Estima PÍO X que
Y MIENTRAS persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida. Amalgamando en sus personas al racionalista y al católico, lo hacen con habilidad tan refinada, que llevan fácilmente la decepción a los pocos advertidos. Por otra parte, temerarios consumados, no hay linaje de consecuencias que los hagan retroceder, o, más bien, que no sostengan con obstinación y audacia. Juntan con esto, y a propósito para engañar, una vida llena de actividad, asiduidad y ardor singulares hacia todo género de estudios aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres, con frecuencia intachables. Por fin, y esto parece quitar toda esperanza de remedio, sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que han venido a ser despreciadores de toda autoridad, impacientes de todo freno, y atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la temeridad y del orgullo.
Hace años que me dedico a escribir en esta casa (Religión Digital o mejor dicho Rebelión intestinal). Intento reflexionar desde el humanismo cristiano en la red sobre todos los temas. Ese es el reto. Una lleva la idea de la Iglesia construida desde su infancia por las personas con las que ha tenido relación. Cuando creces buscas, te informas, y descubres otros caminos para entender el hecho religioso. Y ahora con la explosión de la red, el cúmulo de información es brutal y se hace necesario adoptar medidas higiénicas para no caer en la dispersión informativa o en la bazofia más banal. Afortunadamente no son tantos los portales con información religiosa, en cambio sí existen muchos blogs que actúan por libre.
Cuantos periodistas religiosos (Revistas o digitales),
teólogos y clérigos, que en vez de ser fuente
son desagüe o cloaca; en vez de ser faro,
son confusión y oscuridad.
Lo que no sabía es que hay trincheras por las que es peligroso transitar. Ahí está el fenómeno facebook en el que vas añadiendo amigos por afinidad o curiosidad. Amigos con los que compartes tu información. Pues bien, en uno de esos grupos un periodista del hecho religioso, colaborador en diferentes medios, creó y administró un grupo. Y de ese grupo fui excluida sin contemplaciones como persona “non grata”. Ese es el riesgo de la libertad, que no siempre caes en gracia por lo que cuentas o escribes. No juzgo la decisión de elegir amigos sino la hipocresía de hacerse pasar por liberal y aplicar las técnicas fascistas de suprimir al molesto.
Es una dinámica que vengo observando en la red. Los grupos que se sienten más en la frontera, más críticos con la Iglesia, menos dispuestos a amarla como madre. Vienen posicionándose como unos facinerosos en Internet. Crean artículos demoledores que publicitan en sus portales satélites, intentando manipular la opinión de la mayoría, que por ignorancia cae en la simpleza de su juego. Una vez me advirtieron de los periodistas y en mi inocencia no les creí. Hoy tengo mucha reserva hacia quienes venden su pluma, recelo de su libertad de criterio. Es muy frecuente encontrar las mismas diatribas promocionadas con autobombo en los mismos sitios.
Al principio miras con reserva lo que sucede, porque pretendes ser ecuánime. Pero el amiguismo les pierde. Y con el tiempo terminas por comprender que están ahí porque no han encontrado otro modo de vivir. No aman el oficio sino que lo utilizan para sus fines espurios, como medio de vida, o como trampolín para medrar en lo suyo. Cuando acudes a sus páginas, la mayoría no admiten comentarios. Temen la crítica, audaz o demoledora, razonada y sincera.
Lo cierto es que son satélites del pensamiento débil. Carecen de originalidad. Siguen con los mismos esquemas de hace cuarenta años, si acaso aportan algo, es el desánimo y el descontento hacia la Iglesia que les dio la fe. No encontraremos en ese periodismo religioso el pensador agudo y certero de la que esta sociedad está tan necesitada. No son capaces de presentar a la Iglesia como la catalizadora de la Verdad en mayúsculas. La única que no cede ante el relativismo hedonista de nuestra era post cristiana. La que sigue ofreciendo en su pureza el mismo mensaje salvador: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Como Palabra de Dios, como fuente de transformación humana capaz de romper moldes.
Están demasiado preocupados en los márgenes de la religión por esos discursos sobre obispos que ejerciendo su derecho a la predicación están siendo atacados por presentar la fe de todos los tiempos. No nos queda otro camino más que la oración para que cambien. Han sido abducidos por el pensamiento débil, por la ideología dominante de esta era tecnificada y deshumanizada. Porque la Verdad cuando se ama, se defiende, no se distorsiona. Y se la defiende con valentía aunque conlleve pagar peaje en las autopistas de la comunicación. Si nos rechazan por decir la Verdad, si les molesta y les hiere que dejemos sus vergüenzas al aire. No hacemos nada más que lo que debemos hacer.
La información religiosa en España va creciendo y afortunadamente lo hace con libertad. Sabiendo que hay que respetar la pluralidad sin renunciar a las propias convicciones. Cuando se elimina al contrario, cuando no se le deja expresarse, entramos en la dinámica del ghetto. Y ese no es precisamente el estilo del evangelio, que siempre intenta el diálogo, aunque en algún momento te pida que sacudas tus sandalias y transites por otros lugares.
Durante muchos años, la inversión publicitaria de las instituciones eclesiales se movió en un terreno impreciso, casi artesanal. Anuncios en prensa, cuñas de radio o patrocinios difusos se justificaban con argumentos genéricos sobre presencia pública, prestigio o influencia social. Era un mundo de métricas débiles y controles laxos, en el que la buena fe parecía suficiente garantía. Ese mundo ya no existe.
La publicidad digital ha introducido una novedad decisiva: la objetivación. Hoy los impactos se cuentan, las audiencias se auditan y los costes por mil impresiones se comparan con facilidad. Existen precios de mercado, referencias claras y alternativas múltiples. Esto no es una cuestión ideológica ni tecnológica, sino jurídica: cuando una decisión económica es medible, también es evaluable. Y cuando es evaluable, genera responsabilidad.
Sin embargo, una parte de la jerarquía eclesiástica, junto con instituciones y empresas dependientes, sigue actuando como si viviera en otro tiempo. Obispos mal asesorados, gestores técnicamente ingenuos, instalados en una visión naíf del ecosistema mediático, parecen creer que todo está permitido si la intención es buena. Confunden la finalidad religiosa con una suerte de inmunidad económica. Conviene decirlo con claridad y con respeto: esa confusión ya no es sólo pastoral o estratégica, es jurídicamente peligrosa.
Invertir directa o indirectamente dinero de la Iglesia en publicidad no es un gesto simbólico ni una declaración de afinidad. Es una operación patrimonial que se realiza con bienes que no pertenecen al gestor, sino a la comunidad de los fieles. Quien administra esos fondos está sujeto a un deber estricto de diligencia y lealtad. Cuando una institución eclesial paga precios muy superiores al valor de mercado por publicidad digital, sin justificación técnica seria y documentable, no estamos ante una simple mala decisión comunicativa, sino ante un perjuicio económico objetivable.
La cuestión es sencilla y conviene no edulcorarla. Si un medio tiene escasa audiencia, tráfico irrelevante y nulo impacto real, pero recibe publicidad institucional a precios desorbitados, la operación carece de sentido económico. Y cuando esa falta de sentido es persistente, sistemática y cuantificable, deja de ser inocente para convertirse en sospechosa. La publicidad digital no permite esconder el sobreprecio: los costes por impresión se comparan, los datos permanecen y el daño se puede probar.
Aquí aparece un concepto que en una Iglesia acomodada y adormecida por el clericalismo algunos prefieren no pronunciar: la administración desleal. No exige enriquecimiento personal, ni sobres, ni comisiones ocultas. Basta con gestionar bienes ajenos de forma contraria a su interés y causar un daño patrimonial evaluable. Pagar muy por encima del mercado por una publicidad ineficaz, ideologizada y sin retorno medible puede encajar plenamente en esa figura, especialmente cuando existen alternativas objetivamente mejores, más baratas y más eficaces.
Conviene advertirlo con espíritu pastoral, pero sin ambigüedades. Financiar con dinero de la Iglesia medios heréticos, marginales o irrelevantes, que apenas tienen lectores, no sólo es una estrategia comunicativa disparatada. Es una decisión que exige explicaciones serias. No basta invocar el diálogo, la presencia cultural o la buena intención. En publicidad digital, o hay impacto medible o hay despilfarro. Y el despilfarro, cuando el dinero no es propio, tiene consecuencias.
Infovaticana, por su parte, no recibe publicidad de absolutamente nadie. No la solicita ni la espera. Se sostiene exclusivamente gracias a las donaciones de sus lectores, lo que garantiza su independencia. No exigimos financiación institucional. Pero precisamente por esa independencia, advertimos con toda claridad que vamos a investigar a fondo cómo se gestiona la publicidad de las entidades eclesiales, a qué medios se destina, en qué condiciones y a qué precios.
No se trata de una guerra ideológica ni de un ajuste de cuentas mediático. Se trata de legalidad, de justicia con los fieles y de responsabilidad en el uso de unos bienes que no pertenecen a quien los administra. La Iglesia no está fuera del derecho ni del mercado. La buena fe no justifica el despilfarro, y la ingenuidad no exime de responsabilidad. En el mundo digital, pagar mal no es una opinión: es un dato. Y cuando el dato revela un daño, alguien tendrá que responder.


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