financieros y espirituales sufridos por la institución; y la situación procesal sin cargos específicos que enfrenta la congregación.
Treinta procesos, ninguna condena
Aunque se abrieron más de 30 procesos contra la institución, Gagliarducci señala que tras examinar el robusto aparato documental recopilado por el propio comisariado y recogido en el libro, «es posible percibir su artificialidad». Según el analista, estos procesos fueron orquestados —incluso con participación de ciertos eclesiásticos— para crear un «estruendo mediático».
El experto menciona acusaciones sobre menores y supuestos exorcismos, pero insiste en que todos los procedimientos, tanto civiles como canónicos, concluyeron favorablemente para los Heraldos del Evangelio, con sobreseimientos o absoluciones. Hay informaciones, además, de que ciertos agentes han intentado influir negativamente sobre el Papa respecto a este asunto.
A pesar de la ausencia de condenas, el Dicasterio ha paralizado completamente el proceso vocacional de la congregación: no pueden recibir nuevos miembros y, sin que exista impedimento canónico alguno, no se han producido ordenaciones diaconales ni sacerdotales desde 2019. Esto ha privado a la Iglesia de al menos cien nuevos sacerdotes.
Los Heraldos denuncian que nunca se les informaron los motivos de la visita apostólica ni del nombramiento del comisario. Incluso el propio comisario designado, el cardenal Raymundo Damasceno Assis, no fue recibido adecuadamente, y el obispo de Bragança Paulista —bajo cuya jurisdicción se encuentra un número muy significativo de casas de los Heraldos— tampoco tuvo acceso.
Ocho años de persecución ideológica han sacado a la luz las malas intenciones y el abuso de poder de ciertos eclesiásticos, y han revelado la inadecuada conducta canónica y moral de muchos de estos intervinientes…
Abuso de autoridad no solo por parte de Su Eminencia el Cardenal João Braz de Aviz —según la abundante documentación recopilada en el libro—, sino también de la actual Prefecta del Dicasterio, la Reverenda Hna. Simona Brambilla, sumamente dispuesta a escuchar a quienes se oponen a la Asociación, pero poco dispuesta a escuchar a la otra parte, ni siquiera a quien fue enviado a representar al dicasterio, es decir, el propio comisario, el Cardenal Raymundo Damasceno.
La Hermana Brambilla, la primera mujer al frente de un Dicasterio, terminó frustrando la —como ella misma la llamó— “conversión sinodal”, cuyo propósito es, en sus propias palabras, “escuchar, (…) con la conciencia de que la otra persona tiene mucho que revelarme y de que el Espíritu puede hablar a través de cualquier persona”; más aún si esta persona tiene pruebas de lo que dice.
De hecho, los Heraldos del Evangelio recibieron sentencias favorables en más de 30 causas civiles —abiertas en parte por instigación de los propios emisarios del dicasterio—, demostrando así un desprecio por la justicia brasileña (y latinoamericana) y por los reconocidos jurados que emitieron opiniones tan claras sobre la Institución, así como por el ilustre jurista Ives Gandra.
En resumen, todo este “affaire” se ha manejado con gran “misericordia” sinodal, en la que sus autores ejercen una inconfesada soberanía de veredicto, otorgándose los roles de demandante, auxiliares de la justicia, peritos y, por supuesto, también de jueces. En estos casos, incluso cardenales, como el Cardenal Damasceno, acaban condenados a renuncia, ya que las sentencias parecen dictarse antes de cualquier procedimiento judicial…
Sin embargo, ocho años de persecución ideológica no solo arrojaron luz sobre la mala fe y el abuso de poder de ciertos eclesiásticos, sino que también revelaron la conducta inadecuada (canónica y moral) de muchos de estos intervinientes; además de evidenciar el afán de embargar los bienes de estas mismas Asociaciones e Institutos, hasta el punto de querer disolverlos para obtener su patrimonio.
Esta situación, que revela una situación más grave de lo que se podría suponer dentro de la propia Iglesia, exige transparencia y justicia.
Cada día se revelan nuevos abusos por parte de quienes, en este caso, tergiversan la verdad...
Quien lee los artículos y libros del prestigioso vaticanista, Sr. Andrea Tornielli, puede recrearse pensando en la pintoresca imagen de un camaleón. Y es que sus publicaciones denotan una astuta capacidad para adaptarse al entorno en el que se encuentra y llevar a cabo sus actividades: supo sonreírle a Juan Pablo II, acariciar el pontificado de Benedicto XVI y, al mismo tiempo, ir poniéndolo discretamente de lado, cuando ya andaba cogido de la mano de Francisco…
Recientemente, el señor Tornielli ha publicado un polémico artículo en el blog Vatican Insider, del diario La Stampa: «La doctrina secreta de los «Heraldos»: «Plinio Correa incentiva la muerte del Papa»». Teniendo en cuenta el conocido carácter camaleónico del articulista, surgen dos preguntas en relación con esta publicación: ¿qué es lo que pretende? ¿Para qué ambiente está ya anticipando una nueva adaptación?
Es interesante notar que el autor resucita, en el artículo mencionado, denuncias antiguas, muy antiguas, contra el profesor Plinio Corrêa de Oliveira, sobre la veneración que muchos le tenían en vida, y la devoción privada a su madre, Dña. Lucilia. Ahora, Mons. João Scognamiglio Clá Dias, fundador de los Heraldos del Evangelio, es el blanco de los mismos ataques. Son acusaciones ya obsoletas, que fueron todas ellas contestadas y debidamente refutadas según los dictámenes de la más estricta doctrina católica.
– ¿A quién representa el Sr. Andrea Tornielli?
– ¿Tiene la intención de causar un cisma en la Iglesia?
– ¿Con qué objetivo?
Por último, aclaradas las falsedades y distorsiones, le hacemos una invitación a que vuelva a un periodismo culto, serio y ético. Los Heraldos del Evangelio consagran a San José, patrono de la Iglesia, su propia defensa, con la certeza de que no van a ser desamparados por el padre virginal de Jesús y esposo castísimo de María. Sin perjuicio de los propios derechos, están dispuestos siempre a acoger con benevolencia la retractación de los calumniadores y a perdonarlos sinceramente, pues no guardan ningún resentimiento.
Si nos preguntasen por el monarca más denostado de la historia de España, la inmensa mayoría pensaríamos en Fernando VII, el «rey felón». Estúpido, tramposo, cobarde, retrógrado… nunca se han ahorrado calificativos y siempre se ha negado cualquier virtud a quien, sin embargo, supo vencer a todos sus enemigos y morir en su cama.
Tratando de equilibrar una interpretación de su figura a todas luces excesiva y sesgada, Luis del Pino ha acudido a las fuentes primarias en los archivos franceses y españoles, incluyendo decenas de cartas, documentos oficiales y las memorias de los protagonistas directos para comprobar que muchas de las afirmaciones sobre Fernando VII eran falsas, mientras que otros datos habían sido silenciados e ignorados.
En un juego literario en el que el propio Fernando VII se defiende ante el tribunal de la historia, Luis del Pino reconstruye la Conjura de El Escorial, los acontecimientos que desembocaron en la invasión napoleónica y el 2 de mayo, o el enfrentamiento con los liberales de Cádiz. El resultado es el retrato de una compleja personalidad inserta en el relato de un tiempo trepidante, repleto de conspiraciones, equilibrios de poder y alta política.
Sobre este libro
Esta obra no es, estrictamente hablando, una novela, una obra de ficción. Lo único que tiene de novela es el estilo. Todos los personajes, situaciones, hechos y fechas son reales. No hay ningún protagonista, escena o detalle que sean producto de la imaginación del autor. En muy pocas ocasiones se presenta en forma dialogada alguna conversación, adaptada a partir de lo que cuentan las fuentes primarias, pero en la inmensa mayoría de las veces he optado por citar directamente las cartas de los protagonistas, los documentos oficiales y las memorias de los testigos de los hechos.
Todas las citas en el texto están extraídas de esos documentos originales, algunos inéditos. De cara a mejorar la legibilidad, he modernizado la ortografía, he alterado los tratamientos (resulta más fácil de leer «Lo que me habéis propuesto...» que «Lo que me ha propuesta vuestra majestad imperial y real...»), he eliminado de esos documentos la información no relevante, he clarificado la redacción de alguna frase que el estilo arcaico hacía difícil de entender y, en algunos casos (muy pocos), he cambiado el orden de algún párrafo. Pero todas esas modificaciones se han hecho respetando el sentido del documento original. En todo caso, el propio texto o las citas a pie de página indican la fuente de ese documento original para los que estén interesados en consultarlo.
A partir de ahí, el hilo y la explicación de esos hechos sí es, por supuesto, labor propia. Y, en este caso, he elegido que sea el propio rey Fernando el que narre el drama con sus propias palabras y desde su punto de vista.
La idea del libro comenzó a tomar forma en mi mente hace ya algunos años, cuando empecé a plantearme que la imagen de Fernando VII en el imaginario popular tenía algo de ilógico.
Como casi todo el mundo, yo tenía una visión extremadamente negativa de Fernando: el retrato de ese rey que ha llegado hasta nuestros días es el de un monarca traidor, estúpido, tramposo, cobarde, retrógrado… que siempre estuvo rodeado por una serie de personajes todavía más traidores, estúpidos, tramposos, cobardes y retrógrados. Fue traidor a su padre, cobarde ante Napoleón, ingrato tras su vuelta de Francia para con el pueblo que por él había muerto y cuya Constitución de Cádiz derogó sin contemplaciones...
Fernando VII era la definición del Mal absoluto, todavía más claramente resaltado por la contraposición con esas Cortes de Cádiz que simbolizaban el Bien absoluto, el progreso, la modernidad...
Pero claro, eso lleva a una pregunta: ¿cómo pudo alguien así, cómo pudo alguien tan carente de virtud alguna, vencer a todos sus enemigos y morir en su cama? Alguna virtud debía de tener, digo yo: al menos sería inteligente, o hábil, o valiente... Pero no: no hay vicio que no se le haya atribuido, ni virtud que no se le haya negado.
Ese tipo de maximalismos me incomodan, porque suelen emplearse para tratar de disuadir del análisis frío de los hechos, para tratar de ocultar la realidad, que tiende a ser compleja. Se me planteó la duda de si no estaríamos ante un ejemplo de lo que los anglosajones llaman character assassination, ante una inmisericorde y prolongada operación de propaganda destinada a presentar a Fernando VII bajo la óptica más desfavorable.
Y algunas lecturas a lo largo de los años posteriores me terminaron de convencer de que, en efecto, así era: de que Fernando VII era un personaje mucho más complejo de lo que nos muestra esa caricatura que se nos ha presentado.
Cuando empecé a trabajar en este libro, mi intención era componer un retrato que equilibrara un poco (solo un poco) la caricatura, un retrato que describiera los defectos y los errores de aquel rey, pero reconociéndole también sus virtudes y todo aquello que hubiera podido hacer de bueno.
Y decidí, para librarme de prejuicios y no verme influido por análisis que pudieran ser parciales, acudir directamente a las fuentes primarias: cartas, documentos oficiales, memorias de los protagonistas directos de los hechos...
Me sorprendió, en primer lugar, la gran cantidad de documentación inédita existente en los archivos españoles y franceses (¡después de dos siglos!), igual que me llamó la atención lo poco conocidos que eran algunos documentos trascendentales que estaban publicados por historiadores franceses.
Y, para mi sorpresa, el retrato que fue emergiendo durante esa labor de documentación era por completo opuesto a todo lo que alguna vez había leído sobre Fernando. A medida que fui sumergiéndome en los detalles de aquellos años frenéticos, y en especial de los ocho meses previos al 2 de mayo de 1808, me encontré con que muchas de las afirmaciones realizadas sobre Fernando y sobre aquellos hechos eran directamente falsas. Y que muchísimos datos habían sido generalmente ignorados o silenciados. El resultado de esa labor de documentación es este libro en el que se cuentan los hechos tal y como sucedieron, usando las palabras de los propios protagonistas y testigos.
Terminé, por tanto, yendo mucho más lejos de lo que originalmente pretendía. Si mi intención inicial era equilibrar un poco el retrato del personaje, al final terminé dándome cuenta de que, en unas circunstancias críticas para nuestra nación, el único que se comportó con dignidad y patriotismo fue, precisamente, Fernando.
El libro consta de tres partes principales, en las que se analizan los tres grandes bloques de imputaciones realizadas contra Fernando y dirigidas a cuestionar su legitimidad como rey: la Causa de El Escorial, los sucesos que conducen al 2 de mayo y el asunto de la derogación de la Constitución de Cádiz. A esas tres partes principales del libro las precede una introducción destinada a proporcionar el contexto histórico en el que se desarrolló el drama y a presentar a los principales protagonistas.
El estilo elegido para presentar los hechos es el de un alegato autobiográfico: Fernando se dirige a los miembros del jurado de la opinión pública actual (es decir, se dirige a los lectores de estas páginas) para narrar los hechos desde su propio punto de vista y plantear su defensa.
A Vds. les corresponde, queridos lectores, juzgar al personaje.
Cronología
14 de octubre de 1784. Nacimiento de Fernando VII en El Escorial.
14 de diciembre de 1788. Carlos IV asciende al trono.
14 de julio de 1789. Toma de la Bastilla.
23 de septiembre de 1789. Juramento de Fernando VII como heredero de la corona (príncipe de Asturias).
15 de noviembre de 1792. Godoy es nombrado secretario de Estado.
21 de enero de 1793. Luis XVI es guillotinado en Francia.
4 de septiembre de 1795. Godoy recibe el título de príncipe de la Paz.
18 de agosto de 1796. Tratado de San Ildefonso, que sella la alianza de España con Francia.
28 de marzo de 1798. Godoy es apartado temporalmente del gobierno.
9 de noviembre de 1799. Golpe de Estado de 18 de Brumario. Napoleón es nombrado cónsul.
13 de diciembre de 1800. Godoy vuelve a ser valido de Carlos IV.
27 de febrero de 1801. Francia y España declaran la guerra a Portugal.
21 de marzo de 1801. Tratado de Aranjuez. España cede a Francia la Luisiana.
4 de octubre de 1802. Boda en Barcelona entre Fernando y su prima María Antonia de Nápoles.
Junio de 1804. Llega Eugenio Izquierdo a París como enviado especial de Godoy
2 de diciembre de 1804. Napoleón es coronado emperador de Francia.
21 de octubre de 1805. Desastre de Trafalgar.
21 de mayo de 1806. Muerte de María Antonia de Nápoles, esposa de Fernando.
5 de octubre de 1806. Godoy hace una proclama para la movilización general.
27 de octubre de 1806. Tras derrotar a Prusia, Napoleón entra en Berlín.
Noviembre de 1806. La reina María Luisa propone a Fernando casarse con la cuñada de Godoy, María Luisa de Borbón y Vallabriga.
13 de enero de 1807. Godoy es nombrado almirante general de España e Indias y protector del Comercio Marítimo con título de Alteza Serenísima.
7 de julio de 1807. Tratados de Napoleón con Rusia y Prusia en Tilsit.
9 de agosto de 1807. Dimite Talleyrand de su cargo de ministro de Asuntos Exteriores de Francia.
11 de octubre de 1807. Fernando solicita por carta una esposa a Napoleón.
17 de octubre de 1807. El ejército francés que se dirige a Portugal comienza a entrar en España.
23 de octubre de 1807. Godoy ordena registrar los aposentos de Fernando.
27 de octubre de 1807. Tratado de Fontainebleau, firmado por Eugenio Izquierdo como plenipotenciario de Godoy. Comienzan las detenciones en El Escorial.
27 de octubre de 1807. Comienzan las detenciones en El Escorial.
29 de octubre de 1807. Fernando queda arrestado por orden de su padre. Comienza a instruirse la Causa de El Escorial.
30 de octubre de 1807. Real decreto de Carlos IV con el que acusa a su hijo de traición.
5 de noviembre de 1807. Real decreto de Carlos IV por el que perdona a su hijo.
21 de noviembre de 1807. Concluye la instrucción de la Causa de El Escorial.
15 de enero de 1808. Comienza el juicio de la Causa de El Escorial.
25 de enero de 1808. El tribunal absuelve a todos los imputados en la Causa de El Escorial.
17 de marzo de 1808. Motín de Aranjuez. Destitución de Godoy.
19 de marzo de 1808. Arresto de Godoy. Carlos IV abdica en su hijo, proclamado rey como Fernando VII.
23 de marzo de 1808. Entrada de Murat en Madrid.
24 de marzo de 1808. Entrada triunfal de Fernando VII en Madrid.
27 de marzo de 1808. Murat consigue de Carlos IV una carta retractándose de su abdicación.
10 de abril de 1808. Fernando VII sale de Madrid en dirección a Burgos al encuentro de Napoleón.
14 de abril de 1808. Llegada de Napoleón a Bayona.
20 de abril de 1808. Llegada de Fernando VII a Bayona.
21 de abril de 1808. Godoy es liberado en Madrid por orden de Murat. Escoltado por tropas francesas, sale hacia Bayona, a donde llegará el 25.
30 de abril de 1808. Llegada de Carlos IV y de la reina María Luisa a Bayona.
2 de mayo de 1808. Levantamiento del 2 de mayo en Madrid.
5 de mayo de 1808. Carlos IV abdica en Napoleón.
6 de mayo de 1808. Fernando VII renuncia a la corona a favor de su padre Carlos IV.
10 de mayo de 1808. Fernando VII firma un acuerdo con Napoleón aprobando la cesión por parte de Carlos IV de los derechos de la corona al emperador francés.
19 de mayo de 1808. Fernando VII llega a su prisión de Valençay.
6 de julio de 1808. Se aprueba la Constitución de Bayona.
20 de julio de 1808. Llega José Bonaparte a Madrid.
19-22 de julio de 1808. Victoria española en la batalla de Bailén.
28 de julio de 1808. José Bonaparte se ve forzado a abandonar Madrid.
25 de septiembre de 1808. Se constituye en Aranjuez la Junta Suprema Central, presidida por el conde de Floridablanca.
29 de octubre de 1808. Napoleón se pone al frente de su ejército de España.
2 de diciembre de 1808. La Junta Suprema Central se traslada a Talavera y luego a Sevilla.
4 de diciembre de 1808. Las fuerzas de Napoleón entran en Madrid.
20 de diciembre de 1808. Comienza el segundo sitio de Zaragoza.
30 de diciembre de 1808. Muere Floridablanca en Sevilla.
17 de enero de 1809. Napoleón vuelve a Francia para desbaratar la conspiración Talleyrand-Fouché.
21 de febrero de 1809. Zaragoza capitula ante los franceses.
6 de mayo de 1809. Comienza el tercer sitio de Gerona.
13 de mayo de 1809. Es rechazado un proyecto de convocatoria de Cortes constituyentes.
22 de mayo de 1809. La Junta Suprema Central anuncia la próxima convocatoria de Cortes ordinarias.
28 de octubre de 1809. La Junta Suprema Central anuncia que la convocatoria de Cortes será en enero del año siguiente.
11 de noviembre de 1809. Desastre de Ocaña.
11 de diciembre de 1809. Gerona capitula tras siete meses de asedio.
1 de enero de 1810. Convocatoria de elecciones para las Cortes de Cádiz, cuya apertura se fija para el 1 de marzo.
13 de enero de 1810. La Junta Suprema Central se traslada a Cádiz.
30 de enero de 1810. Se disuelve la Junta Suprema Central, que entrega el mando al Consejo de Regencia.
18 de junio de 1810. Se difiere la apertura de las Cortes hasta agosto.
20 de septiembre de 1810. Se designan 53 diputados suplentes entre las personas presentes en Cádiz ante la falta de diputados electos.
24 de septiembre de 1810. Se inauguran las Cortes de Cádiz con solo un tercio de los diputados presentes. Las Cortes asumen la soberanía.
19 de marzo de 1812. Se promulga la Constitución de Cádiz.
19 de noviembre de 1813. Napoleón envía al conde de Laforest a Valençay para negociar la paz.
11 de diciembre de 1813. Tratado de Valençay por el que Napoleón acepta liberar a Fernando a cambio de la paz y lo reconoce como rey de España.
2 de febrero de 1814. Las Cortes emiten un decreto que ordena que no se reconozca a Fernando VII como rey hasta que jure la Constitución.
22 de marzo de 1814. Fernando VII llega a Figueras.
31 de marzo de 1814. Las tropas aliadas entran en París.
3 de abril de 1814. El Senado francés depone a Napoleón.
12 de abril de 1814. Un tercio de los diputados firma el Manifiesto de los Persas en apoyo de Fernando VII.
16 de abril de 1814. Fernando VII llega a Valencia procedente de Zaragoza.
4 de mayo de 1814. Fernando VII publica un decreto que declara nula la Constitución de Cádiz.
10 de mayo de 1814. Se disuelven las Cortes de Cádiz.
13 de mayo de 1814. Fernando entra en Madrid, ya como rey.
Alegato
Dicen que la historia la escriben los vencedores. Pero es mentira. La historia es un arma, un arma política. Un instrumento de poder. Así que no se escribe una vez, sino que se escribe y rescribe mientras haya alguien dispuesto a usar esa arma para justificarse o para denigrar a su enemigo. Para cargarse de razones o para despojar de razones a los demás.
Los únicos vencedores que seguro que escriben la historia son los que están dispuestos a exterminar a los vencidos o a aplastarlos de manera irrevocable, lo cual es la excepción más que la norma.
En todos los demás casos, el vencedor se dedica a gobernar y a disfrutar de las mieles del triunfo. Y no suele tener tiempo para escribir ninguna historia. Por el contrario, al vencido no le queda más opción que lamerse sus heridas, ni ocupación más importante que intentar ganar en el relato aquello que ha perdido en la batalla. Los vencidos volverán, antes o después, para tratar de arrebatar al vencedor lo único que se le puede arrebatar a toro pasado, la memoria de su triunfo: «Me venciste, sí, pero me ocuparé de que la historia te recuerde como un canalla sin escrúpulos, como un inmoral torpe y vanidoso, como un sanguinario imbécil que venció sin tener ningún mérito para ello, que solo por un afortunado encadenamiento de circunstancias consiguió derrotarme a mí, que soy un dechado de virtudes». La historia la escribe aquel que se molesta en escribirla, aquel que se toma el trabajo y el tiempo de construir el relato que en me jor lugar le deja y de refutar, con mentiras o con verdades, todo relato alternativo. La historia es para el que se la trabaja.
¡Pero qué les voy a contar a Vds.! ¿No han reescrito Vds. mismos la historia de su Guerra Civil? Permítanme que les pregunte: ¿qué pasó, realmente, entre 1931 y 1939? ¿Lo que el bando vencedor de aquella guerra dijo que había pasado después de ganarla? ¿O lo que los vencidos dijeron que pasó cuando reescribieron la historia cuarenta años después, a la muerte del dictador? ¿O quizá algo intermedio entre esas dos visiones contrapuestas?
¿No están Vds., acaso, asistiendo a una reescritura en vivo y en directo de su propia transición a la democracia; del papel que desempeñó el rey Juan Carlos, mi chozno; del historial de terror de una banda como ETA?
Son Vds. inteligentes, señores miembros del jurado, así que no hace falta que les explique por qué he decidido comenzar así mi alegato. El ministerio fiscal ha hecho uso de la palabra durante dos siglos, exponiendo un abrumador, aunque confuso, pliego de cargos contra mí. Ahora es mi turno de palabra. Me toca refutar las acusaciones.
¿En qué consiste ese pliego de cargos? Salgan Vds. a la calle y pregunten quién ha sido el peor rey que España ha tenido en los últimos siglos. Si consiguen Vds. que alguien responda, probablemente esa persona me señale a mí, Fernando VII.
Y, sin embargo, si preguntan Vds. por qué fui el peor rey de España, lo más probable es que nadie a quien le pregunten sepa explicarlo. Como mucho, algunos invocarán una etiqueta, un cliché: ¿no fue Fernando VII el rey felón?
¡El rey felón! Es decir, el rey traidor. Pero... ¿a quién traicioné exactamente? Tampoco habría muchos que sabrían responder a esta pregunta.
Es posible que topen Vds. por casualidad con alguna persona que haya leído algo más de historia y que se atreva a ser más concreto. Y es posible que esa persona les diga, no sin titubear por un momento, que traicioné a mi padre, o que traicioné a España, o que traicioné a la Constitución de Cádiz que el pueblo español se había dado.
A lo largo de mi alegato, les demostraré que nada de eso es cierto.
¡Por supuesto que no traicioné nunca a mi padre! Yo le quería como él nunca me quiso a mí. Y le respetaba como él jamás se respetó a sí mismo. No es algo en lo que debiera detenerme, porque esa acusación, la de que traicioné a mi padre con la afamada conspiración de El Escorial, es algo que los historiadores se han encargado hace tiempo de desmontar. Hasta los más furibundos antifernandistas han tenido que reconocer que la única conspiración de El Escorial fue la que Godoy puso en marcha contra mí. De todos modos, aportaré al jurado todas las pruebas sobre aquel caso. Para que Vds. juzguen.
¿Fui traidor a España? ¿Pero cómo voy a traicionar lo que era mío? ¡Hubiera sido traicionarme a mí mismo! Yo amé a España por encima de todas las cosas. E hice por ella mucho más que todos mis detractores juntos.
Lo que diferencia a un rey de los políticos es que el rey está atado a su trono, mientras que los políticos van y vienen. Un político puede estar hoy en el gobierno y mañana en la oposición, o en sus negocios privados. Y siempre existirá la tentación, para el político, de enriquecerse a costa de su nación; o de mantenerse en el poder aunque para ello haga falta vender su nación a trozos. Pero un rey no existe sin su reino: si le privan de este, el rey no es nada; si el reino se engrandece, se engrandece el rey con él; si el reino sufre menoscabo, el rey también se empequeñece.
Esa acusación también es ridícula, pero les expondré igualmente los hechos. Y dejaré que sean mis propios enemigos los que les cuenten a Vds. cómo defendí a España en las trágicas circunstancias que le tocó atravesar. Les aportaré a Vds. el testimonio, no de mis partidarios, que podría ser cuestionado, sino de mis detractores. Dejaré que sean el propio Napoleón, y mi padre, y Godoy, y Murat, gran duque de Berg..., los que expongan los hechos con sus propias palabras. Para que Vds. juzguen.
¿Traicioné entonces la Constitución de 1812? Una vez que haya demostrado que no traicioné ni a mi padre ni a España, abordaré esa última imputación: ¿acaso es verdad que derogué, traicionando al pueblo, una constitución que el pueblo se había dado? Si fuera verdad, esa sola imputación podría bastar para aplicarme el calificativo de felón, de traidor. Y para condenarme. Pero es que tampoco es cierta.
Yo no fui traidor a ninguna constitución. ¿Cómo podría haber sido traidor a una constitución hecha a mis espaldas, y a espaldas del pueblo, y que solo reflejaba los intereses de una reducida clase política? ¿Cómo voy a ser traidor a una constitución rechazada por la mayor parte del pueblo español, que seguía fiel a su rey? Pero, sobre todo, juzguen Vds. mismos, cuando acabe mi alegato, si podía haber hecho otra cosa, si podía haber aceptado una constitución que los restantes países europeos rechazaban.
No me miren así, señores del jurado: no estoy hablando a humo de pajas. No estoy afirmando nada que no pueda demostrar documentalmente. De todo les daré cumplida cuenta en su momento, aportando las pruebas necesarias.
A lo largo de mi alegato —que no será breve, aunque espero que sí interesante—, les demostraré que yo soy uno de esos vencedores que prefirieron hacer historia en vez de dedicar su tiempo a escribirla. Estaba demasiado ocupado intentando rescatar a España de la ruina en que la habían dejado mis enemigos como para preocuparme de lo que de mí dijera la posteridad.
Les demostraré cómo aquellos a los que derroté intentaron falsificar la historia desde antes incluso de mi muerte; les demostraré que la idea que Vds. tienen de mí, de aquellos inicios del siglo XIX, incluso de la propia guerra de la Independencia, es en buena parte falsificación, una falsificación con la que los vencidos intentaron ganar en el relato lo que no pudieron ganar en la realidad.
Y les demostraré que no solo no fui ese rey infame que a ustedes les han pintado, sino que fui, en realidad, un buen rey.
Nadie es perfecto, por supuesto. Yo tampoco. Cometí errores, como todo el mundo. Pero les demostraré a Vds. que los errores que cometí no son, precisamente, los que me achacan. Si acaso pequé de algo fue de ingenuo. Si acaso mostré una debilidad fue la de la clemencia.
Les demostraré que procuré hacer en todo momento lo mejor para España, dentro de lo que era posible en aquel cúmulo de desgracias que le tocó vivir a nuestro desdichado país. Sobre todo, estoy seguro de poder convencerles de que, de haber estado en mi lugar, ninguno de Vds. habrían actuado de forma distinta a como yo lo hice.
Ninguno de Vds. habría sido capaz de aguantar lo que yo aguanté, ni de vencer los obstáculos que yo vencí. En las circunstancias que me tocó vivir, todos Vds. habrían sido carne de guillotina o habrían terminado sus días en el exilio. Pero yo fui capaz de vencer uno a uno a mis enemigos, que eran también los enemigos de España, y de morir en mi cama.
Tuve que padecer las asechanzas de un valido ladrón y traidor. Y sobreviví. Tuve que padecer seis años de cautiverio en Francia a manos del hombre más poderoso de mi época: Napoleón, el dueño del mundo. Y sobreviví. Tuve que soportar catorce intentos de golpe de Estado. Y sobreviví.
Alguna virtud tendría para lograr imponerme a todos mis enemigos, digo yo. Al menos sería listo, astuto o inteligente. Pero no: la imagen que ha llegado de mí hasta su siglo, queridos miembros del jurado, es la de un rey estúpido, ignorante, cobarde y traidor, que lo único que sabía era jugar al billar haciendo trampas y que se dedicó con fruición a sojuzgar a su pueblo. El rey de las tres «efes», me llamaban mis enemigos: «feo, fofo y felón».
Si yo era así, si esa caricatura fuera cierta, resulta muy extraño el hecho de que la mayoría del pueblo adorara a semejante rey carente de virtud alguna, ¿no les parece? Algo no cuadra en ese retrato.
Espero que mi alegato les sirva para ver cómo era yo en realidad.
Descuiden, no pienso pedirles que me absuelvan. De hecho, sentiría pudor pidiéndoles semejante cosa: la figura de un rey tratando de justificarse ante sus súbditos tiene algo de patético. Tan solo pretendo contarles cómo ocurrieron realmente los hechos. Después, pueden Vds. juzgarme como quieran. Yo estoy en paz con mi conciencia.
Nada tengo por lo que pedir perdón, porque traté siempre de hacer lo correcto. Si la vida fuera perfecta, eso significaría tomar siempre buenas decisiones. Pero la vida está lejos de ser perfecta, así que a lo máximo a lo que podemos aspirar es a optar por la menos mala de entre todas las posibilidades existentes.
Una de las cosas que más se ha criticado de Fernando VII es que a su llegada a España, después de estar prisionero en Francia seis años, deroga la Constitución de 1812. ¿Es justa esta crítica?
Es una simpleza y una tontería. La Constitución de 1812 había sido vista en toda Europa como un peligro porque recogía mucho de la constitución francesa producto de la revolución. Cuando Fernando VII vuelve de Francia, el pueblo español en su inmensa mayoría apoya al rey frente a las Cortes y aplaude la decisión. El ejército apoya también, en su gran mayoría, a Fernando VII.
¿Qué potencias europeas apoyan la derogación de la Constitución de 1812?
Fernando recibe el apoyo expreso del embajador inglés, del embajador austríaco, del embajador portugués y, por supuesto, de Francia con el régimen borbónico restaurado. La Constitución de 1812 era el último residuo que quedaba de la revolución francesa en Europa. Causaba miedo porque podía ser la simiente de otro movimiento revolucionario en algún momento, como así fue. Cuando se restaura en 1820 la Constitución de 1812 y es copiada en otras partes de Europa se genera otro movimiento revolucionario.
Yo, el difamado. Fernando VII, autobiografía apócrifa de UN BUEN REY. Con Luis del Pino
Creo en el Dios de Jesús y de María, el Dios de los bienaventurados, sencillos y sabios humildes como Abraham y Sara; Isaac y Rebeca; Jacob y Raquel. Y no el de los expertos racionalistas e ideologistas teólogos y entendidos escribas de todos los tiempos, El Mismo JesuCristo nunca los eligió ni como apostóles ni como discípulos. Ni antes ni ahora. Soy Venezolano, Maracucho/Maracaibero, Zuliano y Paraguanero, Falconiano; Soy Español, Gallego, Coruñés e Fillo da Morriña; HISPANOAMÉRICANO; exalumno marista y salesiano; amigo y hermano del mundo entero.
La Línea Editorial de este Rincón es la Veracidad y la Independencia imparcial.
¡¡¡ Que El Señor de La Comunicación, de La Amistad, de La Paz con Justicia, te bendiga, te guarde, te proteja, siempre... AMÉN !!! ________________________________
¡La Paz del Señor sea contigo!
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#YoTambiénSoyCristianoPerseguido
#NoEstánSolos: Ya estamos hartos de que los criminales exterminen a los cristianos solo por su fe. Ha llegado la hora de movilizarse y defenderlos. Basta de cobardía. Se valiente y osado frente a los asesinos y defiende con ardor tu fe y a los que son perseguidos por la horda. Coloca en tu página el símbolo creado por el movimiento en defensa de los cristianos perseguidos para la campaña mundial que se ha iniciado para que no nos olvidemos de todos aquellos que están siendo perseguidos y masacrados por ser cristianos. El símbolo del centro es la letra N del alfabeto árabe, con la que los yihadistas están marcando las casas de los Nazarenos, que es como ellos llaman a los cristianos. Juntos hagamos que no se olviden aquellos hermanos perseguidos en todo el mundo por amar a su Dios. #NoEstanSolos #PrayForthem #ن #YoTambiénSoyCristianoPerseguido #Iglesia #Kenya #Siria #Irak #Afganistán #ArabiaSaudí #Egipto #Irán #Libia #Nigeria #Pakistán #Somalia #Sudán #Yemen y otros...
EL SILENCIO CULPABLE
QUE LA LUZ BRILLE SOBRE TI, TIERRA FÉRTIL #SOSVENEZUELA
VENEZUELA UN PAÍS PARA QUERER Y PARA LUCHAR
“Nací y crecí en un lugar donde dicen ” Pa’lante es pa’llá”, donde se pide la bendición al entrar, al salir, al levantarte y al acostarte, donde se comen arepas, cachapas y espaguetti con diablito, donde se menea el whisky con el dedo, donde se respira alegría aún en las adversidades, donde se regalan sonrisas hasta a los extraños, donde todos somos panas, donde aguantamos chalequeos, donde se trata con cariño sincero, donde los hijos de tus amigos son tus sobrinos, donde la gente siempre es amable, donde los problemas se arreglan hablando y tomando una cervecita, donde no se le guarda rencor a nadie y donde nadie se molesta por tonterías, donde hasta de lo malo se saca un chiste, donde besamos y abrazamos muchísimo, donde expresamos con cariño nuestros sentimientos, donde hay hermosas playas, ríos, selvas, montañas, nieve, llanos, sabana y desierto, un país de gente bella, cariñosa y alegre donde se mezclaron armoniosamente las razas, donde el extranjero se siente en casa y donde siempre encontramos cualquier motivo para celebrar con los amigos. Nací y crecí en VENEZUELA, me siento orgulloso de ser venezolano y seguiré manteniendo mi espíritu venezolano en cualquier lugar del mundo”
¡NO TE RINDAS!
♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥ Si la angustia te seca, si la ansiedad te asfixia, si la tristeza te ahoga, si el pesimismo te ciega... llora, grita, comunícate, exterioriza tu dolor.... pero JAMÁS te rindas.
Levanta tu mirada, respira hondo... ¡LUCHA..! amig@...lucha ... PORQUE Sí hay salida. Sí hay sentido. Sí hay ESPERANZA. Levanta tus manos y pide ayuda.
No te des por vencid@...y poco a poco verás La Luz. NO te rindas amig@, lucha. NO ESTÁS SOL@.
PORQUE VERÁS QUE SÍ VALIÓ LA PENA... ♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥
LA FUERZA INVENCIBLE DE LA FE
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
"Ya veis que no soy un pesimista, ni un desencantado, ni un vencido, ni un amargado por derrota alguna. A mí no me ha derrotado nadie, y aunque así hubiera sido, la derrota sólo habría conseguido hacerme más fuerte, más optimista, más idealista, porque los únicos derrotados en este mundo son los que no creen en nada, los que no conciben un ideal, los que no ven más camino que el de su casa o su negocio, y se desesperan y reniegan de sí mismos, de su patria y de su Dios, si lo tienen, cada vez que le sale mal algún cálculo financiero o político de la matemática de su egoísmo.
¡Trabajo va a tener el enemigo para desalojarme a mi del campo de batalla! El territorio de mi estrategia es infinito, y puedo fatigar, desconcertar, desarmar y doblegar al adversario, obligándolo a recorrer por toda la tierra distancias inmensurables, a combatir sin comer, ni beber, ni tomar aliento, la vida entera; y cuando se acabe la tierra, a cabalgar por los aires sobre corceles alados, si quiere perseguirme por los campos de la imaginación y del ensueño. Y después, el enemigo no podrá renovar su gente, por la fuerza o por el interés., que no resisten mucho tiempo, y entonces, o se queda solo, o se pasa al amor, que es mi conquista, y se rinde con armas y bagajes a mi ejército invisible e invencible...."
(Fragmento de una página del discurso de Joaquín V. González "La universidad y alma argentina" 1918). ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
COMBATE Y DENUNCIA A LOS PEDÓFILOS (PEDERASTAS)
SEÑOR, TE PEDIMOS QUE PROTEJAS A L@S NIÑ@S, TE LO PEDIMOS EN EL NOMBRE DE JESÚS. AMÉN. ¡Ay de aquel que escandalice a uno de estos pequeñitos! Mejor le fuera que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos....... Lc 17,1-2 -- ÚNETE Y DENUNCIA --
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OBSOLESCENCIA ES LA planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio, nos conduce al CONSUMISMO exacerbado, por culpa de algo evitable, destruimos recursos, planeta y dinero por algo que podríamos tener durante mucho tiempo.