sábado, 30 de abril de 2022

FILOSOFÍA Y VIDA PÚBLICA por MIGUEL ÁNGEL ROBLES 🔥

Filosofía y vida pública

Difícilmente llegarán los jóvenes a un entendimiento cabal de la libertad y la democracia sin conocer las grandes aportaciones del pensamiento político occidental

El anhelo de los antiguos era dividir el poder social entre todos los ciudadanos de una misma patria: a esto le llaman libertad. «El anhelo de los modernos es la seguridad en los goces privados, y llaman libertad a las salvaguardas que otorgan las instituciones para dicho disfrute». Esto lo escribió en 1819 Benjamin Constant, que fue también capaz de advertir que el peligro de la libertad moderna es que «absortos en el disfrute de la independencia privada y la prosecución de los intereses particulares, los ciudadanos renuncien con demasiada facilidad a su derecho de participar en el poder político». En cualquier caso, para él, la libertad política no era sino la garantía de la libertad individual: «Pedir a los pueblos de nuestros días que sacrifiquen como los del pasado su libertad individual a cambio de la libertad política constituye el medio más seguro para que se desprendan de la primera; y una vez que esto ocurra, no tardarán en arrebatarles la segunda».

Casi siglo y medio después, en 1958, basándose en esas mismas ideas, Isaiah Berlin dijo que había dos tipos de libertades: la negativa, relacionada con la salvaguarda de la independencia de los hombres fuera del control social; y la positiva, relacionada con el deseo de autogobierno. Y poniendo ambas en la balanza se inclinó también por la primera, advirtiendo, en contra de la famosa voluntad general de Rousseau, que «afirmar que hay una síntesis última que lo reconcilia todo, que libertad individual y democracia pura o Estado autoritario son lo mismo, es tapar con metafísica lo que no es sino autoengaño o pura hipocresía». El hecho de que los intereses y objetivos de los hombres sean múltiples y no siempre compatibles entre sí justifica, en su opinión, que la libertad negativa deba ser considerada el primer fin de cualquier sociedad, sin que ello suponga que sea el único y que no esté sometido a restricciones relacionadas con la búsqueda de otros valores como la igualdad, la justicia, la felicidad, la seguridad y el orden público.

La libertad fue también el tema que más le interesó a Stuart Mill, especialmente preocupado por defender la libertad de pensamiento y expresión frente a cualquier presión coercitiva: la de la censura oficial pero también la de la opinión mayoritaria. Consideraba un vano sentimentalismo esa pretensión de que la verdad goza de un poder inherente para hacerse evidente frente al error y proponía la confrontación de opiniones como el mejor medio de llegar a ella. «La verdad, en los grandes intereses prácticos de la vida, es una cuestión de conciliar y combinar contrarios, y tiene que ser conseguida por el duro procedimiento de una lucha entre combatientes peleando bajo banderas hostiles», escribió en Sobre la libertad, publicada en 1859.

Aunque Platón estaba en contra de la democracia, que identificaba con la demagogia, en sus Diálogos, escritos en el siglo IV a.C., encontramos algo de este mismo espíritu y de la verdad democrática más esencial, que no está en el voto, sino en la función política del debate. No conversamos para tener razón, sino para que lo justo y verdadero se descubra a través del contraste entre distintos argumentos. Por eso, Platón abominaba de la retórica, porque es una forma de dialéctica contaminada, que sólo sirve para vencer y convencer, y no para descubrir y aprender: «Si el retórico es más capaz de persuadir sobre la enfermedad que el médico persuadirá mejor que el que sabe».

De los riesgos de un debate público orientado a la persuasión sabía mucho Alexis de Toqueville que, entre 1835 y 1840, publicó los dos volúmenes de su Democracia en América, probablemente la mejor autocrítica que ningún demócrata haya hecho sobre la democracia.
En sus páginas se recogen las palabras más brillantes sobre el peligro de la igualdad política y los contrapesos necesarios para equilibrar sus inconvenientes, entre ellos el vigor de la sociedad civil, que identificaba con el asociacionismo y la creación de grupos de interés sin filiación política. «Ocupados en destruir los antiguos poderes aristocráticos, los hombres de la Revolución quisieron ser libres para poder ser iguales, y a medida que la igualdad se iba estableciendo con ayuda de la libertad, la libertad se les hacía más difícil», afirma en el segundo de sus tomos, en el que nos advierte de que las mayorías pueden ser tan tiránicas como los peores déspotas.

De opresión, libertad, verdad y política escribió mucho Hannah Arendt a mediados de siglo XX y cada una de sus palabras merece ser leída con atención. Pero también escribió sobre educación. Lo hizo en un ensayo en el que no dudó en calificar de «desastrosas» las propuestas que pasan hoy por «innovación educativa» y que son en realidad de hace más de un siglo: el énfasis en las habilidades en sustitución del conocimiento, la disolución de la autoridad en el aula por un enfoque más participativo y la anticipación a las competencias demandadas en el futuro. «Nuestra esperanza siempre está en lo nuevo que trae cada generación; pero precisamente por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educación tiene que ser conservadora (…) Es parte de la condición humana que cada generación crezca en un mundo viejo, de modo que prepararla para un nuevo mundo sólo puede significar que se quiera quitar de las manos de los recién llegados su propia oportunidad ante lo nuevo», escribió Arendt.

Y básicamente en estas citas se resume todo lo que tengo que decir sobre la presencia de la filosofía en las aulas. En los institutos y universidades también se educa (o se educaba) para la vida pública, un propósito que parece olvidado y ausente del debate sobre la cuestión. Difícilmente llegarán los jóvenes a un entendimiento cabal de la libertad y la democracia sin conocer las grandes aportaciones del pensamiento político occidental.

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